EL FÚTBOL TAMBIÉN ES NUESTRO

Por Vanessa Vargas Rojas*

 

La primera vez que jugué con mis primos a la pelota, nadie me eligió en su equipo. Sin hacerlo explícito, ellos habían acordado que mi presencia sería un problema para cualquiera de los dos planteles, así que dejaron que el cachipún decidiera. “La Vane con el que pierde”, dijeron.

Mis compañeros de juego de todos los días, de pronto, me hacían sentir un obstáculo. Pero yo, motivada por la porfía ante el rechazo, me entregué con dedicación durante aquel breve partido, sin entender mucho de posiciones en la cancha ni estrategia. Estaba decidida a concretar la única tarea que parecía posible: quitarle el balón a un jugador del equipo rival para entregárselo a un compañero y, con mucha suerte, poder ayudar en la fabricación de un gol.

A los diez minutos, los primos se habían olvidado de mi rol de “cacho” y disputamos una pichanga como cualquier otra. De ese encuentro trascendió, eso sí, que yo era buena “para las patadas”. Mi mamá se enteraría de mi primer partido al llegar a la casa y ver mis zapatos de charol negros empolvados y deformes y, sobre ellos, una serie de moretones repartidos en las piernas.

Su amenaza no se hizo esperar: “No vuelves a jugar a la pelota. Después te van a decir: mira, ahí va la María Tres Cocos”. Más tarde, por si aún quedaban dudas, se sumó un: “Tu papá dijo que por nada del mundo te quiere ver jugando fútbol en la plaza”. Y, sin entender mucho, tuve que decirle chao a las pichangas.

El fútbol fue uno de los temas en los que me enseñaron que las mujeres no debían inmiscuirse. No solo a mí: a todas. Desde pequeñas se nos imponen límites que hablan claro de este deporte como el espacio exclusivo de un género, un juego en el que no somos bienvenidas, una disciplina que nunca lograremos practicar ni entender correctamente.

Es difícil calcular cuántas fuimos desmotivadas y derechamente invitadas a no jugar más fútbol, y el impacto que esos mensajes tienen en una etapa formativa, como la niñez y adolescencia. En el camino algunas fueron más perseverantes que otras, pero es más probable que haya sido la mayoría de nosotras a quienes expulsaron para siempre o al menos durante muchos años de las canchas.

SIN DERECHO A JUGAR

Porque las que quieren jugar, son marimachas. Y si a pesar de todos los obstáculos deciden dedicarse a este deporte profesionalmente, no pueden cumplir ese sueño. Porque las jugadoras del fútbol femenino por lo general carecen de contratos y sueldos y, en lugar de ser remuneradas, muchas veces deben ser ellas quienes paguen por jugar.

El desinterés de los directivos del fútbol local ya ha provocado el cierre de dos escuelas de las ramas femeninas durante este año: las de Audax Italiano y Unión Española. El motivo lo explicó la jugadora de Universidad de Chile y vicepresidenta de la recién creada Asociación Nacional de Jugadoras de Fútbol Femenino (ANJUFF), Fernanda Pinilla, en un conversatorio sobre mujeres y fútbol: “La justificación fue que no alcanzaban los recursos para mantenerlas y que el fútbol femenino no vende. Dejaron sin club a aproximadamente cien niñas”.

Lo cierto es que muy pocos se han interesado verdaderamente en averiguar si el fútbol femenino vende. Las autoridades del deporte decidieron organizar el torneo nacional el año 2008 –motivados por la vergüenza de estar organizando una Copa Mundial Femenina de Fútbol sin contar con una competencia local–, pero hasta hoy ningún canal de televisión se ha interesado en transmitir sus partidos. Tampoco hay mayor cobertura en la prensa deportiva.

El principal ente regulador de este deporte ha hecho diversos desaires a su promoción. En la organización del último Mundial, las jugadoras tuvieron que disputar todos los encuentros en campos sintéticos, algo que sería todo un escándalo en un torneo masculino. Sin embargo, contra viento y marea, el fútbol femenino crece y prospera. Según cifras de la FIFA, entre 2000 y 2006, la cantidad de jugadoras registradas creció en más de un 50%, mientras que la participación de hombres solo aumentó en un 21% en el mismo periodo.

SIN DERECHO A PASIÓN NI OPINIÓN

Es sabido que buena parte del imaginario vinculado a las hinchadas del fútbol, sus cánticos y consignas, aluden a concepciones masculinas. A través de lugares comunes como el “tener huevos”, la hombría pareciera ser un elemento más a demostrar en la cancha, mientras que lo femenino es utilizado constantemente para denostar al rival.

En Chile, este escenario se ejemplifica en el uso del “zorras”, “madres” y “monjas”, y otros epítetos de la jerga futbolera de los hinchas en donde la condición femenina supone una humillación y debilidad ante el adversario.

Las mujeres enfrentamos diariamente la validación de nuestros pares en el fútbol y nuestra pasión es puesta a prueba de forma constante. Incluso en espacios de hombres “simpatizantes” de la lucha por la igualdad de género, reina la desconfianza y el escepticismo ante cualquier comentario u opinión discordante.

