EL CLAN

Por Francesco Scagliola

Alessandro “Billy” Costacurta, legendario defensa del Milán, ganador de cinco Copas de Europa, actualmente comentarista por “SKY Sport Italia”, afirma en una entrevista que “su” último camarín –año 2007– era un entorno profesional completamente listo para aceptar a un compañero homosexual. Sin embargo, tras una década, todavía nadie se ha atrevido a levantar la mano. Mientras tanto, montones de jóvenes se han emborrachado juntos en los clubs más underground del planeta sin importar la orientación sexual y sin particulares cuestionamientos. ¿Acaso será el fútbol el único fenómeno social de portada galáctica incapaz de evolucionar como habría de esperar? O sea, manifestando esa (lenta) transformación de la sociedad, en lugar de amarrarse a una secular y crustácea especificidad.

En la madrugada del 1° de julio de 1916, cuando el movimiento LGBT aún estaba lejos de surgir, a lo largo del frente de decenas de kilómetros que bordea el rio Somme en la Francia norteña, algo así como trecientos metros de polvo y pozas separan los nidos de las ametralladoras alemanas de las trincheras inglesas. Wilfred “Billie” Nevill (sí, otro apodado “Billie”), veinteañero capitán del Regimiento East Surrey, tiene el bigote bien cuidado y las polainas aseguradas desde la noche anterior cuando, en las tinieblas de sus últimas horas de vida, pudo encontrar un momento para sentarse a solas y arreglar su uniforme. Es un oficial tan joven como obstinado. Apenas faltan instantes para el silbido que decretará la carga fatal, mientras avanza entre sus hombres que dentellan y vomitan. Crujen las botas. Brillan las bayonetas. La muchedumbre lo observa llegar, se abre a su paso, y se cierra nuevamente. El capitán, que ya conoce su destino, guarda secretamente la disparatada esperanza de lograr guiarlos al otro lado. Se ha formado un círculo alrededor suyo, dentro del cual se agacha levemente, como si quisiera hablar a las tripas más que a los cerebros. “Muchachos -murmulla emocionado- miren lo que tengo aquí en mis manos…” y los sorprende mostrando dos pelotas de castaño cuero brillante; de aquellas que están hechas para pegarles patadas en los céspedes del Kent, o del Sussex. “Escúchenme bien –ha levantado el volumen de su voz- quiero que salgan y lleven estas dos pelotas hasta adentro de la trinchera enemiga”. Los cuerpos tiritones se arriman. Los abrazos se aprietan. Los músculos se irrigan de agallas. Pues ahora, a los infantes que ya están en posición rampante para salir, les grita que corran abiertos y bien ensanchados. “¡Tal y como entrenamos!” les recuerda. “Solo eso les pido muchachos… ¡Quiero que se pasen estas malditas pelotas hasta llegar a la meta!”. Pulsa un zumbido innatural en los oídos. “¡¿Me entienden?!” alcanza a vocear el joven capitán; pero no hay segundo para respuestas. Rechina el silbido. Alguien –desde el fondo de la trinchera– patea largo. ¡Toc! Y luego, solo el traqueteo infalible de las ametralladoras alemanas.  

El capitán Nevill había transformado una batalla en un partido de fútbol. Para entender que la ecuación funcionaría igualmente al revés (partido de fútbol igual a batalla), fueron necesarios unos estudios antropológicos que ya no tuviesen como objeto de investigación los llamados “pueblos primitivos”, sino aquellas personas que el especialista tenía frente a sus ojos al salir de la casa. En particular el día domingo, momento en el cual se organizaban la mayoría de las manifestaciones donde una pelota es perseguida por veintidós personas. Ocurría entonces algo extraordinario: los ritmos regulares de la cotidianidad aparecían turbados por masas imponentes reunidas en un espacio físico definido (el estadio) o alrededor de cualquier aparato radiofónico, mientras brotaban pasiones y emociones fuera de lo común.  Era un escenario que pedía ser interpretado. Pues así, dentro de la variedad de análisis adelantadas por esta “antropología del consuetudinario”, una acabaría prevaleciendo gracias a una metáfora sencilla: el partido de fútbol es una batalla ritualizada.

