EL ÚLTIMO BRASILEÑO DE LA “U”

Por Cristopher Antúnez*

Quizás el título de esta historia ponga al lector en un error lógico. Podría creer que hablamos de Arilson, aquel 10 que marcó un golazo en el arco norte del Estadio Monumental o ese otro de media cancha en el Municipal de San Felipe. Pero no: me refiero a otro talento que llegó desde el país de la samba, con más sueños que certezas.

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Brasil. Nación de América del Sur donde se respira más fútbol que aire y cuya tierra ha visto nacer a los más talentosos jugadores que conoció la historia del balompié. Este grande de Sudamérica tiene tres competencias internas: los torneos estaduales que se juegan la primera parte del año, la Copa Brasil que enfrenta a equipos de todas las divisiones, y el torneo de primera división, más conocido como Brasileirao. Es un fenómeno tan potente que, en general, los futbolistas profesionales no salen a buscar suerte a los países vecinos.

Pensemos que en Argentina  fueron ídolos Silas en San Lorenzo o Iarley en Boca. Y si “allende los Andes” destacan a esas figuras, en Chile tuvimos a Edson Beiruth, Severino Vasconcellos y Caté. Arilson el 2001 mostró mucha clase y talento en la cancha, pero también lo hizo fuera de ella, donde fue consumido por la noche.

El punto es que ya sea por una cuestión económica, de proyección profesional, por el clima o simplemente porque no les gusta el río Mapocho, a Chile no llegan los mejores expositores del mejor fútbol del mundo.

OTROS TIEMPOS

En 1996, luego de un comodato que firmó el entonces presidente de la Corfuch, René Orozco, junto con el Presidente de la República, Eduardo Frei, Universidad de Chile comenzó a hacer usufructo de unas hectáreas emplazadas entre el velódromo y el coliseo central del Estadio Nacional. A este lugar se le denominó “Caracol Azul”. Las historias que se vivieron ahí durante 14 años seguramente dan para un libro: la pelea entre Azargado y Pinilla, los balazos de Asprilla, los cortes de agua, e incluso más de una mujer despechada que dejó las maletas de un jugador en pleno portón (jamás publicado, obviamente).

En este contexto, en 2004 la U acababa de ser campeón en forma milagrosa de la mano de Héctor Pinto. Además, había asumido un nuevo timonel en la escuadra estudiantil: Lino Díaz. Digamos que las comodidades del lugar distaban dos continentes respecto de lo que gozan hoy los universitarios en el CDA. Todo muy acorde a la realidad que vivía la U por esos años. Por ello, no es de extrañar que el club haya recibido a un jugador “a prueba”. Sí, tal como lee.

El hombre se llamaba Sebastián Alves y, según le comentó al estratega Pinto, había hecho inferiores en Flamengo. Jugaba de volante de salida y prometió que “no le fallaría”. Por supuesto, todo en un perfecto portuñol.

En su primer día, el “muchacho” tímidamente se acercó al grupo de profesionales que estaban sentados en la mitad de la cancha dos del Caracol. El técnico que clasificó a Chile a los Juegos Olímpicos de Sydney presentó a Alves al plantel y les comunicó que estaría a prueba una semana. El carioca apenas esbozó unas palabras y sólo se remitió a decir que tenía… 22 años. Bastó esa confesión para despertar al grupo más desordenado -compuesto por Sergio Gioino, Diego Rivarola y Marco Olea-, quienes no podían creer que el mediocampista tuviera esa edad.

Marcelo Canessa, preparador físico, ordenó que el equipo comenzara la práctica con un suave trote alrededor del campo de juego. Bastó este primer ejercicio para que el brasileño deslumbrara, pero no por su rapidez, sino porque trotaba a duras penas, incluso rengueaba. El murmullo era generalizado, pero Pinto y compañía aún esperaban verlo con el balón en los pies.

DÍA 2

La U iba por el campeonato y ya tenía amarrada las vueltas de Gamadiel García y Rodrigo Barrera. Pero a Pinto le faltaba el 10, por eso estaba muy ilusionado con la joyita brasileña que dos empresarios le recomendaron.

A diferencia de varios de sus compañeros, que llegaban en lujosos automóviles, el humilde Alves se bajó de una de las antiguas micros amarillas que pasaban por Avenida Pedro de Valdivia. El portero del Caracol lo dejó pasar con lo justo. Y con un bolso antiguo colgado de su brazo  izquierdo, como un colegial, avanzó raudo hacia los camarines.

Dos días fueron suficientes para que los jugadores se sintieran en confianza, así que más de uno le preguntó si lo habían inscrito en el Registro Civil a los 15 años, porque 22 no representaba. El  brazuca se lo tomaba con humor y sólo sonreía.

Había llegado la hora de la verdad. Ejercicios con balón dominado, pasar conos y dispararle a los porteros Johnny Herrera y Miguel Pinto. El pobre Alves botaba los conos y con suerte se podía la pelota. “Deben ser los nervios”, pensaba el pedagogo Pinto, que hasta ese momento había hecho una amplia carrera con niños y jóvenes. Sin embargo, el bochorno prosiguió y quedó en evidencia que el brasileño era cualquier cosa, menos futbolista.

