DERECHO Y FÚTBOL ¿JUSTICIA? A ESA SEÑORA NO ME LA HAN PRESENTADO…

Por Patricio Hidalgo Gorostegui

«Pedirle a un juez que haga justicia es como pedirle al árbitro de fútbol que gane el mejor equipo». Antonio Bascuñán Rodríguez, nuestro profesor de Introducción al Derecho en ese año 2000, se desparramó sobre el escritorio de la sala 24, sonrió satisfecho, disfrutó del silencio. De los 120 alumnos que suspendimos en el aire el lápiz sin saber si esa verdad revelada que acabábamos de escuchar era «materia», o sea aquello digno de ser replicado en nuestro cuaderno, algunos nos miramos emocionados. Por fin encontrábamos, en medio de la monumental aridez de la carrera, algo que valiera la pena.

«Justicia. A esa señora no me la han presentado», siguió hablando don Antonio, retomando el tranco como si la sala fuera un hospital y algún ser querido estuviera siendo intervenido en ese preciso momento, pero algunos, los que sabíamos mejor lo que era una liguilla que un habeas corpus, ya no seguimos escuchando. Nuestra cabeza se fue hasta donde, todavía el día de hoy, se va cada vez que la desatendemos: nuestros más queridos recuerdos peloteros.

Nunca, cuando nos preguntan «¿en qué estás pensando?», respondemos la verdad. En el gol de Chupete Suazo en Venezuela, cuando ganamos tres a dos en los descuentos. En el tiro libre de Fernando Cornejo en Buenos Aires el 96. En la tapada de Claudio Bravo en el alargue de la final de la Copa Centenario. «En nada», decimos en cambio, y seguimos en lo que estábamos antes de ser interrumpidos.

Aunque en el último tiempo el fútbol ha llegado a las oficinas de abogados por medio de sociedades anónimas, tribunales internacionales y jugadores multimillonarios que cometen delitos de lo más comunes, pero tienen dinero para contratar los mejores litigadores del foro, que deben comparecer con sus trajes entallados a pelear una cautelar por un par de combos afuera de una discoteca, el derecho dentro del rectángulo verde está representado única y exclusivamente por el árbitro. De él se espera, en una palabra, invisibilidad. Que pase inadvertido. Que no sea tema el día lunes. Que en lo posible no recordemos su nombre. Siempre que se recuerda alguno es porque ha abandonado sus deberes.

No sabemos nada de Níger ni de sus ciudadanos, pero si un chileno mayor de 30 años se encuentra con el nombre Lucien Bouchardeau, inmediatamente siente el desgarro de un trauma no resuelto. Ese hombre nos robó, o lo que es igual, vio intencionalidad en la mano de Ronald Fuentes cuando interrumpió el tránsito de la pelota en pleno Mundial. Vemos ese apellido, nos estremecemos y empezamos a escuchar a Pedro Carcuro, aunque estemos solos: «Baggio y…. hay penal en Burdeos. ¡Nooooo! ¡Qué invento del árbitro! ¡Eso no es penal señor Bouchardeau, en ninguna parte del mundo! ¡Me da una rabia! ¡La mafia FIFA! ¡La señora FIFA! ¡Los conocidos de siempre! ¡No sé si siento rabia o vergüenza! ¡Qué injusticia más grande!».

La aporía de Julio Martínez

Un par de años después de ese momento triste escuchamos a don Antonio, supimos que la palabra «Justicia» tenía contornos mucho más difusos, pero nunca elaboramos el duelo ni perdonamos. De lunes a viernes reverenciamos a jueces comprometidos con los Derechos Humanos y fiscales desdeñosos del poder, tratamos de señorías, ilustrísimos y excelentísimos a quienes lo merecen y a quienes no. Pero el fin de semana, escondidos en el ominoso anonimato de la tribuna, reservamos nuestros mejores insultos para el drástico de negro.

Empezamos a horadar su dignidad antes de que empiece su trabajo, en cuanto sale a la cancha, porque es importante hacer sentir la condición de local. No soltamos la presa hasta cuando vamos ganando por dos goles de diferencia. Los mismos que esperamos un fallo de un tribunal colegiado por meses, exigimos que un tipo tan sudado como solitario nos entregue un veredicto en una fracción de segundo, distinguiendo sin posibilidad de repetición lo que ocurre en la batahola de un área chica invadida por un rival desesperado por el empate. Esta paradoja, en cierto sentido irreductible, tuvo en don Julio Martínez una aporía liberadora: «Justicia Divina».

