EL CÍRCULO

Por Gabriel Ebensperger*

Mi primer círculo fue una rueda que dibujé en un cuaderno de hojas blancas. Uno de esos marca Torre, cuadrados, con anillado metálico blanco y tapas de color verde agua medio neón. Tenía tres años y -aunque seguramente ya tenía alguna pelota de plástico en el patio de la casa- mi fascinación con la forma vino con las ruedas de los autos. “Huéas”, les decía. “¡Huéas!”, gritaba de la mano de mi mamá por la calle Valparaíso, apuntando con la otra que me quedaba libre. Seguramente más de algún peatón ochentero en el centro de Viña del Mar vio a un niñito apuntándolo y acusándolo de “¡hueva!”. Pero yo me refería a las ruedas de los autos estacionados. Cuando tenía que hacer pipí en la calle exigía regar una “huéa”, y no un árbol.

Creo que existe algún documento fotográfico en que aparece mi papá pateando una pelota hacia mí, siendo un enano. En mi memoria de la foto -seguro que no es realmente así- la cámara logra atrapar una mirada furtiva mía al centro del lente con una mezcla de tedio y confusión.

No es que no me gustaran las pelotas. Aunque una vez contesté que no entendía la diversión de perseguir una pelota que solamente rodaba, solo estaba siendo pesado a propósito. Es que en realidad prefería mis cuadernos, mis lápices y dibujar autos e historias. En ese sentido ganó mi mamá, que cuando llovía en invierno me compraba pliegos de papel que esparcía en el piso de su pieza para que pudiera rayar y pintar con temperas. Mi abuela materna le decía que estaba loca.

Luego empecé a aprender a leer. Aún no entraba a kinder. El problema era que preguntaba demasiadas cosas y hablaba todo el día, todo el tiempo. Cuando íbamos en auto con mi papá manejando y mi mamá de copiloto -y yo dando vueltas sin supervisión, correa ni sillita, the 80’s way– terminaba siempre preguntando por el auto que iba adelante. Eso condujo a que inevitablemente mis primeras lecturas fueran letras y números de patentes y nombres como “Peugeot” y “Citröen”. Mi mamá profesora siempre respondía con paciencia mis preguntas y me explicaba las cosas. Mi papá ingeniero pronto se cansaba y se iba quedando callado.

Cuando el mundo de la lectura automovilística se vio superado, encontré mi siguiente desafío en un kiosco de la calle Urmeneta, en Puerto Montt. Era el verano del 87 y estábamos visitando a mi abuela paterna. Ella vivía en la calle Colón y yo llegué con mi primer Condorito. No me enorgullece mucho que mi primera lectura en papel fuera esa, pero es la verdad. No entendía los chistes, ni tampoco sabía que debía ser chistoso leerlo, pero me gustaba ver cómo dibujaban los autos. Yo aún no podía hacerlo tan bien. Me llamaba la atención que todas las páginas terminaban con alguien cayéndose de espaldas, mostrando sólo los pies en el aire, con una fumeta exclamando “¡plop!”.

Como yo aún “no sabía leer” formalmente, los puntos de exclamación eran algo inexistente y sin significado. Ni idea de por qué esa palabra llevaba esas íes tan extrañas. Estaba seguro de que eran simplemente íes. Al extremo más fino del palito de la letra había un círculo. Eso era una letra “i”. Lo que yo leía entonces era un enigmático “iplopi”. Jamás le pregunté a nadie por ese misterio. Me di cuenta solo en primero básico y guardé mi secreto.

Si actualmente no encontrara tan problemático a Condorito por su representación de lo femenino y las mujeres, me tatuaría feliz un “iplopi”. Pero así tal cual: “i-plo-pi”.

El año anterior hubo un terremoto grande. Pasó cuando estábamos todos en nuestra casa en Viña: mi papá, mi mamá y mi primer hermano nuevo, Diego. También estaba de visita Anita, una de las hermanas de mi papá, y su hija, mi prima Carolina. En ese tiempo ellas vivían en Puerto Montt. Yo solamente recuerdo estar dentro del auto de noche. Y todo el mundo dentro del auto. Durmiendo.

El terremoto fue muy grande y no querían pasar las réplicas dentro de la casa. Mi mamá cuenta siempre que estaba en el segundo piso conmigo, y que los escalones de la escalera se movían como teclas de piano, así que me tomó en brazos y se montó a caballo sobre la baranda para deslizarse hacia abajo hasta llegar al primer piso.