Pinto estaba molesto. Llamó a los empresarios, pero por supuesto que ya habían desaparecido. No le quedó otra que hablar con Alves. “Sebastián, me parece que mañana es su último día y se ve complicado que pueda quedarse con nosotros. La verdad es que está lejos del nivel que le exigimos a nuestros jugadores”, fueron las palabras paternales de Héctor Pinto. “Entrenador, no han sido mis mejores días, deme un último día y le demostraré porqué en Río de Janeiro me querían los mejores equipos“, contraatacó el presunto volante. “Bueno, bueno, mañana nos vemos”, cerró el DT.

LA DESPEDIDA

Si ya era un dolor de cabeza para Pinto el fallido 10, había recibido otra mala noticia: la lesión de Diego Rivarola. Justo días antes del comienzo de campeonato, donde en la primera fecha enfrentarían nada menos que a Colo Colo.

A “Gokú” le gustaba ser titular hasta en los picados, así que no quería perderse por nada del mundo el debut ante el archirrival. Llegó muy temprano al Caracol y mientras se vestía alardeó sobre el último modelo de zapatillas Puma que llevaba consigo. “Y bueno, esto lo tenemos sólo las estrellas”, bromeaba el delantero. Mientras, en la otra punta del camarín, lo observaba Marco Olea, como hermano menor a punto de hacer una maldad.

Diego abandonó el lugar y subió al segundo piso, donde estaban las máquinas para hacer un trabajo diferenciado. Mientras tanto, un choque atrasó a Alves, quien tuvo que correr desde la calle hacia el camarín. Sus compañeros ya estaban listos para salir a entrenar cuando él recién ingresaba a ese sector. Antes que ubicara su bolso en uno de los asientos, Marco Olea pidió la palabra y exigió silencio a todos. “Amigo Sebastián, pese a que sólo compartiste dos días con nosotros, te has ganado el corazón de todos y cada uno de los acá presentes. Independiente de que te quedes en el equipo, nos gustaría que te llevaras un recuerdo de tu paso por la U, y es por eso que entre todos hemos juntado un dinero para comprarte el último modelo de zapatillas Puma”, vociferó el Caballero del Gol. Acto seguido, cogió el par que hacía unos minutos había dejado Rivarola y se los entregó al furtivo 10.

Quién sabe cuántas pellejerías había pasado el brasileño para llegar hasta ahí, pero sus lágrimas indicaban que todo había valido la pena. “Ustedes son los maiores jogadores que conocí en mi vida”, esbozó el carioca mientras Olea le daba un abrazo. Algunos jugadores como Iturra, Martínez, Rojas y los más jóvenes no aguantaron más y, tal vez con cargo de conciencia, abandonaron rápidamente el lugar.

El equipo comenzó a trotar al ritmo de los gritos de Canessa “¡Vamos, vamos muchachos!, llegaron dormidos. ¿Y qué pasa con el negro que no aparece?”. La sorpresa fue mayúscula para el pelotón cuando vieron salir a Alves a la cancha… ¡con las zapatillas de Rivarola! El carioca se sentía un Ferrari, un Popeye que acababa de comer espinacas. Hasta corría más rápido.

Mientras, Rivarola seguía haciendo trabajo de musculatura. Fue un paramédico el que le llevó un mensaje urgente de Olea: “Diego, mira las zapatillas que está usando el negro”. Gokú se asomó al balcón y vio pasar a Alves con una sonrisa de oreja a oreja sudando las Ferrari último modelo que el atacante apenas estrenaba ese día.

¡Hijo de puta sácate esas zapas!, le gritó y, olvidándose de la lesión, persiguió al moreno por la cancha al más puro estilo Benny Hill.

* * *

13 años después de esta historia, algunos protagonistas recuerdan el paso de Alves por la “U”:

Héctor Pinto está en China pero atiende el llamado de De Cabeza: “Me acuerdo claramente de la situación, pero no recuerdo el nombre del jugador. Después nos enteramos que lo habían contactado en una playa de Río preguntándole si quería jugar fútbol profesional en Chile. Fue todo muy gracioso y también desagradable”, rememora el entrenador. “Unos empresarios nos convencieron de probarlo y a raíz de este hecho nunca más el club probó a nadie, menos sin saber o tener toda la información”.

¿Pero era al menos brasileño?

Era del barrio Brasil, nada que ver con cualquier jugador brasileño.

Diego Rivarola fue más escueto: “Uhhh sí, me puse como loco cuando lo vi con mis zapatillas. Después supe que fue una broma de Olea. Qué hijo de puta fue con el pobre muchacho”, afirma.

El villano aludido se defiende: “Son cosas que pasan en un camarín, bromas pesadas, a todos nos pasó alguna vez”, explica el jugador de la corbata.

¿Qué recuerdos tienes de Alves?

Que era viejo y cojo, y nos dijo que tenía 22 años. Se merecía la broma (ríe).

La historia de Alves no muere ahí, puesto que dos años más tarde el programa de Megavisión “Cara y Sello” mostró su vida en Santiago y su sueño de ser futbolista profesional. En su momento el reportaje fue polémico porque mucha gente reclamó por las burlas de algunos dirigentes de clubes de barrio con el muchacho brasileño que, simpatía de carioca tenía, pero estaba lejos de la magia de sus compatriotas.

* Periodista deportivo. Ha trabajado en distintos medios escritos y radiales. Es autor del libro “2011: La historia de un equipo rebelde” (Editorial Vamos, 2016).

By | 2017-07-11T16:01:19+00:00 Julio 7th, 2017|Nueva Edición|1 Comment

One Comment

  1. Jay Gut Julio 11, 2017 at 14:28 - Reply

    Juegos Olimpicos de Sydney

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