«Justicia Divina» no ocupa en el fútbol el espacio que don Antonio Bascuñán le entregaba en su curso de Introducción al Derecho a San Agustín ni el que San Agustín le entregaba a quien «desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos». Esta es terrenal y tiene fecha de nacimiento: el 10 de junio de 1962, cuando el árbitro holandés Leo Horn sancionó tiro libre en vez de lanzamiento penal a favor de Chile en el partido que jugó nuestra selección contra la Unión Soviética en el estadio Carlos Dittborn, durante el Mundial aquí, luego de una clara infracción dentro del área a Armando Tobar.

Corrían once minutos de partido, y Leonel Sánchez le propuso a Jorge Toro, especialista desde esa posición, que lo dejara chutear a él, que se tenía fe. Toro accedió y Sánchez disparó de zurda, con poco ángulo y mucho efecto y venció la resistencia del portero ruso Lev Yashin, la Araña Negra, que sólo se enteró de que la pelota había entrado por la reacción efervescente del público. Julio Martínez no se contuvo y se puso a gritar «¡justicia divina, justicia divina!», señalando implícitamente que una injusticia deja de serlo si no logra consumar sus efectos. La divinidad está dada por el destino, que no permite que el mal triunfe. Fue gol, a pesar de los empeños del holandés saquero.

«Justicia Divina» no hubiera sido que el 98 Nelson Tapia le hubiera atajado el tiro a Roberto Baggio. Eso se hubiera llamado «Milagro», y para eso el mundo del fútbol paga mandas, se encomienda a los dioses y enfila de rodillas a Lo Vásquez, de ser necesario. Si Leonel es el patrono de lo imposible, Nelson es el símbolo de lo justo y lo necesario, pero ni una coma más que eso.

Cada vez que debemos explicarle a un cliente que ha perdido un juicio a pesar de «tener la razón», debiéramos recordar a Lev Yashin yendo a buscar la pelota al fondo del arco en Arica. Algo hay en esa escena que logra iluminar uno de los ángulos más oscuros de la dama de la justicia. Podríamos decir que la aventura humana es un misterio que no conocemos más que en sus bordes, que debemos enamorarnos del intento mucho más que del resultado, que a veces un minuto es más importante que una década, pero nada de eso es tan preciso como la carrera apresurada de Leonel de cara a la tribuna, con la cara llena de gol.

Un breve margen de ilusión

Por más que redactemos contratos para reducir el ámbito de lo imprevisible, el futuro siempre estará allí regalándonos una quimera o un desastre con una sonrisa socarrona, como la del linesman que levanta una bandera por aburrimiento y anula el gol que nos hubiera dado el campeonato o condenado al descenso. Lo aleatorio también es la justicia. «Soy un incondicional de la incertidumbre. Me gusta el fútbol», dijo alguna vez don Aníbal Sierra, histórico dirigente de nuestro fútbol en los 70, tío del Coto. En algún pliegue inconsciente de nuestra mente, disfrutamos de que la justicia del deporte que amamos esté en manos de algo tan precario como un ser humano soplando un pito. Entendemos sin nombrarla la paradoja de Antonio Bascuñán y la aporía de Julio Martínez.

Por ellas es que seguiremos yendo al estadio, y prefiriendo ir a un tribunal que arreglar el asunto por nuestras propias manos. No porque tengamos asegurado un resultado y se le dé a cada cual lo suyo, ni porque jueces y árbitros sean impermeables a sus emociones y a las presiones del entorno. Sino porque solo en un tribunal y en una cancha de fútbol, muy de vez en cuando, el más débil puede ganarle al más fuerte. Nunca podremos subir el Everest con sandalias, ni podremos ganar los cien metros planos con sobrepeso, ni soñaremos con aquello. Pero yo al menos, muchas noches, antes de quedarme dormido, sueño con que la Unión Española gane la Copa Libertadores goleando a Boca Juniors en el Estadio Santa Laura, y que por el turno judicial me toque una causa como la de Atticus en Matar un ruiseñor, y alguna cosa diga que logre dejar en libertad al Tom Robinson que seguimos condenando cada día. Algo me dice que eso no es completamente imposible, y ese breve margen de ilusión es el que me permite seguir creyendo en la justicia.

 

By | 2017-02-21T11:29:18+00:00 Febrero 21st, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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