EL GOL DE LA VERGÜENZA, ELIMINATORIAS MUNDIAL ALEMANIA 1974. CHILE VS URSS

Por Diego Repenning López

Y salieron a la cancha los once, pero solo los nuestros. Los otros rojos no aparecie­ron ni fueron esperados. Los rojos nuestros echan a rodar la pelota –y los otros aún no llegan– y la tocan, avanzando sin oposición hasta que el 19 de Chile rompe la malla del arquero adversario, que sigue empecinado en no aparecer. Le dicen el gol de la vergüenza y sería interesante deconstruir, desarmar y dar vuelta el nombre, pillarle una gotera desde donde reevaluarlo para pensarlo distinto. Y tal vez vergüenza no sondea los recovecos des­graciados del evento, el horror que encarnó, la desnudez esencial del episodio. Quizás hay narrativas paralelas que puedan hacerlo. No se trata de mirar retrospectivamente la pan­tomima de un elenco titular enmascarado en su disfraz, que juega a jugar contra el aire en­rarecido del Nacional, consumando un show protagonizado por el héroe trágico llamado Chamaco que la echa dentro y cierra el acto. Eso sería cortar el hilo por lo más fino.

Este teatro del absurdo es la descendencia reconocida de la FIFA, que ya desde aquel entonces mostraba su inclinación hacia la construcción de fachadas surrealistas, ha­ciendo evidente que el fútbol no fue, no es, ni será el centro de gravedad de las oficinas de Zúrich. Y aun constatando esta dolorosa verdad, no llegamos a la capa más oscura de este episodio.

No son los mimos que saltaron a la cancha el 21 de noviembre del ‘73, ni el filón institu­cional del espectáculo triste. Es el escenario. Nos cuesta recordarlo y puede ser que la ero­sión de tantos balones, saltos, manos de pin­tura y pitazos haya ido entierrando y gastando nuestra memoria. Pero el ‘inocente’ elefante blanco de Ñuñoa fue un campo de concentra­ción –que encarna el horror– y su significado ennegrece todo. Hace poco leía entre relatos recopilados, a ex soviéticos que recordaban el tiempo de Allende y la promesa de un nuevo socialismo, el impulso que revigorizaría el ideal de los trabajadores. Pero el “coloso” arrasó con esa imagen y la transitó hacia el radical opuesto. El Nacional se convirtió en la sucursal del imperio, donde se performaba la eliminación de consciencias y se altavoceaba el mensaje oficial del “aquí nada pasa”. Hu­manos y sus historias de degradación fueron borradas tras el maquillaje de normalidad que prestaba el sostener un espectáculo vacuo, mientras el depósito más abyecto de la hu­manidad quedaba oculto tras la escenografía. Hoy son breves menciones, escuetos guiños –como nuestra recuperada democracia– los que nos recuerdan que pertenecemos a la lista del horror.

Toca nombrar y explorar las dimensiones de esta vergüenza y procurar que la próxima vez que veamos a once jugadores remedando un partido, podamos reír y archivarlo con las curiosidades del fútbol. Por ahora, solo quedan lecciones por aprender y memorias que respetar.

By | 2017-07-07T12:09:04+00:00 Abril 21st, 2017|Edición Anterior|0 Comments

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