ENTREVISTA A LEÓN COHEN

“El Córner es una orgía. Es un momento de perversidades y de excitación, de decisiones y de situaciones oníricas. Hay allí una intensa radioactividad emocional emergiendo de la masa, la agresión, la angustia y el erotismo”

 

Por Patricio Hidalgo Gorostegui

 

Cuando decidimos dedicar un número a explorar el otro lado de la pelota, lo primero que hicimos los creadores de esta revista fue mirarnos bien a los ojos. Ahí estábamos, entre cajas de pizza y cervezas a medio tomar, seis varones heterosexuales queriendo tender un puente. Todos cómplices pasivos, más de una vez en la vida, de crueles chistes homofóbicos. Todos alguna vez le dijimos “puta de cabaret” a un arquero visitante. Todos alguna vez cantamos “salta, salta, salta, pequeño canguro…” y no sigo porque la vergüenza ha hecho su trabajo y ya no estamos para repetir esas cosas, menos mal.

Visualizamos un puente, pero ninguno de nosotros es ingeniero civil ni Gustavo Cerati como para no caucasicar en el camino. Los dos lados del puente basculante debían caer plácidos y precisos para permitir el tránsito, el contacto, el reconocimiento. Todos treintones, nos sabíamos dañados por la década de los noventa y sus horrores, muchas veces en forma de rumorología irresponsable: Amavisca y Zamorano, Zamorano y Rocha, Estay y Zamorano, Zamorano y Navia, Zanetti y Zamorano. Intimidad como sinónimo de gay, lo mismo que débil, sensible y cariñoso. Queríamos salir de ese marasmo de prejuicios imbéciles, necesitábamos ayuda especializada, pero no nos bastaba con un psiquiatra cualquiera. Tenía que ser alguien que entendiera De Cabeza, pero también de la pelota. Porque fue mirarnos de nuevo, pero vestidos de corto, para reconocer la pulsión homosexual en casi todos los trances de una cancha. El córner. La celebración tipo montoncito. La barrera. El saludo. Todos, los casados, los padres y los casanovas de esta revista, teníamos que ser capaces de ver lo gay que había en nosotros. Así es cómo dimos con el desván virtual de León Cohen.

Al igual que Julio Iglesias, León Cohen es en su origen un arquero, pero a poco andar otro oficio se llevó las luces y el reconocimiento. Durante algunos años ejerció de goal keeper de manera profesional, en un discreto segundo plano durante la mayor fiesta Azul del siglo XX, que no por nada llaman Ballet. Hoy sigue ejerciendo el oficio de los locos, pero en el equipo de viejas glorias de la U, y lo hace de manera destacada. Paradojas más o menos, León Cohen es fundamentalmente un psiquíatra de los buenos, también de la Chile. Esa es su voz cantante en la actualidad. Desde esta doble posición, nos regaló algunas luces sobre el fenómeno gay de a once por lado.

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  1. ¿Qué condicionantes emocionales surgen desde la intimidad de un equipo? ¿Cuál es la dinámica relacional distintiva de un equipo o un plantel? Doctor, ¿debo alarmarme por sentir la complicidad que siento por mis compañeros de equipo?

 

El fútbol es un juego de contacto en el que dos grupos pequeños de hombres, en este caso, se enfrentan entre sí. Que sean grupos pequeños, es decir, de once miembros, no es indiferente. El grupo pequeño implica una intimidad que es más difícil en los grupos grandes, en los cuales la desconfianza es mucho mayor. La rivalidad cohesiona y estructura al grupo pequeño. Surgen diferentes roles. Es el caso del líder, que no es necesariamente el capitán, del anti líder, es decir, el compañero que explícita o implícitamente compite con el líder por la influencia en el grupo, en el camarín, en las concentraciones o en la actitud del entrenador e incluso de los dirigentes. También hay que considerar aquí la representación del equipo con la prensa. Uno y otro tienen aliados, amigos, cómplices. Esto puede adquirir un papel significativo en la cancha, en la interiorización de las instrucciones del DT o en las concentraciones.

 

  1. ¿Cómo se vive esto en la cancha, por ejemplo en un córner? ¿Doctor, es normal que sienta tan intensamente cada tiro de esquina del equipo rival?

