EL ANTICOMUNISMO DE EL MERCURIO Y LA UNIÓN SOVIÉTICA EN EL MUNDIAL DEL 62

Por Diego Vilches Parra*

 

A través del fútbol podemos observar, entre otras cosas, cómo operan las ideologías en el seno de complejos fenómenos socioculturales e históricos. Específicamente, y por medio del análisis de la cobertura que el diario El Mercurio hizo de la participación futbolística de la Unión Soviética en el Mundial de Chile 1962, buscaremos deconstruir algunos aspectos del tradicional discurso anticomunista del diario que, a lo largo del siglo XX, ha sido el principal medio de difusión y presión del gran empresariado y la derecha chilena.

La historia del anticomunismo en nuestro país es de larga data, al punto que Joaquín Fermandois sostiene que es anterior, incluso, a la Revolución rusa (Mundo y fin de mundo: Chile en la política mundial 1900-2004). Rodrigo Patto Sá Motta, por ejemplo, distingue tres matrices anticomunistas: la católica-conservadora, que ve en el comunismo un disolvente de las bases morales de la familia y la sociedad, la nacionalista que lo percibe como una amenaza para la seguridad nacional y, finalmente, la liberal que, al identificar la libertad con la propiedad privada, identifica al comunismo con el totalitarismo (“Em guarda contra o perigo vermelho: O anticomunismo no Brasil (1917-1964)”). Es necesario desmontar continua y permanentemente los discursos anticomunistas chilenos porque, como sostiene Marcelo Casals, fueron los pilares en que se sostuvo la instalación y justificación ideológica de la más cruenta y terrorista dictadura militar que haya conocido nuestro país.

Por medio del discurso periodístico sobre el fútbol se pueden observar tanto las características como la manera en que se difundieron las representaciones anticomunistas de El Mercurio, pues como señala Eduardo Santa Cruz, el discurso deportivo se encuentra impregnado de “aderezos sicológicos, sociológicos o político-religiosos” (Crónica de un encuentro. Fútbol y cultura popular). En otras palabras, la cobertura que El Mercurio hizo de la participación futbolística soviética en Chile se encontró completamente imbuida de su ideología anticomunista. En los sesenta, y hasta ahora, el diario no solo se encontraba plenamente identificado con el proyecto de modernización capitalista de mercado (basado en la liberalización económica, la reducción del gasto público y una conducción tecnocrática del Estado) del gobierno de Jorge Alessandri, sino que identificaba el socialismo encarnado por la Unión Soviética con el totalitarismo. Sin embargo, y producto del desarrollo tecnológico alcanzado por la URSS, y el reciente giro soviético que había tenido la Revolución cubana, el modelo de desarrollo socialista se volvía cada vez más seductor para países que, como el nuestro, perseguían superar el subdesarrollo crónico y la dependencia económica. En Chile, por ejemplo, no solo los comunistas consideraban que el socialismo soviético, al cual se le atribuía conjugar crecimiento económico con justicia social, debía ser la guía para proyectar el futuro del país, sino que, incluso, la revista deportiva Estadio elogiaba, y envidiaba, el alto grado de involucramiento estatal en la construcción de una verdadera cultura deportiva en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En definitiva, y como en canchas chilenas se podría conocer el desarrollo futbolístico alcanzado por la URSS, por medio de la difusión y reactualización de los tradicionales tópicos anticomunistas, El Mercurio buscó negar y atacar el atractivo que el modelo de modernidad socialista pudiera concitar en Chile.

Así, mientras Jorge Toro destacaba la lealtad del juego soviético, El Mercurio subrayaba la “naturaleza” enigmática, fría y poco cordial de su plantel. Si había que hablar de los rusos era, según el ejemplar del 10 de junio, para “enjuiciarlo con el gesto con que se indica silencio”, ya que no se podía “explicar que existiendo para los soviéticos siete intérpretes, ninguno de ellos” fuese “cordial con los periodistas”. Dieciséis días antes, el periódico ya había explotado el tópico del secretismo oriental al señalar que los entrenamientos de las demás selecciones eran públicos y que “todo se hace con fines más admirables en la verdadera concepción del deporte”. Sin embargo, advertía que “todavía falta por saber qué ocurrirá con los soviéticos”, los cuales aún no pisaban suelo chileno. No debe extrañar, entonces, que el diario se limitara a consignar, en un reducido espacio del ejemplar del 26 mayo, que “hoy llegan los rusos”. Aunque afirmaran que “no son tan bravos como los pintan” y que solo “lograrán una modesta posición”, no era usual darle tan poco espacio a un cuadro que en Estadio y El Siglo (15 y 31 de mayo respectivamente) aparecía como un serio aspirante al título. No en vano eran los actuales campeones de Europa.