Ojalá me acordara de eso. También cuenta que mi tía Anita se asustó mucho y que gritaba rezando padres nuestros. Siempre encontré muy extraño ese detalle. Qué raro que alguien en Chile se asuste tanto con los movimientos telúricos. Pasan siempre. Vienen, se van. Y vuelven a pasar. Y rezar. Más raro.

Ahora pienso que la gente reza siempre y nunca pasa nada. ¿Por qué entonces algo real, medible y periódico da miedo, y algo invisible y supuestamente poderoso, pero que es indiferente, no da miedo?

A mí no me asustan los temblores y terremotos. Me ponen contento. Me gustan del mismo modo en que me gustan las tormentas, la lluvia y el viento fuerte: es la vida de un planeta. Son algo grande y uno es algo pequeño. Me ponen en mi lugar. Si el planeta fuera un animal -y a estas alturas creo que sí lo es- uno es la pulga de ese animal. Si creyera en un Dios y quisiera rezarle, le rezaría al planeta. Eso sí es para mí algo tangible, vivo, superior e inteligente, y obviamente le dio la vida a todo lo que camina, nada, vuela y persigue pelotas encima suyo. Y es un círculo. O sea, es perfecto, como un Dios.

Después de ese terremoto supimos que venía mi otro hermano. También nos dijeron que nos iríamos a vivir a otro lado. Necesitábamos más espacio, pero además mis padres decidieron construir la casa más antisísmica y resistente que pudieron concebir y materializar en esa época.

Con ello vino un nuevo barrio. Uno muy parecido al que se mudó Elliot en E.T. El Extraterrestre. Lleno de casas en construcción, bosques y animales desapareciendo lentamente, y muchos niños en bicicleta. Eso era algo nuevo para mí porque donde yo vivía no estaba lleno de niños jugando en las calles. Jugaba con hijos de amigas de mi mamá cuando iban a la casa, o con mis primas cuando íbamos a verlas a Santiago. Sólo conocía la calma de jugar con imaginación y entusiasmo, pero eso iba a cambiar pronto.

Sucedió apenas nos mudamos. Yo aún era amistoso y confiado y partí corriendo a jugar con la primera pandilla de niños que vi, amontonados, corriendo y gritando. Estaban en plena pichanga al medio del pasaje. Desde arriba, el pasaje era como un pentágono deformado, conectado a una calle empinada con nombre de alga, que baja a otra calle con nombre de alga desde la que se puede ver el mar.

Mi naturaleza alegre de ese entonces iba acompañada de una voz de pito y facciones femeninas. Hasta el día de hoy mi cara es como un trasplante de la cara de mi mamá, pero con barba. Así que en el fondo era una niñita con ropa andrógina. Tenía el privilegio de vestir ropa bonita que yo mismo elegía, y me gustaban los colores, todos.

Aparecí casi corriendo, dando saltos. Contento. Aún puedo escucharme preguntar “¿¡puedo jugar!?”, alargando la “a” y la “r” casi musicalmente. Lo siguiente que recuerdo es la cara enrojecida y furiosa de un vecino gritándome “maricón” y la piedra que me lanzó y me golpeó en la frente. Luego correr llorando a mi casa. Mi mamá de pie, detrás de mí, en mi baño, echándome agua fría sobre el chichón que crecía y luego escurría por la mejilla derecha hasta el lavatorio blanco, nuevo. Mientras, yo lloraba callado y miraba uno de los pelícanos azules que volaban en los azulejos. Los había elegido yo antes de que terminaran de construir nuestra casa. Sentía mucho miedo.

Si no me hubieran rechazado por extraterrestre, seguramente habría jugado con ellos y esa pelota. El fútbol mismo no me importaba, la experiencia de jugar y tener amigos era lo importante. De eso se trata -o debería tratar- la vida de los niños, creo.

Las agresiones y burlas del vecino no se detuvieron y durante un corto tiempo me llevaron a ver a una sicóloga. Cuando pregunté por qué íbamos para allá me dijeron que era para que aprendiera a tener más paciencia porque me enojaba muy rápido. La “tía” con la que me juntaba a jugar tenía unos juegos de construcción con piezas triangulares que nunca había visto. Cuando entré por primera vez, tenía armada una figura en una mesita. Era una pelota hecha de triángulos. No sé si era exactamente lo que ahora conozco como un icosaedro, no sé si tenía veinte caras, pero se parece en mi recuerdo.

