CHUPETE, TE QUIERO VER

Por Matías Claro*

 

En un cuadradito de pasto 
Puso su huella digital 

Chinoy, “Leandro”

 

San Antonio está rodeado de contenedores: grandes, brillantes por el sol, de un acero especial que impide que se oxiden. Se amontonan a orilla de la carretera, lejos del mar; están apilados en el puerto, entre grúas y barcos, viajando de país en país. Y también es posible verlos desde acá, detrás de las bancas del Estadio Municipal Doctor Olegario Henríquez, donde Humberto Suazo va a debutar ante su público por el Campeonato Nacional de Transición de la Segunda División Profesional 2017, que es, en realidad, la Tercera División.

Aunque en la semana hubo cierta polémica por el alto precio de las entradas, pareciera que los hinchas de San Antonio Unido -el SAU- prefieren pagar los cinco mil pesos y no perderse a Chupete. Por un resfrío, no jugó la primera fecha, en la derrota como local contra Melipilla. La segunda fue de visita en el estadio Monumental, ante Recoleta, con triunfo del SAU por dos goles a cero. Suazo dio una asistencia de lujo para el segundo gol -un pase de globo entre tres defensores rivales- en su regreso al fútbol profesional, veintiún meses después de ser despedido de Colo-Colo, en octubre del 2015.

Por eso, para recibir a Chupete en su casa, en la puerta del estadio dos personas reparten globos con una caricatura de Suazo: pelado, usando la camiseta morada del SAU y con los dedos índices en los oídos, como si estuviera celebrando. La misma imagen, pero ahora como un esténcil, cuelga en la reja del arco norte, cerca de los camarines: Suazo, dedos y el festejo de un gol. Suazo y el número 26 en la espalda de los niños. Suazo en los comentarios del público que va llenando la tribuna. Suazo para la barra del SAU, “La 12 del Puerto”, que despliega una camiseta morada gigante con la insignia del equipo -una gaviota sobre un timón- y la frase “Cantando ganamos”. Suazo para el stand que vende artículos del SAU. Suazo para el equipo rival, Naval de Talcahuano, que no quiere saber nada del hombre venido del planeta gol.

En estos casi dos años, Chupete ha seguido cerca del fútbol, jugando en la categoría senior del club amateur Deportivo Lo Gallardo, llegando a la final de la “Copa Litoral”. Suazo hizo dos goles, pero no alcanzó: perdieron cinco a tres contra Cóndor. Quizá en ese momento le dieron ganas de intentarlo de nuevo, otra vez más. Porque mucho antes, cuando era cadete, también se retiró y volvió.

Comenzó en el Deportivo Torino, mismo equipo en que su padre, Pedro, era delantero y goleador. Después de destacar en un campeonato regional, llegó a la Universidad Católica con 15 ó 16 años de edad. En la UC cuentan que, cada cierto tiempo, se arrancaba de la pensión del club para viajar de vuelta a su casa. A veces, dicen, era porque sentía que no le habían dado la pelota en el partido o porque extrañaba mucho a su familia. Como recibía un trato especial de los entrenadores -aparte de extraordinario jugador, era muy querido por sus compañeros- lo iban a buscar a San Antonio y lo convencían de retornar. Sin embargo, cuando su padre enfermó de un cáncer a la columna y, finalmente, falleció en 1999, las ganas de Humberto por jugar, y por volver, se empezaron a esfumar. La UC lo envió a préstamo a Ñublense en el 2000, donde se fracturó el peroné y estuvo siete meses lesionado. Luego, tras un breve paso por Magallanes, se retiró del fútbol y regresó a vivir a San Antonio. Humberto, con su talento descomunal, estaba cansado, triste. Y podría haberse quedado en su casa, pasando la pena con su gente, trabajando y jugando en el Torino o el Cerro Porteño o el Hurácan o el Deportivo Lo Gallardo, porque todos los clubes de su tierra le habrían abierto las puertas, felices de recibirlo. Pero decidió intentarlo de nuevo, otra vez más: llega al SAU y la rompe. Lo contrata San Luis de Quillota y lo mismo. Es goleador, figura y capitán. De ahí parte a Audax Italiano, Colo-Colo, Monterrey, Zaragoza, la selección chilena, Bielsa y Bonini, Mundial de Sudáfrica, goles, récords, triunfos y copas.

Entonces, que Chupete esté acá, con la camiseta morada y el 26 en la espalda, no es casualidad. Lo pasó mal en su salida de Colo-Colo, así que algo encontró en Deportivo Lo Gallardo y en San Antonio Unido para volver, una vez más, al pasto y al fútbol. Me acuerdo de un compañero de universidad que partía el viernes en la noche y aguantaba 18 horas en bus, hacia el norte, para almorzar el sábado en su casa y viajar al día siguiente 18 horas de vuelta, alcanzando a llegar a las clases del lunes. En el caso de Suazo, la última versión de esas muchas horas de viaje incómodo fueron las soportadas en tribunales. Según él, lo echaron “para no pagarle el contrato”; Colo-Colo dice que fue por los insultos que dirigió a Pedro Reyes y al Coto Sierra después de un cambio en un partido. En la demanda, Suazo -a través de sus abogados- contó al juez que el despido “…me ha ocasionado no sólo un daño a mi reputación, sino un grave perjuicio en mi psiquis, ya que, como elemento interno de mi personalidad, siento que ya no podré jugar de la misma manera como lo hice durante toda mi carrera, he perdido confianza y tengo una profunda aflicción por caer en desgracia con la hinchada, lo que me ocurre a menudo en la calle, que me gritan insultos o comentarios que me llevan a un ostracismo social”. La redacción leguleya probablemente acentúa y exagera lo que vivió, pero aunque así fuera, sabemos que Chupete siempre se ha subido a los buses en busca de cariño.

Las torres naranjas, grises, rojas y verdes de contenedores que bordean el estadio, mientras se juega el partido, cambian de altura: las grúas no paran de mover carga y cambiar la fisonomía del horizonte. Chupete es eso, una grúa que modifica el partido. Cada pelota que toca arregla la jugada: lo que es desorden y apenas empuje se convierte en movimiento y propósito después de pasar por él. Jugó 35 minutos antes de que una lesión en la rodilla le impidiera seguir, pero con eso fue suficiente: ya había anotado dos goles, SAU ganaba y el resultado estaba definido. En esa media hora, ¿habrá encontrado lo que necesitaba? ¿El olor del pasto que crece gracias al aire húmedo y salado del mar? ¿La competencia, la presión de jugar por los puntos? El resto, los 55 minutos faltantes, fueron algo parecido al fútbol sin serlo: hubo tres expulsados -dos en SAU, uno en Naval-, varios remates de la visita que el arquero atajó bien, un penal en los descuentos y el tercer gol del local. Tres a cero, pitazo final. Los jugadores se dan la mano, el árbitro recoge la pelota y el sol comienza a descender. Chupete pasa cerca de la reja de la tribuna, sonríe, saluda. ¿La inquietud de terminar cuando él diga y no cuando ya no lo quieran? ¿Sintió que ya no podía esperar más? Camina hacia los camarines: tres contenedores viejos, reciclados para el equipo local, la visita y los árbitros. ¿O es que no siempre se puede volver?

* Conductor del programa de radio “Libros a la cancha” (www.librosalacancha.cl), un espacio de fomento a la lectura mediante los vínculos entre literatura y deporte.

By | 2018-01-12T20:11:51+00:00 Diciembre 17th, 2017|Nueva Edición|0 Comments

Leave A Comment