El 31 de mayo en Arica la URSS debutaba contra Yugoslavia. No solo era una reedición de la última final de la Copa Europea de Naciones (Eurocopa), sino que también el choque futbolístico de dos modelos rivales de socialismo. El partido, en que los soviéticos se impusieron por 2 a 0, fue caracterizado como “una pelea entre perros y gatos”. En palabras del diario, “duro y desagradable”. Como las dos escuadras reemplazaron la técnica por “una bravura colindante con la brusquedad mal intencionada”, la “brega quedó reducida a una vulgar riña”. Para El Mercurio, los rusos fueron “demasiado duros”, saliéndose “con la suya gracias a la ineficiencia del árbitro”. Sin embargo, también reconocía que habían merecido el triunfo, en base a un juego “completo, sobrio y con un constante subir y bajar” que terminó por desmoronar a los balcánicos. Con todo, calificó el juego de ambos equipos como mediocre. Mientras el equipo dirigido por Gavriil Kachalin carecía de “características bien definidas” y avanzaba “a tropel”, los yugoslavos eran incapaces de “soportar un ritmo parejo”. En efecto, era difícil encontrar bueno el fútbol de modelos de economía socialistas, cuando se buscaba difundir un proyecto de país basado en la empresa privada, la inversión extranjera y el progresivo fin de la regulación estatal de importantes sectores de la economía.

En su segundo encuentro, se daba por descontado que “el musculoso soviético” aplastaría a la débil Colombia. Y así parecía que iba a ser cuando, al iniciar el segundo lapso, iba 4 a 1 arriba en el marcador. Sin embargo, en “una recuperación que alcanzó ribetes extraordinarios”, los latinoamericanos consiguieron un empate a cuatro goles. En el discurso mercurial, Colombia se transformó en aquel “David que equiparaba fuerzas con Goliat”. El empate, que tenía que poner fin al mito de la “supuesta insuperabilidad física de la URSS”, demostraba su verdadera capacidad. Aunque habían hecho cuatro goles, se esgrimía que su juego era mediocre, sin “habilidad, tenacidad y técnica para desarticular el bloque defensivo rival”. De este modo, y en base a “tesón”, los colombianos habían merecido “la victoria”. Gozoso, El Mercurio afirmó que “cierto ritmo” de los cafeteros había “desconectado a la ortodoxa apisonadora rusa, permeable cuando los acontecimientos siguen derroteros vertiginosos”. No podía ser de otra forma, ya que aquello no era más que el corolario del estilo “de vida soviético”. En efecto, “el rígido juego de los rusos, parece incapaz de adaptarse a las circunstancias imprevistas, al margen de los planes establecidos”. Pocos meses antes de la Crisis de los misiles en Cuba, en el relato del decano de la prensa, la hazaña de la cenicienta del campeonato demostraba que el modelo soviético no se adecuaba al estilo de vida, más espontáneo, de los países latinoamericanos. De este modo, el diario esperaba que, al vencer en los últimos encuentros de la fase de grupo, uruguayos y colombianos eliminaran del Mundial a soviéticos y yugoslavos. Así quedaría demostrado, futbolísticamente hablando, que el socialismo de las potencias del Este no era un modelo adaptable a la realidad nacional.

A la postre fue eso justamente lo que estaba en disputa ya que; venciendo a los uruguayos, y quedando primeros en su grupo, los de la hoz y el martillo se enfrentaron a la selección chilena en los cuartos de final. El 10 de junio Arica despertaba temprano, y cómo no, si la escuadra de Fernando Riera se jugaba el paso a las semifinales del Mundial. Las 23 mil almas que repletaron el Carlos Dittborn verían entonces, en el relato anticomunista del partido, el choque entre el totalitarismo y la libertad. De este modo, ya en la previa, El Mercurio alegaba que mientras Riera había confirmado su oncena titular, su par soviético, Kachalin, seguía jugando al misterio con el equipo que iba a parar en la cancha. Con todo, los chilenos, resistiendo el permanente asedio rival y siendo inusualmente contundentes frente al arco contrario, vencieron 2 a 1 al cuadro capitaneado por Lev Yashin. De la mano de la “justicia divina”, como bautizó Julio Martínez el famoso gol de Leonel Sánchez, Chile consiguió, lo que El Mercurio del 11 de junio tituló como una “victoria de categoría mundial”. Tirando todo el equipo atrás y contragolpeando certeramente, la selección, reactualizando el discurso racial de La Raza chilena de Nicolás Palacios, había demostrado ser la perfecta mezcla entre una “defensa europea y un ataque sudamericano”.

