EL ÚLTIMO PATADÓN GANA

Por Esteban Arbazúa*

La gente tiene distintas maneras de quedarse dormida en la noche. Algunos ven películas antiguas en la tele, sin miedo a perderse un final que ya se saben de memoria. Otros, se supone, mantienen la vieja tradición de contar ovejas, visualizar elefantes saltando la cuerda o a sí mismos corriendo en pelota por la Alameda. Sí, la gente es rara. A mí me gusta contar Marado­nas revolcándose junto a la línea de cal, pero no en cualquier revolcón, sino en ese que lo hace salir de la cancha al final del partido contra Colo Colo en 1980. En eso consiste la imagen que me relaja: Maradona rodando en el pasto tras la gloriosa patada de Leonel Herrera. Chuflinga Herrera, un artista de pantalón corto y las suelas afiladas. Por cosas como esta uno puede dormirse tranquilo, cuando siente que todo está en su lugar, incluida, claro, la rodilla de Marado­na razonablemente malograda.

El 11 de marzo de 1980 yo tenía 8 años y John Lennon todavía estaba vivo. De su muerte me enteré un día que escuché “Imagine” como cien veces en la radio, aunque de otros muertos en esa época jamás supimos porque eran los muertos de Pinochet. Yo soy un niño de la dictadura, un hijo de ese tiempo y de esas bestias que también nos secuestraron los sueños, pero esa noche, el 11 de marzo de 1980, yo soñé que era el 5 de Colo Colo y que jugaba como Leonel Herrera. Dos meses después, de hecho, a días de haber cumplido los 9, jugué mi primer partido en el equipo del barrio, en la Cancha 2 de la población San Gregorio. Tenía otro número que no recuerdo en la espalda, pero todavía resuenan en mi oído las palabras de mi abuelo/entrenador cuando me dijo que iba a entrar, recién empezado el segundo tiempo: “De 5, por el Raulín. Juega tranquilo nomás”. Yo ya sabía lo que eso quería decir: vas bien pegado al 9 de ellos, la pides para salir jugando y pasa-pelota-no-jugador.

Maradona, ese día en mi cabeza, está con la cami­seta roja de Argentinos Juniors. Aún no es el mejor jugador del mundo porque el estadio Azteca, los ingleses y la mano de Dios están lejos en su futuro, pero basta mirarlo, ver cómo camina, cómo va con la bola, para saber que ya lo tiene todo para ser el mejor. Hasta yo lo entiendo, que tengo 8 y lo que sé de fútbol se lo debo a las columnas de Jota Eme y Míster Huifa que leo todos los días en el diario. El partido empieza con una jugada en la que Maradona intenta entrar por el callejón central cuando lo baja el Yeyo Inostroza en tres cuartos de cancha. Bien. Ni siquiera la amasa un poco y ya lo están midien­do. Luego hay un carrerón de cincuenta metros en el cual el 10 argentino elude a los dos centrales de Colo Colo, y un planchazo de cada uno, antes de estrellar el balón en el poste izquierdo del Gato Osbén. También hay goles: dos de Caszely y dos de los bichos colorados.

En el minuto 44 del segundo tiempo, Mané Ponce, de tiro libre y por encima de la barrera, al ángulo de Riganti, mete el tercero de los albos. En la jugada siguiente, quizás la última del partido, un par de rebotes le dejan la pelota a Maradona en el área, cargado a la derecha. Es rápido el 10, tiene 19 años, y está confiado, sabiendo que llega primero que el 5 de Colo Colo. Si lo toca, es penal. Tampoco es mala esa idea, así que Diego prepa­ra el cuerpo, por si acaso. Pero Leonel Herrera piensa “mientras corre” que ya está bueno de pendejadas. El partido es un amistoso, uno de los tantos que tiene que jugar Colo Colo para llenar las noches grises de la dictadura, pero para él los amistosos no existen. Antes de entrar a la can­cha un productor de Televisión Nacional de Chile le había pedido que no le pegara de entrada a Maradona para que el show durara lo necesario. Chuflinga le hace caso: el partido está terminando y viene Maradona a buscar lo suyo.

Lo que pasa sucede en menos de un segundo, pero si lo repasamos en cámara lenta es una jugada en el canal de la National Geographic: un inminente pedazo de carne y huesos derribado por su depredador. Herrera le mete la plancha a la altura de la rodilla. El de Colo Colo toma vuelo, alista el golpe y lo tira como un zarpazo. Marado­na se dobla por la mitad y salta lejos, fuera del campo, junto a los fotógrafos. Un reportero radial le acerca un micrófono a la cara y le pregunta qué le pasó. Maradona no dice nada mientras se revuelca. Ahí termina el partido, no hay penal ni dudas. El dolor es pedagógico. Y el fútbol, un lugar para soñar cuando no tenemos nada.

* Autor de Nuevos Secretos de Camarín (2015), Soy del Colo (2013) y Las Pelotas (2012), entre otros. ¿El próximo? La Roja (2017).

By | 2017-04-06T09:00:31+00:00 Abril 5th, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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