Toda relación humana incluye sensaciones, experiencias y fantasías, muchas inconscientes y algunas conscientes. En todas está implicado el cuerpo como fuente de sensaciones, motivación y organización de la relación y de la mente. La mente es de hecho una red cuatridimensional, son las memorias en el tiempo vivido. Cuando una pareja se junta hay en principio seis. Los participantes y los padres internos de cada uno. Nótese que esto implica que a lo menos por ahora hay dos mujeres o más bien, funciones femeninas en la escena. Cuántos actores y actrices hay entonces en un córner, todos mirando hacia el objeto del deseo y de reojo al competidor, con lealtad o maldad, con arrogancia narcisista o temor reverencial.

El córner es el lugar de los hoyos negros, donde la materia se condensa e indiferencia. Allí se pierde lo que es una cabeza, un tronco, unas manos, pies, ojos, es una fusión y a la vez es una orgía, hay allí una intensa radioactividad emocional emergiendo de la masa, la agresión, la angustia y el erotismo. La experiencia no es heterosexual ni homosexual por así decirlo. Es un momento de perversidades y de excitación, de decisiones y de situaciones oníricas ¿Cómo sacó ese cabezazo Gordon Banks el 66, o cómo hizo el gol histórico Elías Figueroa en Porto Alegre? El recuerdo es crepuscular, propio de los hechos movidos por el inconsciente, no pensados aunque intensamente deseados. En torno al punto penal, cuando el balón va a salir del rincón, se aprestan a desplegarse en la escena una multitud de experiencias edípicas de los actores, del arquero, de los defensas, de los delanteros, hasta del árbitro. Están allí la rivalidad salvaje en contra del que se desea humillar, la desesperación en la defensa del hogar materno, la ventaja de ese ser extraño llamado arquero, o más bien guardameta, el más responsable y afectado. Es el que mira al borde de la locura y, sin embargo, debe dar cordura y confianza, el que debe empinarse por sobre la torre de Babel.

  1. Llama la atención, doctor, que hable derechamente de orgía y erotismo. ¿Podría estar viviendo, derechamente, procesos homosexuales?

La libido, esa cualidad de la vida que impregna todos los actos y vivencias, estrechamente asociada con la sexualidad, es aquí de color verde, llena toda la escena, toda la piel, y transforma la mirada en una flecha enfocada en el objeto de deseo. Los cuerpos se tocan, se golpean, se elevan, caen, gritan, se miran, se admiran, se desprecian. Algunos no lo pueden tolerar y evitan bañarse en el camarín, se bañan en su casa, así como otros solo pueden defecar en el baño propio. Entre hombres, el deseo de ser como el padre y a la vez de odiarlo como rival y como autoridad, la intención de someterse y de rebelarse, el amor idealizado hacia el líder, el goleador, el famoso, el bello, el admirado, el ocurrente, el mago, el inteligente, el cuerdo, el sereno y el que se atreve, todo ello forma parte de los amores y odios entre hombres, entre jóvenes adolescentes y entre niños, compañeros, hermanos, camaradas.

No es solo el tamaño del órgano sexual, la altura, la calidad de la ropa, lo glamoroso del auto, la potencia del verbo, de la presencia en la cancha, es todo ello, procesos homosexuales en el sentido funcional del término, son una condición para la identificación, el desarrollo. Está a la base de los chistes en las concentraciones, en los camarines y en los baños. Cuidado cuando a alguien se le cae el jabón y se inclina a recogerlo, ¿es accidente o provocación? O cuando se agarran genitales, nalgas o se comparten fluidos, ¿es por excitación o provocación? Lograr contener y tolerar este humor, estas rivalidades y sostener lealtades y rivalidades manteniendo la unidad del equipo es tener camarín, una forma de política de la vida misma, un aprendizaje de las costumbres y de la moral de los hombres, parafraseando al maestro, Premio Nobel de Literatura francés, el arquero Albert Camus.

  1. Cuando hablas de “una forma de política de la vida misma”, uno se figura la barrera frente a un tiro libre como un ejemplo de resistencia colectiva, pero también como un proceso muy personal del pensamiento.

