EL BAMBINO Y EL BAMBINO

Por Sergio Montes.

 

El auto que se acerca baja la velocidad hasta el mínimo. Apenas se mueve, avanza calle abajo, pero no es eso lo que le interesa al conductor. Mirar, pispear, escudriñar la calidad de la carne, al mismo tiempo que busca en su interior si, esta vez, no le ganará el miedo. O la vergüenza, que es una forma de miedo.

Pero, ahora sí, cree que se atreverá. Nada en el ambiente parece distinto, pero hay algo, probablemente dentro suyo, una valentía que no había sentido las otras veces. La misma calle oscura, tímidamente alumbrada por faroles amarillos; la misma soledad, ese silencio que hace que los susurros propios se escuchen como gritos desaforados; las mismas chicas paradas esperando una oportunidad, algún conductor urgido, probablemente borracho, que les ayude a sacudirse el letargo de la espera, que baje el vidrio del copiloto tal y como él lo está haciendo ahora.

  • ¿Qué buscás, mi amor?
  • ¿Cuánto?
  • Doscientos y podés hacer conmigo lo que querás.
  • Subíte.

 

Al ruido de la apertura de los pestillos automáticos lo sigue el de la puerta abriéndose.

  • Uuuuuuuuuy, pero ¡qué lindo que sos! ¿Cómo te llamás?
  • Jorge –miente– ¿y vos?
  • Malena, para servirte.

* * *

Se apagan los focos y las cámaras. “Todo bárbaro, muchachos, felicidades”. El director siempre dice lo mismo, pero esta vez lo dice en serio. “Bambi, nos hiciste cagar de risa, sos un pelotudo”.

El Bambino sonríe, siempre lo hace. Camina al camarín donde le sacarán el maquillaje, pero el tránsito es lento: golpes en la espalda, comentarios aduladores al pasar. “¿Te podés hacer una foto con mi hijo, Bambi?” “Cómo no”, posa encantado. La foto quedará para siempre o, al menos, durará hasta que el celular devenido en máquina fotográfica no se pierda: el Bambino, rubio, bien conservado para la edad que tiene, abraza por la espalda a un chico de unos 12 años, hijo de una de las muchachas de producción del canal, donde sigue siendo una de las figuras más populares.

Ambos parecen contentos, pero el chico lo está más: es fanático de San Lorenzo de Almagro, y el señor que lo abraza en la foto es una leyenda viva, es Héctor Rodolfo Veira, campeón con el club como jugador y como técnico, delantero fantástico, carismático, gran contador de anécdotas de interminables noches bohemias que ya no volverán, dueño del insólito récord de ser querido no sólo por los hinchas cuervos, sino también por los de Huracán, su archirrival, donde también jugó. No sólo eso, es adorado en River Plate (al que sacó campeón del mundo al ganarle al Steua de Bucarest en la Copa intercontinental) y respetado en Boca Juniors, club al que también dirigió.

El Bambino Veira es un personaje, “patrimonio del fútbol argentino”, le grita alguien antes de que al fin se pueda colar en su camarín.

* * *

Malena y el Bambino se conocieron hace 30 años, el 16 de octubre de 1987. Héctor Veira oficiaba como entrenador de San Lorenzo, y Malena no era Malena, sino Sebastián Candelmo. Tenía 13 años.

Eran las seis de la tarde y los primeros calores avizoraban que todo estaría bien. Sebastián iba en el auto con su padre José Luis y un amigo. “¡Miren quién está parado ahí, en la esquina!”. La pregunta no esperó respuesta; José Luis bajó rápidamente la ventana del copiloto y se puso a gritar “¡Bambino! ¡Bambino!, por acá”, mientras bajaba la velocidad.

Héctor sonreía, como siempre. José Luis también lo hacía cuando detuvo el auto en medio de la calle, a dos pasos del ídolo. “Che, Bambi, ¿le darías un autógrafo a los pibes? Mirá que son fanáticos de River”. Sebastián y su amigo se bajaron del auto, mientras el padre avanzaba para buscar un estacionamiento.

