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El fútbol como posibilidad de integración para inmigrantes en Chile

 Por Javier Ríos

El 2018 viene cargado de nuevos desafíos para el país, con cientos de jóvenes discriminados que no pueden jugar al fútbol sólo por no tener residencia en Chile. El trabajo de Jean Beausejour en Estación Central y la Escuela de fútbol de Integración Latinoamericana en Quinta Normal son ejemplos de lucha para que niños venidos de otros países mejoren sus condiciones de vida y le pasen un gol a la discriminación.

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Juan Camilo se levanta las medias azules, le gusta que queden más arriba de la rodilla. Camiseta adentro del pantalón, cómo le enseñó su madre, y apretados los botines (que están algo gastados, pero todavía no se han roto). La idea es que no molesten los cordones mientras está jugando. El niño imita los gestos de sus dos jugadores favoritos, el chileno Alexis Sánchez y el colombiano Juan Guillermo Cuadrado, antes de entrar a una humilde canchita. Ya sobre el pasto la copia deja de estar en la postura y se vuelca a sus movimientos de juego; el pequeño de 11 años se los quiere pasar a todos para gritar gol con sus compañeros.

La imagen se repite martes y jueves como un rito sagrado para el niño de tupido pelo azabache y mirada profunda, impulsado por sus ganas y amor por el fútbol, en la misma medida que por una obligación: no tiene con quien quedarse en las tardes mientras sus padres continúan la larga jornada de trabajo.

Él y su madre llegaron de Colombia a asentarse en Chile hace menos de un año, con la seguridad que había conseguido su padre un poco antes: un trabajo estable y un departamento en el centro de Santiago donde pueden vivir tranquilos.

Para esta familia, como para miles de inmigrantes, el fútbol es una oportunidad para poder desarrollarse en ese sentido y la Escuela de Fútbol e Integración Latinoamericana (EFIL), ubicada en la comuna de Quinta Normal y apoyada por la fundación Diáspora desde hace dos años, se ha transformado en una gran posibilidad para enfrentar los duros días que significan el establecerse en un país nuevo, que está haciendo sus primeros “partidos” en el torneo por aprender a tratar con la inmigración.

Dentro de la cancha, el regalón de la familia se luce anotando goles, compartiendo con sus amigos chilenos y de distintas nacionalidades. Entre el pasto y los banderines que delimitan el campo de juego no existen razas, ni idiomas… todos hablan el dialecto del fútbol. El abrazo al ver pasar el balón a través de los tres palos surge natural para los soñadores del fútbol.

Es una realidad diferente a lo que Juan Camilo, Carlos y María viven a diario, con miradas altivas, problemas laborales y dificultades para lograr la residencia, así como insultos directos por tener la piel de color negro.

El fútbol como opción de integración

El deporte chileno recién comienza a vivir el desafío de una nueva sociedad donde la inmigración es una realidad, y si en la legislación laboral es necesario un cambio en las reglas del juego, en el fútbol no ocurre algo distinto.

Familias enteras buscan un lugar y qué mejor que el deporte para lograrlo, algo que ayuda no sólo a los nuevos residentes, sino también a un nuevo Chile que se está forjando al enfrentar los problemas de la discriminación.

Así lo cuenta Manuel Alarcón, el encargado de guiar la escuela de fútbol de Diáspora, en Quinta Normal: “Me doy cuenta de la problemática de los niños migrantes, que los padres trabajan y se quedan solitos en sus casas. Al desplazado que le va medianamente bien quiere traer a su familia y cuando los traen, son más responsabilidades y todos deben salir a trabajar. Es ahí cuando los niños se quedan solos. Por eso nace la escuela, con el espíritu de darles una formación, hacerlos parte de un equipo, entregarles un sentido de pertenencia y desarrollar los valores más loables del ser humano. Comprendemos que el niño que es bien criado será un buen hombre”.

Juan Camilo se tira al piso, se levanta, cabecea y va por otra pelota. Llega todo embarrado a casa, pero vale la pena. Su madre, cansada, no hace ni el amague de retarlo: con su sonrisa, ese lavado de la polera con agua fría valdrá la pena.

Pero no son sólo los niños: el fin de semana se juegan varios partidos en que ciudadanos colombianos, ecuatorianos, dominicanos y haitianos, aprovechan de relajarse después de extenuantes jornadas de trabajo impulsadas por el sueño de mejorar económicamente.

La escuela no sólo es un lugar donde pueden pasar el rato mientras sus padres trabajan, en ella aprenden valores a través del fútbol y enseñan a sus compañeros, para una mayor integración: “Hay niños chilenos y migrantes, los niños no tienen las mismas barreras de los adultos. No hacen diferencia por la bandera, todos tienen las mismas aspiraciones, ser parte de algo”, afirma Alarcón.

Una ley discriminatoria y el fútbol como puente para un nuevo Chile

Los inmigrantes no la tienen fácil. Sus largos periplos vienen cargados de ilusión en lograr una vida mejor, pero las dificultades en Chile son manifiestas. Xenofobia, racismo y problemas laborales se sienten a diario en un país que todavía no se toma en serio una oportunidad que muchas veces se transforma en problemática.

Una realidad que Jean Beausejour quiere mejorar en la comuna de Estación Central, financiando y encabezando la construcción de una cancha con iluminación y camarines acondicionados para la escuelita de la Villa Padre los Carmelitos, donde el jugador de la Universidad de Chile y la selección nacional jugó sus primeras pichangas.