En 2012, el periodista Francisco Sagredo comentó por televisión, en tono de primicia, sobre la llegada de un nuevo refuerzo a Universidad Católica, al que elogió en vivo. Más tarde, se supo que dicho jugador no existía y sólo se trataba de una broma de un grupo de amigos, que se forjó en un falso perfil de Wikipedia.

“A veces uno se cae”, respondió el periodista en cuestión. Y es verdad, pero me permito asegurar que si una mujer hubiera cometido ese error, las burlas se mantendrían hasta hoy. Porque las mujeres no pueden equivocarse al opinar sobre este tema, son duramente cuestionadas por errar algún dato o “enviadas a la cocina” por cualquier machista ofuscado con el que discrepen.

La negación del conocimiento futbolístico femenino es algo que también se grafica en la presencia de éstas en segmentos y canales deportivos, donde las profesionales parecen más invitadas a lucir sus escotes que a contribuir en los comentarios o análisis de un partido. En las transmisiones, casi no existen mujeres que reporteen en vivo desde la cancha.

Lo cierto es que, ante un mundo que nos excluye desde los primeros años de nuestras vidas de la práctica del fútbol y sus discusiones, las mujeres vivimos en constante aprendizaje, incorporando lo que nunca nos enseñaron y experimentando la emoción de otras maneras. Muchas intentamos desenvolvernos desde una identidad propia, sin replicar el discurso y la violencia de las construcciones masculinas. Sin tener que demostrar nada a nadie, pero dejando claro que la pasión verdadera por el deporte rey no es asunto exclusivo de varones.

Cada vez somos más las que, enamoradas de aquello que acontece fuera y dentro de la cancha durante esos 90 minutos, decidimos que nuestro rol no va seguir siendo el que históricamente nos asignaron. Que nadie tiene por qué asfixiarnos las ganas de jugar a la pelota, ni los sueños de convertirse en entrenadora, árbitra o PF. Mucho menos, vamos a concederles el derecho a cuestionar nuestra pasión.

LO DAMOS VUELTA

Es innegable que el fútbol sigue siendo uno de los principales escenarios de la idiosincrasia machista, pero esto no significa que las mujeres tengamos que “hacernos el espacio”, porque la exclusión en la que nos ha mantenido este deporte no es nuestra culpa, sino que se debe, entre otras cosas, a la ausencia de políticas públicas que promuevan la igualdad de género en su práctica y desarrollo.

El resto de las responsabilidades compartidas se reparten entre las 208 federaciones que integran la FIFA, los medios de comunicación y los auspiciadores deportivos, que insisten en reproducir estereotipos de género incluso en el entretiempo de las transmisiones de los partidos, con morbosos acercamientos de cámara a las “mujeres más atractivas” del público, empeñados en que cumplamos un rol decorativo en el espectáculo futbolístico.

En el ámbito profesional, también son excluidas aquellas que aspiran a dirigir a sus propios planteles o a arbitrar algún encuentro. Incluso en el pasado Mundial de Fútbol Femenino, fueron exclusivamente árbitros quienes dirigieron los encuentros y la mayoría de los entrenadores, aun en equipos femeninos, son hombres. Desde la primera Copa del Mundo de 1930, ninguna mujer ha arbitrado un partido mundialista.

En algunas partes del mundo incluso nos prohíben ver fútbol. Desde 1979, las iraníes no pueden asistir al estadio a ver partidos. Una regla basada en que dicho deporte “no es para señoritas” pero que no le impidió a Hanieh, de 21 años, ir a alentar al Persépolis, su equipo favorito. La joven se disfrazó de hombre y se defendió de quienes pedían su castigo: “¿Por qué delito quieren quemarme? ¿Quizás por el placer de mirar el partido de mi equipo favorito y animar a sus jugadores?”.

Y no es sólo en Irán, sino que en todo el mundo, donde se replican experiencias que dan cuenta de la exclusión que las mujeres vivimos en este deporte. Una discriminación que nos golpea en el estadio, en la discusión con los amigos, en el comentario sexista de los jugadores, en la cosificación del programa de TV o en las ofensas de la propia hinchada contra el archirrival. Y por ello, asumiendo las responsabilidades que corresponden al género, es nuestro deber comenzar a erradicarlo.

Algunas simplemente se automarginaron y hoy rechazan, con razones de sobra, las lógicas de un deporte que las violenta hasta en su lenguaje cotidiano, eso que algunos descaradamente reivindican como “el folclore del fútbol”. Comprensible y legítimo.

Pero también hay otras, a las que el fútbol enamoró pese a la adversidad, que nos decidimos a defender nuestro derecho a vivir la pasión, a no buscar otro espacio por el sólo hecho de ser mujeres, ni resignarnos a su orden muchas veces cuestionable. Aunque a veces nos impidan verlo, jugarlo o pretendan negarnos el sentimiento, vamos a pelear por disfrutarlo a nuestro modo, sin imitaciones ni discursos que no nos sean propios. Porque llegamos para quedarnos, para comer, vivir y soñar de fútbol si se nos antoja.

 

* Periodista e hincha de Universidad de Chile. Ha trabajado en medios como El Desconcierto, El Ciudadano y Cooperativa.

By | 2017-04-06T08:54:00+00:00 Diciembre 28th, 2016|Edición Anterior|0 Comments

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