En este relato, la victoria futbolística reflejaba, por un lado, la superioridad de un sistema económico basado en la propiedad privada y el mercado y, por el otro, la incompatibilidad entre la chilenidad y un modelo económico centralizado como el de la URSS. De esa forma, informando las celebraciones que se sucedieron por todo el territorio nacional, El Mercurio relataba el carnaval de autos que se había podido ver por las calles de Santiago. En uno de ellos, curiosamente, se podía leer la esperanzadora frase: “Chile campeón del Mundo. Chile primero a la Luna”. Vinculando la victoria deportiva con la carrera espacial y la Guerra Fría, se menoscababa el atractivo que pudiera representar el modelo de desarrollo soviético para Chile. De ahí que, con un humor exultante, el diario se burlara afirmando que “en Rusia ha terminado el culto a la personalidad. De todos modos, no me gustaría ser Yashin este fin de semana cuando le toque regresar a Moscú. No olvidemos que en el mausoleo de la Plaza Roja ha quedado un sitio vacante”.

La cobertura que hizo El Mercurio de la participación futbolística de la Unión Soviética tenía la intención de instalar la idea de que el socialismo, tal como caracterizó el juego de los “rusos”, era mediocre, ineficiente, rígido, incapaz de reaccionar a los imprevistos y, menos, de adaptarse a la espontaneidad latinoamericana. De esta forma, el comunismo era identificado con sociedades misteriosas, poco transparentes, autoritarias, frías, calculadoras, totalitarias y antidemocráticas. Imágenes parecidas, ha subrayado Marcelo Casals, aparecieron en las campañas del terror que se hicieron en contra de las candidaturas presidenciales de Salvador Allende en 1964 y 1970. La instrumentalización política que hizo el diario de Agustín era evidente, incluso, en el Chile de los sesenta, ya que en pleno Mundial, el senador Baltazar Castro, miembro de la Vanguardia Nacional del Pueblo, denunció en El Siglo del 17 de junio de 1962, a los comentaristas deportivos que, trabajando para medios financiados “por las agencias norteamericanas del cobre”, se estaban aprovechando del deporte para hacer méritos con sus patrones, incorporando material que solo servía a la campaña internacional contra la Unión Soviética.

Instalando la imagen del socialismo soviético como algo totalitario y antidemocrático, El Mercurio intentaba minar el atractivo del proyecto de construcción del socialismo, en pluralismo y democracia, de las tradicionales estructuras del movimiento obrero y la izquierda chilena. Bombardear ese proyecto, desde todos los frentes, sobre todo el ideológico, era urgente en un escenario, como la década del sesenta, en el que las fuerzas transformadoras y populares del país estaban alcanzado su maduración política y de conciencia de clase. De esta forma, la participación futbolística soviética en 1962 fue una batalla más por el control de la hegemonía ideológica sobre la sociedad chilena. Un escenario para disputar y definir cuál era el contenido, el significado, lo que había que entender por socialismo en Chile. El fútbol era un espacio a través del cual desarrollar esta lucha, no solo por su popularidad y masividad, sino que fundamentalmente porque a través de su práctica y asociatividad en los clubes de barrio, como ha mostrado Brenda Elsey, los sectores populares construyeron una identidad de clase que en los sesenta fue clave en la radicalización del proceso que desembocó en el desarrollo de un proyecto revolucionario de transición al socialismo en Chile (Citizens and Sportsmen. Futbol and Politics in Twentieth-Century Chile).

En 1964, en plena campaña presidencial, La Nación publicó un afiche en el que realizaba la traducción del discurso deportivo al discurso político. Identificó a Salvador Allende, quién tenía la cédula número 1, con la Unión Soviética, mientras que a Eduardo Frei Montalva, quién tenía el número 2, con la selección chilena. De esa forma, “los números”, el 2 a 1 de la selección contra los rusos, “lo decían todo”.

A dos años de terminado el Mundial, la victoria futbolística entregaba poderosas armas, en forma de personificaciones y metáforas, a las clases poseedoras que temían que Allende llegara al poder con un proyecto de transición al socialismo democrático y respetuoso de la institucionalidad. Atacaban el proyecto de la izquierda chilena con las municiones del anticomunismo. El mismo discurso que nueve años después, desde fines de 1973, legitimó la instalación de la dictadura encabezada por Pinochet. Es que, sin lugar a dudas, en el relato de El Mercurio, como sostiene Casals, el comunismo “encarnaba todo lo negativo, inmoral, irracional y disolvente para la sociedad chilena”. De ese modo, abriendo un espacio que le negaba la humanidad a un grupo significativo de compatriotas, el anticomunismo, como discurso ideológico y práctica política, permitió y posibilitó que esa misma dictadura militar desatara el peor terrorismo de Estado conocido por la sociedad chilena en toda su historia.

 

* Diego Vilches Parra (davilche@uc.cl) es Magister en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha desarrollado una línea de investigación que, por medio del análisis sociocultural del deporte, estudia los procesos de construcción identitaria en Chile. Fruto de este trabajo es el libro Del Chile de los triunfos morales al país ganador. Historia de la selección chilena durante la dictadura militar: 1973-1989.

By | 2018-06-25T23:11:26+00:00 Junio 25th, 2018|Nueva Edición|0 Comments

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