Sebastián no podía más de la emoción, mañana sería la estrella del colegio con su autógrafo de Veira y su historia de cómo el Bambino se tomó el tiempo para contarles detalles inéditos de esa madrugada en que, con gol del uruguayo Alzamendi, River ganó la Copa Intercontinental en Japón. Sería su día de gloria.

Y ahí estaba, en carne y hueso, Héctor Rodolfo Veira. Dentadura impecable, cabellera reluciente, ni un gramo más que cuando jugaba. Saludó de mano a ambos chicos, hasta le desordenó el pelo al amigo de Sebastián. Dos hojas de cuaderno y un lápiz, todo lo necesario para inmortalizar el encuentro, para tener pruebas que mostrar a los compañeros.

Y, de pronto, todo parece venirse al suelo. “No escribe el lápiz”, dijo el Bambi. “¡La puta madre!”, pensó Sebastián. ¡Cómo tan mala suerte! Ellos en la mitad de la calle, sin chances de conseguir otro bolígrafo, con José Luis que ya se fue a dar una vuelta y no se veía por ningún lado.

“Pero miren, chicos, no pasa nada. Justo acá arriba está mi departamento”, dijo Héctor, y luego siguió, mirando a Sebastián “si me acompañás te firmo los autógrafos arriba, y cómo sabes si encontramos algún banderín de River, que debo tener uno por ahí”. “Esto no me lo va a creer nadie”, pensó Sebastián, sonriente, al tiempo que respondía que sí, que por supuesto, que muchas gracias por tomarse la molestia. “Naaaaaaa, todo bien, pibe, lo hago encantado”.  Así subieron los dos, mientras el amigo se quedó esperándolos abajo.

En rigor, el departamento al que se dirigían no era propiamente el hogar del Bambino. No era, al menos, el lugar en el que vivía con su mujer de esos entonces, Sonia Pepe. Más bien, se trataba del bulín de Héctor Rodolfo Veira, su vía de escape, a donde llevaba a sus numerosas conquistas que lo habían transformado en una leyenda de la bohemia porteña, el chacal de las vedettes en una época en que el término botinera todavía no se usaba en los programas de chimento.

“¿A vos te gustaría ser futbolista cuando grande?”. La pregunta podría haber sonado repetida, viniendo de un adulto; pero el que la formulaba no era un adulto cualquiera: era el mismísimo Bambino Veira. “Sí, por supuesto, quiero ser jugador de River”, respondió Sebastián como un acto reflejo. Sabía que no era el mejor de su curso, que no tenía el talento de otros chicos que eran unos fenómenos; pero ese año había mejorado mucho, lo notaba porque ya no era de los últimos en ser elegidos cuando se armaban equipos en los recreos. “Se ve que tienes piernas de futbolista”, dijo Héctor, justo cuando se abrió la puerta del ascensor. “Seguíme que el departamento es acá, a la derecha”.

“Che, mientras busco el banderín porque no te sacás los pantalones. A ver si esas piernas son de verdad de futbolista”.

* * *

Cuando Sebastián salió del departamento de Veira llevaba en su mano las dos hojas de cuaderno, ambas firmadas por el Bambino. Una de ellas rezaba “Para Sebastián, con mucho afecto” y luego llevaba la firma ininteligible del ídolo. Antes de tomar el ascensor de vuelta, rompió uno de los autógrafos, el que tenía su nombre, y el otro se lo dio a su amigo que lo esperaba abajo junto a José Luis que, finalmente, había encontrado donde dejar el auto.

Pasaron horas antes de que Sebastián se atreviera a contarle lo sucedido a su madre, y seis años antes de que la justicia le creyera. Al domingo siguiente, el Bambino recibió una ovación en la cancha de San Lorenzo; fue la forma en que los fanáticos le hicieron ver que no lo dejarían solo en medio de las infamias de la familia Candelmo, que sólo buscaba dinero.

