EDITORIAL DEL ADIÓS

El Este es aquello que, cuando éramos niños, quedaba lejos. Un lugar que sabíamos que existía, pero no tenía mucho ver con nosotros. Allá se hablaban idiomas extraños, se vestían todos iguales y, lo que los hacía todavía más distintos, habían sido sometidos a un largo proceso de adoctrinamiento que los hacía jurar lealtad al comunismo internacional, ese intangible al que por estos lados se culpaba de todos los males de la humanidad. Vivíamos en dictadura, y los militares (junto con la generalidad de la prensa no censurada) habían escogido el otro bando.

 

Sin embargo, cada cuatro años sucedía lo inimaginable: jugadores de esos oscuros países cruzaban la cortina y se presentaban a competir mano a mano con los players de los “países libres”. Los álbumes de las figuritas de cada Mundial nos mostraban a fornidos rubios, Ivanes Dragos de mirada gélida. Por supuesto, conocíamos a muy pocos jugadores de la Unión Soviética, Rumania o la propia Alemania Oriental, pero su sola presencia sobre la cancha nos enseñaba nuestra primera lección de geopolítica (y, por qué no, de la vida): allá, en los países en los que el sol no alumbraba, había niños que, como nosotros, soñaban con llegar a jugar en el equipo del que eran hinchas. O, dicho de otra forma, esa gente no podía ser tan distinta a nosotros si es que les gustaba el fútbol. Mal que mal, coincidíamos justo en aquello que nos parecía más importante.

 

Después cayó el muro, la Perestroika fue reemplazada por un capitalismo que recuerda más al Viejo Oeste que a Wall Street, y a los jugadores de esos países ignotos (al menos, a los mejores) empezamos a conocerlos: ahora figuraban en las alineaciones de los mejores equipos de Italia, España o Inglaterra, escuadras que –tras la sentencia del caso Bosman– se transformaron en verdaderas selecciones del Mundo, conformadas por planteles en los que se hablaban diez idiomas distintos, incluyendo por supuesto, lenguas de países que hasta hace nada estaban en la “Órbita Soviética” y que hoy no existen más que en antiguos mapas de los 80.

 

Esa apertura sucedió hace tiempo, pero muchas de sus historias futbolísticas (y de las otras) quedaron guardadas al otro lado del muro; no las hemos escuchado por acá. A eso hemos venido ésta, la última vez: a contarles historias de un lugar que por décadas estuvo escondido.

 

De Cabeza, como la conocimos hasta ahora, se termina. Con este número nos despedimos orgullosos. No se trata del orgullo del deber cumplido, porque no iniciamos esta revista por deber alguno. Lo hicimos con el único propósito de contar historias, de proponer temas, de entretenerlos con un contenido que a nosotros nos parecía bueno. Todo eso, con un diseño de alta calidad y entregas periódicas gratuitas.

 

Serán ustedes, nuestros lectores, quienes juzguen si nuestros objetivos se cumplieron. Sin embargo, cualquiera sea su veredicto, nosotros cerramos el local orgullosos: soñábamos con que existiera una revista así, y logramos mantenerla viva por casi cuatro años. Ya lo dijo Diego: “Este no es un partido de despedida, es un partido de homenaje. Yo, nunca me voy a ir del fútbol”.

Por Sergio Montes, Daniel Campusano, Patricio Hidalgo, Nicolás Vidal, Nicolás Parraguez y Cristóbal Correa.

By | 2018-06-25T23:17:11+00:00 Junio 25th, 2018|Nueva Edición|0 Comments

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