 Como manifestación humana en el fútbol, en sus usos y en sus reglas, se insinúan, simbólicamente, algunas de las dinámicas de la mente. La barrera, por ejemplo, es una posibilidad, no una obligación, de obstruir el lanzamiento del adversario, sobre todo si es cerca del área propia. El lanzamiento tiene como propósito el logro del gol por una vía directa y a raíz de una decisión arbitral ocasionada por una falta. Los deseos, complejos engramas activos en el cerebro-mente, buscan manifestarse a través de su despliegue en la conciencia como pensamientos y fantasías y, sobre todo, en la conducta. Si lo logran pueden ser una fuente intensa de alivio y de placer individual, pero puede ser fuente de agresión y dolor en otros por su eventual carácter destructivo. Tal es el caso de los deseos homicidas o incestuosos. Por ello muy precozmente la mente requiere colocar barreras a esa descarga directa. Es la única forma de sobrevivir en sociedad. Las primeras barreras mentales tratan de obstruir o desviar esa descarga, así como lo trata de hacer la barrera en el fútbol. A medida que se desarrolla la mente, las barreras son más sofisticadas, por ejemplo, la sublimación que trata de convertir esos deseos en fuente de creatividad. Un equipo que marca y se hace de la pelota puede jugar y llegar a ganar. Para ello debe funcionar como equipo y ser capaz de tejer en la cancha un juego que le permita llegar a la meta rival. Esta es la mejor barrera. En la mente eso se llama pensar. Hay que pensar antes de hablar y antes de actuar. Pensar es tejer en el cerebro, o tocarla sobre el campo.

La barrera, o represión primaria, usa el cuerpo como obstáculo, los músculos como vía de descarga y por ello puede sufrir daño, por ejemplo una enfermedad psicosomática. Son las ocasiones en que nos defendemos sin darnos cuenta, con tensión, obstruyendo o desviando, pero no pensando. Este stress nos puede traer alergias, cefaleas, úlceras, etc. Ponerse en la barrera es un obstáculo primitivo y un arriesgarse a quedar dañado con el solo propósito de obstruir el ataque ajeno, dañado en cualquier parte, incluyendo las más sensibles, cara, genitales. El arquero sabe de eso.

 

  1. Uno podría oponer a la idea del cuerpo como obstáculo, la imagen de los cuerpos desnudos y próximos en un camarín cualquiera.

En la barrera el jugador es un objeto material, una res extensa. En el camarín es una res cogitans, un ser que se desnuda, se baña, fantasea, bromea, se ufana, se humilla, entra en alianza, en amistad, en comparación, en rivalidad, en admiración. El hombre tiene en la mujer, como la mujer, su primer objeto necesitado con la pasión propia de las necesidades que permiten sobrevivir. Luego integra, por cercanía, los placeres y hostilidades que vive por su presencia, al padre, sea quien sea ese hombre, incluso aunque sea una mera fantasía manifestada en las actitudes de la madre cuando no existe la presencia física del padre. La intimidad de esa figura con alguien tan necesitado y deseado como la madre inevitablemente implica rivalidad. Si el padre asume su rol y tolera la rivalidad y odio del hijo, se vuelve admirable para el hijo, un modelo con el cual identificarse, alguien amado, como cuerpo y como mente, en su totalidad. El hijo derrotado por su pequeñez se lleva esas identificaciones que lo harán hombre y un ser capaz de tener en el futuro una mujer. Así, funcionalmente para poder ser hombre heterosexual tiene uno que haber sido capaz de odiar y amar a un hombre. Ese hombre en el camarín puede ser el más hábil, el más potente, el más carismático o el más famoso, el más bello, etc. Un referente que a otro le dará un posicionamiento, estar dentro o fuera, tener éxito o quedar en el camino. Las ansiedades que esto puede provocar son sublimadas a través, por ejemplo, del humor. Por ello las bromas en torno a la homosexualidad son frecuentes y eso es posible verlo en la sociedad en general, sobre todo en las subculturas más primitivas. Hay que tener cuidado en que a uno se le caiga el jabón en las duchas o peor, si uno lo bota con intención.

  1. En general, en el camarín suele ganarme el pudor. Pero si fue un triunfo apretado, si ganamos con un gol en el último minuto, me he visto en actitud de franca promiscuidad, de tono infantil por cierto, con personas a las que fuera de ese espacio saludaría apenas con un apretón de manos distante. Es un momento que excede a la conciencia. ¿Puede llamársele a eso placer? ¿Cómo son las experiencias placenteras en el fútbol?

Una situación especialmente erótica es la celebración de un gran triunfo en el camarín. Los abrazos y besos de los cuerpos húmedos son una manifestación de intimidad en medio de la alegría y el desenfreno por el triunfo logrado. Es un desafío para los obsesivos que temen el contacto de los cuerpos y de sus exudados y que le tienen terror a las fantasías homosexuales debido a un arcaico horror a las zonas anales y a la ambivalencia que tienen en torno a ellas. Aquello es propio de los placeres de la experiencia lúdica y que tiene raíces en los contactos de la niñez y de la pubertad. Otra situación especialmente sensual y plena de placeres olfativos y de nostalgias es el olor del césped húmedo, ojalá otoñal. Como los niños, es un placer total el dejarse abrazar por el césped, sobre todo si es el corolario de un hermoso gol. Se agregan a este placer la fusión de los compañeros, no como individuos, más bien como masa de contacto, como orgía oscura de amistad, complicidad y alianza. Cercano al placer intrauterino esta simbiosis es expresión de un solo grito: ¡Gol!