Los hinchas, por su parte, lo habían entendido hace tiempo. Desmond Morris, cuya obra La tribu del fútbol jugó un papel determinante en las investigaciones mencionadas, recuerda a los supporters del Arsenal entonando frente al enemigo el himno militar que reza “tenemos frío, estamos empapados, aun así una paliza no nos han pegado”.

Y es justamente tras esta metáfora que se clarifica una terminología comúnmente usada para la descripción de un encuentro: equipo combativo, estrategia, barricadas, ataque final, capitán (una leyenda cuenta que ese término se volvió de uso común en el fútbol luego del glorioso sacrificio de Nevill). Esta fraseología ha entrado tan profundamente en el lenguaje común que, por ejemplo, en Italia es posible toparse con una plaza dedicada a “Los héroes de Madrid”, donde la placa hace referencia a aquellos jugadores que en 1982 ganaron el Mundial en el Santiago Bernabéu. ¿Alguien se sorprendería si en unos años más, por las calles de Ñuñoa, apareciera una avenida “Héroes de la generación dorada”?

La oscuridad del invierno austral envuelve a la Escuela de Aviación “Capitán Ávalos”, en la comuna de El Bosque. Es la noche entre el 1° y el 2° de junio de 1962. Debutaron los Rolling Stones, por primera vez un hombre ha orbitado la tierra, en Chile se está disputando el Mundial de fútbol y el Movimiento LGBT ya está a punto de nacer en el Greenwich Village. Desde afuera de la habitación se oyen solo el crepitar de las brasas de los cigarros que se consumen a cada fumada y unas voces, ensordecidas, apenas distinguibles. Quien escucha a escondidas, furtivo y afelpado, es Omar Sívori, oriundo, caprichoso, formidable diez de la selección italiana que se hospeda en el cuartel santiaguino. En la sala, que Sívori se imagina poco iluminada y brumosa, hay cuatro voces. Dos son fácilmente reconocibles por el mago rioplatense, porque pertenecen a la extraña e inexperta pareja de entrenadores que debería guiar al seleccionado nacional. Ambas no suenan a gusto en la conversación. Se está discutiendo, pese al muy buen empate contra Alemania, acerca de los masivos cambios de formación para el partido del día siguiente contra Chile. Un par de reporteros italianos escribieron palabras cortantes sobre la sociedad chilena y hay una seria preocupación por una posible “venganza” en la cancha; sobre todo por parte de las voces a las cuales Sívori asocia, aunque sin completa seguridad, los rostros de dos célebres plumas del periodismo deportivo italiano: en particular la de Gianni Brera, por décadas vate de la crónica futbolera italiana. Entrecortadas pero pesadas rumorean las expresiones “gladiadores”, “guerreros”, “combatientes”, contrapuestas a “señoritas”, “zalameros”, “calzonazos” y hasta “selección mujer”. Los primeros, para los dos importantes periodistas, tendrían que substituir a los segundos, o todo terminará como en Belfast en el ‘58 cuando una Italia llena de campeones pelotilleros fue aplastada por las hordas irlandesas, técnicamente incapaces pero hambrientas de gloria. Así, ya casi apoyado contra la puerta –tanto  que alcanzaría a oler el acre aroma del tabaco quemado en los ceniceros– Sivori asume con desdén que en menos de veinticuatro horas observará el partido desde la banca. Lo que “El Cabezón” no puede saber es que efectivamente será una batalla –la “Batalla de Santiago”– pero aquella Italia falta de “bailarinas” saldrá igualmente derrotada del Estadio Nacional.