* * *

30 de agosto de 1991. Pese al invierno, hace calor en Buenos Aires. En el predio de Vélez Sarfield no hay intrusos ni hinchas, solo funcionarios del club, jugadores y cuerpo técnico. En el centro de la cancha, Veira da las últimas instrucciones antes de las duchas; el entrenamiento ha terminado.

Han pasado años desde Sebastián Candelmo, hasta ayer casi nadie se acordaba. Noticia pasada, la vida y el fútbol no se detienen. La propia carrera del Bambino ha seguido adelante y ha conseguido grandes hitos: hasta hace poco era el entrenador del Cádiz de la primera división española, su primera experiencia como técnico en el extranjero.

De Sebastián, en cambio, no hemos sabido casi nada, aunque un par de medios de menor importancia informaron de sus dos fallidos intentos de suicidio.

El Bambino sonríe, como siempre, pero está nervioso. Espera noticias importantes esa mañana: la Cámara del Crimen dictará sentencia en el caso Candelmo. Héctor Veira, sin embargo, tiene razones para estar tranquilo: la misma Cámara ya lo ha absuelto antes en este mismo caso y, aunque la Corte Suprema consideró arbitraria esa sentencia, se espera que vuelva a quedar libre.

Toc, toc. “Adelante”, se escucha desde el interior. El visitante abre la puerta; viste impecable traje oscuro, camisa blanca y corbata azul. Abogado, cualquiera adivinaría a qué se dedica.

  • ¿Cómo nos fue? –El Bambino, sentado atrás del escritorio de su oficina, no está para frases introductoras.
  • Mal –responde el abogado–. Te condenaron como culpable de violación de menores.
  • ¿Cuánto tiempo adentro?
  • Seis años.
  • Pero mirá, Bambi, esto no se ha terminado. Hay formas.
  • ¿Cómo en el fútbol?
  • Exacto, como en el fútbol.

* * *

Humo por todas partes, gritos, ruido de golpes de tazones metálicos contra los barrotes de la cárcel de Devoto. Es el 17 de septiembre de 1992, y ninguno de los presos se conforma. “Corruptos” es la palabra que más se escucha en los pasillos, mientras los internos amotinados descargan su rabia y frustración, sabiendo que eso no cambiará las cosas, que seguirán adentro hasta cumplir sus condenas, que por ellos nadie va a tomar el teléfono desde la Casa Rosada para hablar con los ministros de la Corte Suprema. No sólo eso, saben también que cuando por fin salgan libres, si logran sobrevivir y soportar lo que les queda de condena, nadie olvidará esos años que han tenido que vivir en la cárcel, que volverán a recordárselos cuando busquen trabajo o pidan un préstamo al Banco.

Pero para ellos hoy vale descargar la rabia, no porque vayan a conseguir algo con eso (aunque quizás sí obtengan unos días en la celda oscura e incomunicada), sino porque la noticia les ha refregado en la cara la odiosa verdad que ya conocían: no todos somos iguales, ni siquiera en la cárcel.

Ajeno a todo el ruido y las protestas, Héctor Rodolfo Veira camina por última vez por los pasillos de Devoto. Sale en libertad condicional, luego de que la Corte Suprema recalificara el delito a “intento de violación” y rebajara su condena a la mitad. Sólo once meses alcanzó a estar preso.

El último obstáculo antes de quedar definitivamente libre es un gendarme. El Bambino camina a su encuentro, esperando un trámite lo más corto posible. Está ansioso por salir, pero el gendarme no está dispuesto a dejarlo ir sin antes hacer lo que lleva pensando todo el día. “Che, Bambi, ¿me darías un autógrafo?”. Héctor Rodolfo Veira sonríe, ha vuelto a la vida.

By | 2018-01-12T20:08:22+00:00 Enero 12th, 2018|Nueva Edición|0 Comments

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