Hace un par de años supe que la verdadera razón de esas visitas era lo que pasaba con mi vecino. Me estaba afectando. Cambiando. Natural, como cualquier niño que comienza a ser abusado de algún modo. Si miro mis cuadernos de esa época -existen cajas llenas de cuadernos de todos los años- es cuando empecé a dibujar edificios quemándose, y autos accidentados con gente mutilada colgando de las ventanas. Parece chiste. También supe que la sicóloga fue muy clara con mis padres: “Se tienen que ir a vivir a otro lado, porque ese niño y su familia no van a cambiar”.

1989 fue el año del escándalo del Cóndor Rojas en las Eliminatorias. Me acuerdo de las noticias mostrando una bengala que lo había herido mientras jugaban contra Brasil. Y luego cuando se supo que había mentido usando una gillette. De esas mismas que según mi mamá la gente mala ponía al final de los toboganes gigantes de los juegos del estero Marga-Marga. Nunca me he subido a uno de esos.

Mi colegio era mixto. En 1990 entré a primero básico y conocí el mundo de las clases de gimnasia separadas por género. El lado “de los hombres” estaba dominado por los partidos de fútbol. Yo le temía a la pelota. Le temía a cualquier cosa que pudiera volar y pegarme en la cara. Le temía a grupos de niños con un proyectil. Ese miedo llegó y se quedó, y yo en lugar de aprender a dominar la pelota, aprendí a dominar todas las técnicas para poder existir la mayor parte del tiempo posible en los bordes perimetrales de toda actividad de hombres y pelotas. Me volví invisible.

Mi problema nunca fue el fútbol.

Me sentía seguro en mi cuaderno y mis lápices. En los recreos se juntaban amigas a verme dibujar. Ahí no podía ser malo, no sentía miedo y podía ser una persona más normal. Podía hasta sentirme especial y ser “el que dibuja bien”.

Tengo un grupo de amigos cercanos del colegio aún. Fuimos compañeros desde kinder a cuarto medio. Un día hablando de esto mismo me contaron que al principio los compañeros más futboleros me buscaban para jugar a la pelota, me querían ahí, y yo rechazaba la invitación y me quedaba dibujando. No recuerdo nada de eso, pero les creo.

Quizá podría haber jugado fútbol a pesar de haber sido medio raro. Podría haber tenido más amigos que amigas, en lugar de “tantas amiguitas”, como anotaron con preocupación las tías del jardín infantil en sus informes. Podría haber perdido ese miedo que crecía y cambiaba de forma ganando terreno. Pero para bien o para mal lo mejor que pude hacer fue mantenerme afuera de ese círculo, haciendo los míos propios.

Al día siguiente de terminar el párrafo anterior, me avisaron que mi tía Anita había muerto. Hacía años que vivía con Alzhéimer y ya no nos recordaba. Pero antes, ella era esa persona que se acordaba de todos los cumpleaños. La que siempre te llamaba y se preocupaba en serio. La que mantenía los lazos unidos. La última vez que la vi fue hace un par de años. Me preguntaba un poco desfasada que quién era yo, que si era uno de los hijos del Fello, y que cómo me estaba yendo en el colegio. Yo nunca me atreví a visitarla. Le temí mucho a la pena. Recuerdo eso y siento vergüenza.

Esa noche volví a Viña a la casa de mis papás. Partiríamos los tres temprano a despedirnos de la Anita. En auto hasta Puerto Montt, como lo hicimos cada año de mi infancia. Antes de acostarme me puse a buscar entre las fotos antiguas ese recuerdo con la pelota. No lo encontré. Pero sí encontré una foto en el patio de mis abuelos en el sur donde aparezco yo, pateando una pelota contento y Anita, corriendo detrás mío.

Mi papá y mi mamá aún viven en esa casa grande que construyeron.

* Autor del libro Gay Gigante (Editorial Catalonia, 2015).

By | 2017-10-03T14:01:02+00:00 Octubre 3rd, 2017|Nueva Edición|1 Comment

One Comment

  1. Talleres Roll Cars Octubre 17, 2017 at 10:25 - Reply

    Bonito relato.

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