El logro más placentero es el del arte, culminación del rigor de la técnica y del apoyo del talento. Paradojalmente, la disciplina de la técnica saca de las manos de la conciencia el quehacer y deja al sujeto como espectador de la perfomance, incluso a posteriori. Para los arqueros este un hecho habitual debido a que es requerido con una velocidad que excede a la de su conciencia pero que su cuerpo puede atender debido al talento y a la experiencia vivida en años de entrenamiento y de juego. Pero esto también ocurre en muchos otros momentos de la vida. Un súbito enamoramiento, una imprevista solución de un problema, una ocurrencia en medio de una reunión exigente, un broma aguda y didáctica que proporciona poder en una asamblea, etc. Todas surgen de un lugar no ubicable y de un modo que el sujeto no puede sino agradecer más que enorgullecerse ya que su yo no podría atribuirse la construcción de tal hecho. Banks seguramente dio gracias, así como también Bravo. Gracias por esa belleza.

  1. Desde otro punto de vista, toda mi vida he sido defensa. Muy pocas veces, o nunca, he sentido esa emoción creadora. Lo mío es destruir.

“No pasarán” es un lema combativo. Lo que tú dices es “No pasarán… a lo menos no con tobillo”. El futbol es de contacto. Va desde el suave y sutil toque al balón o a la espalda del centrodelantero cuando se empina a cabecear, al agarre clandestino de la camiseta del puntero corredor, o el provocador dedo en el traste del viril número nueve. Movido por la picardía, al borde de la ley o más allá de la norma, aprovechando la rapidez del juego o la oscuridad de los cuerpos en el córner. Pero cuando la venganza o la omnipotencia individualista supera a la táctica grupal se deja ver la violencia estúpida y autodestructiva, la segunda amarilla ridícula o la merecida roja. Salir en medio de la vergüenza, la rabia, la culpa, es lo peor. Peor que un autogol, peor que perder un gol hecho, peor que el trágico error del arquero. Dejar al propio equipo en inferioridad numérica por un egoísmo arrogante, como el que hace simulación y se retuerce en el campo buscando la amarilla cuando su equipo busca el gol y faltan pocos minutos. Estupidez imperdonable. O quizás esa es una forma de dañar la autoridad del padre entrenador. La función paterna y materna deben ser atributos del DT. Proyectar una imagen emocional de respeto y de autoridad sobre el grupo, los dirigentes y la prensa, en la hinchada y quizás en la cultura local. Es lo que logró Bielsa, o Riera en su momento. Va más allá del éxito, aunque éste lo insufla. Son las condiciones que permiten internalizar en cada jugador y en el grupo la motivación, la seguridad para desplegar los talentos y los deseos de triunfar. Para que esto ocurra el jugador y el equipo deben sentir que el DT, cual madre suficientemente buena, puede contener las ansiedades, temores e inseguridades frente al partido que viene o frente a la derrota que ocurrió. Madre comprensiva, no permisiva ni vengativa. El DT vengativo es el que busca proyectar en los jugadores su propio miedo a la humillación, así que los humilla, incluso a través de la penetración anal, simbólica o real. Es una autoridad perversa.

  1. Doctor, vi una tapada suya no hace mucho tiempo, en pleno estadio Nacional. Voló como una gacela, y de usted se podrán decir muchas cosas pero nunca que es joven. En el fútbol, el dolor más grande es la edad del retiro. ¿Es una frustración para usted no haber desarrollado en su momento una carrera más larga como arquero?

Lo doloroso es el permanente duelo que es el paso del tiempo. El consuelo es la satisfacción reparatoria que entrega el presente, el recuerdo corporal de la atajada de hace unos días que fue como una de hace muchos años atrás. El cuerpo puede también ser generoso, siempre de la mano de la mente y sobre todo de la mente inconsciente. Nada es puro cerebro, solo es discreción, nada es pura pasión, sino que solo mayor expresividad.

By | 2017-12-17T22:03:03+00:00 Diciembre 17th, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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