El grupo social “equipo” tiende entonces a configurarse, interna y exteriormente, como un grupo guerrero que sale a la cancha para enfrentar el duelo decisivo, acompañado por símbolos y rituales que respaldan ese concepto: gallardetes, uniformes, el momento de la concentración, la exaltación a través del abrazo, el grito liberatorio, etc. Esta equiparación entre grupo guerrero y equipo de fútbol es probablemente la clave que la antropología proporciona para comprender aquella “especificidad” de la sub-cultura del fútbol en términos de sexualidad. El héroe para ser invencible tiene que ser purificado y estar listo para la pelea, aislado como en un antiguo ritual caballeresco para cimentar en una vela de armas la solidaridad con el grupo. Es en este sentido que la homosexualidad puede aparecer como el enemigo más insidioso porque podría penetrar hasta dentro de este espacio de segregación del guerrero para quitarle la fuerza viril y derrumbarlo del pedestal de macho combatiente, que es fundamento de cualquier cultura militar (aunque existen excepciones. Por ejemplo, la idea griega del valor militar no estaba en antítesis con la relación sexual; es más: el “batallón sagrado” tebano estaba íntegramente constituido por parejas de amantes que luchaban atados por un lazo, símbolo de la indisolubilidad de su relación en la vida, en la muerte y en el simposio. O en el diálogo platónico acerca del amor, Fedro supone que el mejor de los ejércitos será aquel formado por amantes, tomando como respaldo la pareja prototípica de los amantes-guerreros, Aquiles y Patroclo).

De todas formas, justamente como en cuartel, el camarín sigue oponiendo a los cambios sociales sus símbolos y sus rituales: y allá donde los símbolos se consolidan la transformación resulta muy complicada. Símbolo, ritual y lenguaje, entre ellos indisociables, refractarios a la mutación, exigen algo así como una eterna repetición y, paradójicamente, suelen endurecerse y defenderse ahí cuando la relación con las dinámicas sociales se debilita.

Pues sin duda, a partir de la década de los ’60, la sociedad es testigo de profundas transformaciones culturales. Las ideologías militar y machista se ven paulatinamente arrastradas por una violenta crítica, y tambalean volviéndose dote de grupos minoritarios de extrema derecha. En todos los sectores de la vida pública sopla un viento de renovación. En todos… o casi. La sub-cultura del fútbol se muestra entre las más reacias al cambio. Tal y como la afirmación del cristianismo no había borrado los cultos paganos que, simplemente, se habían retirado en las zonas rurales y periféricas, así la homofobia –ya no sustentada por las ideologías– sobrevive en profundidad atada con su atávica conexión con la psique.

En el fútbol, jamás abiertamente proclamada, se encomienda a la que ha sido llamada “pedagogía del camarín”; un clima, invasivo y alusivo, a menudo desarrollado en broma aunque, no por esta razón, portador de un mensaje menos claro: ¡Aquí no queremos maricones! De este “ruido blanco”, impalpable pero advertible a través del cual determinados ambientes transmiten sus “valores”, ciertamente habla la antropología; aunque es experiencia común para cualquiera que haya pateado una pelota. La “tribu del fútbol” se mantiene fiel a sus fundamentos arcaicos, no puede renunciar al eslogan que todo adolescente ha oído salir de la boca de su primer entrenador haciendo el papel de rudo sargento que recibe a los reclutas: “¡El fútbol no es deporte para señoritas!”.

De hecho, la era de los “calzonazos” nunca ha terminado, y jugadores de clase cristalina, elegantes, refinados, pero ajenos (o casi) al choque físico han sido y siguen siendo blanco de alusiones abiertamente homofóbicas. En Italia existen casos ejemplares como el del fantástico mediocampista de la Juventus de los ’50 Boniperti, apodado “Marisa”, el del malabarista del Torino, Meroni, obstaculizado por su actitud anticonformista. Hasta les tocará a Cabrini y a Rossi (dos de los futuros héroes de Madrid) acusados, después de un decepcionante comienzo del Mundial, de ser “flojos por compartir la habitación”. Finalmente, la retórica viril-militar vuelve a emerger no solamente pronunciada por la vox-populi, sino que por personajes cultos y autorizados. Así el presidente de FIAT y de Juventus Gianni Agnelli alaba el polaco Boniek por su furia agonística parecida a los soldados de caballería capaces de cargar contra los tanques de Hitler; viceversa –ya en plenos años ’90– no vacila en injuriar a un joven Alessandro Del Piero reo de escasa combatividad, apodándolo “conejo mojado”.