“Es parte de la culminación de una etapa que venimos trabajando de hace mucho tiempo en un lugar bueno que se había prestado para cosas buenas, que ahora es un espacio de deportes, de comportamiento positivo, tolerancia, de integración con niños que vienen de otros países”, dice a los emocionados vecinos en la inauguración de las nuevas dependencias.

El lateral ha vivido de cerca el tema perteneciendo a una familia de inmigrantes haitianos, por eso enfoca todos sus esfuerzos en una escuelita en la que se ha dado cuenta de los avances en integración: “Los niños en la escuela tienen más dificultades, porque no llegan hablando español. Es un tema muy difícil y en general nadie lo toma en serio, porque todavía los inmigrantes no tienen capacidad de elección para cargos políticos. De seguro que cuando tengan ese peso va a cambiar la mirada hacia los inmigrantes”.

Una vecina de origen cubano se acerca a saludarlo y le agradece por el trabajo que beneficia directamente a sus hijos: “Me parece maravilloso que se acuerde de sus raíces. A Camilo y Vicente (sus hijos) les ha servido mucho. Sus compañeros de la escuela los quieren mucho porque son diferentes a los demás y ahí se puede ver que les sirve, porque juegan y se conocen con los niños, es muy bueno para la autoestima”, dice, después de contar un episodio de discriminación que le gustaría olvidar.

Con las elecciones presidenciales a la vista se hace necesaria una nueva legislación, integradora en lo que se refiere a adaptación, y no más barreras, como las que deben pasar -emulando los amagues de Alexis Sánchez- los inmigrantes de países como República Dominicana, que tienen problemas insalvables para llegar a territorio nacional, incluso arriesgando su vida en las fronteras. Lo mismo debe ocurrir en el fútbol, tanto con regulaciones propias como a nivel internacional.

“El profesor me cuenta que los niños han crecido mucho en el respeto entre ellos, con el tema de la tolerancia. Además, tienen la posibilidad de convivir con niños que llegaron de otros países. El fútbol ha servido para una integración plena para ellos. Es, además, una buena arma para hacer un país que tenga más integración, más tolerancia frente a lo que vemos distinto, lo que percibimos diferente. El fútbol tiene la capacidad de unir países y personas. Lo veo de manifiesto en la comuna, en la feria, en el día a día. En las comunas más populares se ve la integración, no sé si en las comunas más para arriba ocurra esto, creo que no”, señala Beausejour, ilusionado del futuro.

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¿Se imagina a Balotelli, Leroy Zané o Zinadine Zidane sin demostrar sus dotes futbolísticas por discriminación? Pues eso podría pasar en Chile. Y aunque ellos forman parte de la generación que nació en países europeos, sus historias de marginalidad y dificultades no difieren de un grupo de jugadores que clama por continuar sus carreras en Chile y no lo pueden hacer, pese a sus talentos.

Gelín Castro era un precoz valor que debutó en el Deportivo Pasto cuando tenía apenas 16 años, pesaba 65 kilos y medía 1,75 metros. Los cronistas de la época alabaron su velocidad desenfrenada y su buena derecha, que dejó de manifiesto en su debut ante el América de Cali.

Sin embargo, su prometedora carrera, junto a los sueños de conquistar el mundo del fútbol, se quebraron cuando su familia decidió viajar a Chile por problemas económicas a buscar una oportunidad. Aquí, el jugador tuvo que enfrentarse a una realidad magra, pese a sus buenas condiciones. La ley le impidió ser parte de Santiago Morning, equipo en el que se probó con éxito, por no tener papeles y no haber cupo para más extranjeros.

Le ocurrió lo mismo en los equipos de Tercera División por un controvertido artículo del reglamento, donde se prohíben los jugadores extranjeros “aunque hayan llegado de un año de edad a Chile, y en este caso son personas desplazadas, y con hijos que vienen de jugar en inferiores de equipos grandes de Colombia, que llegan y se dan cuenta que no pueden jugar ni a nivel amateur. Eso es frustrante”, comenta Alarcón, consciente de la pérdida de jugadores por la normativa que pone barreras directas para poder jugar, como estar cinco años en el país y ser residentes en Chile.

Misma situación que le ocurre en la actualidad a miles de niños que no tienen los documentos oficiales de residencia, los que ni siquiera pueden ser parte de los equipos amateurs que compiten en las ligas regionales.

Ochenta y tres niños que son parte de la Escuela de Fútbol e Integración Latinoamericana están a la espera de un cambio para poder competir en torneos de la ANFA. Pero el giro en el reglamento no se ve fácil, la entidad es fuertemente determinada por las disposiciones de la FIFA, que en todo el mundo vela por proteger derechos federativos y no tener problemas con la jurisdicción de cada país.

Juan Camilo ya está de nuevo en la cancha, ordenadito. Quiere demostrar sus habilidades en un campeonato que tiene 15 equipo de inmigrantes reunidos para superar las frías ordenanzas legales y compartir una jornada de fútbol. El niño disfruta las jugadas de sus compañeros de la escuelita y terminan con un abrazo afectuoso con los rivales en la cancha. Todavía sueña, como Alexis Sánchez o Juan Guillermo Cuadrado, celebrar con todo el triunfo de su equipo, mientras el Estadio Esparta de Quinta Normal celebra la integración latinoamericana y la aspiración de una integración efectiva para los inmigrantes.

By | 2017-09-25T09:25:55+00:00 Septiembre 25th, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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