Es de día. En una exquisita suite de algún hotel de cinco estrellas, seguramente con vista a alguna pulcra avenida de una indefinida capital europea, una joven de corto uniforme negro con encajes, adornado delantal, pelo rubio y magníficos ojos oscuros enmarcados en unas pestañas de pez afilada, está cumpliendo meticulosamente su deber de mujer de la limpieza. Es el año 2010, las ideologías son un lejano recuerdo, la vida es líquida, touch e individual, y el Movimiento LGBT –por lo menos en occidente- es una realidad importante, conocida y respetada que ha logrado (y logrará) grandes metas con respecto a los derechos civiles de los homosexuales. Ahí está la joven: arreglando el volumen de un cojín, emparejando el terciopelo de un sillón, sacando una pelusa del respaldo. Hasta que –de pronto– mira hacia la izquierda abriendo de par en par sus ojos abismales. Del cuarto de baño está saliendo, en calzoncillos apretadísimos, una perfecta criatura que, además de parecerse a un cruce entre el “Doriforo” de Policleto y un androide de goma pensado por una superproducción hollywoodiense, es –la joven lo sabe– uno de los tres mejores futbolistas del momento. Esmerilado, plasmado, barnizado y aún semi-desnudo (se ha puesto solo los pantalones), empieza a buscar algo para tapar su físico inhumano. La joven modelo de la limpieza, boquiabierta, hace lo que sea para hacerse notar: sonrisas, pestañeos, miradas maliciosas y –comprensiblemente– algo asustadas. Pero él, nada de nada. Ella se le agacha delante de las narices, y nada. Predispone levemente sus fines caderas, y nada. Se elonga hacia el techo para que la falda suba levemente, y nada. El lubricado hombre sigue concentrado en hallar su polera, como si la presencia femenina no existiese. Él, su cuerpo, y su imagen vienen antes que todo, parece decir. Finalmente, la misteriosa camiseta, con el estampado “Goldenblue Boy. Armani Jeans” la encuentra, debajo de una almohada, la misma señorita quien, pese a la completa falta de interés hacia sus dóciles movimientos, prestamente vuelve a esconderla. 

Poderosas fuerzas de carácter económico ya tienden a hacer flaquear las antiguas configuraciones ideológicas de la pelota. Estas, además de un marcado individualismo, ruedan alrededor de una espectacularización del cuerpo del futbolista, que se vuelve vehículo de mensajes publicitarios que apelan a pulsiones sexuales no específicamente declaradas, ambiguas, abiertas al consumo de diferentes géneros de destinatarios. El futbolista entra en el imaginario “televisivo-publicitario” que se dirige a una sociedad ya diversificada también en los gustos sexuales. Nace la figura del futbolista metrosexual; aquel que, después de marcar, corre hacia la grada sacándose la polera y revelando una musculatura perfectamente construida, depilada y bronceada. Es un ambiguo narcisismo exhibicionista que avanza paralelo con los dictámenes postmodernos y que, igualmente, parecería haberse separado de la retórica del atleta-soldado.

¿Será entonces esta la vía para lograr que el fútbol salga del impasse generado por la transformación de la relación con la sexualidad en la sociedad contemporánea? ¿O se trata –más probablemente– de una nueva re-formulación adecuada a los tiempos de los antiguos roles?

By | 2017-11-12T10:56:22+00:00 Noviembre 12th, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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