ESTADIOS Y COMIDAS: DEL JAMÓN PALTA AL FAST FOOD

Por Álvaro Peralta Sáinz*

Salvo esos señores antiguos que llegaban al estadio cargando termos con café, huevos duros, sánguches de ave pimiento en pan de molde, huevos duros y hasta una coqueta petaca suavemente camuflada en los bolsillos internos de un viejo gamulán; lo cierto es que la rutina de ir a ver un partido de fútbol al estadio implica necesariamente comer o beber algo de lo que se ofrece en su interior o inmediaciones. Además, en nuestro país, dadas las cada vez más restrictivas normas para el ingreso a los estadios y otros recintos, la verdad es que hasta tratar de ingresar con un tubo de ensayo lleno de agua bendita resulta sospechoso y prohibido. Así las cosas, con lo único que se puede ingresar a uno de estos recintos es con hambre, sed y ―por supuesto―dinero en efectivo. Y claro, como sucede en tantos escenarios monopólicos, la oferta termina siendo más bien discreta.

LOS CLÁSICOS DE SIEMPRE

Si miramos hacia atrás pensando en lo que alguna vez comimos dentro de un estadio, de inmediato se nos vendrán imágenes ―y sabores― de sánguches de pernil y jamón con palta. Los primeros en hallullas llenas de pequeños orificios y algo crudas al centro. Los segundos, en marraquetas de contextura gruesa, como los defensas centrales de los años ochenta. A este dúo hay que agregar el maní tostado envuelto en papel anaranjado, confitado para los niños (en envase plástico transparente) y para beber las bebidas de fantasía de siempre pero en vaso plástico. Los que recién nos empinamos por sobre los cuarenta recordamos también la cerveza, por lo general Cristal y en botella de vidrio individual, que nuestros padres tomaban sin mayor problema sentados en la tribuna del Santa Laura o en los puestos de las antiguas galerías del Nacional. ¿Llegaban las botellas de vidrio convertidas en proyectiles a la cancha? Tarde, mal y nunca. Bueno, el Estado Policial funcionaba a todo ritmo por esos oscuros años. Hay que entender. Volviendo a lo que nos convoca, no se pueden dejar de mencionar dos sustanciosos tipos de sánguches que se ofrecían pero en el exterior de los estadios santiaguinos (principalmente en el Nacional y por el acceso de Avenida Grecia). Se trata de los clásicos de longaniza y el inconfundible y a estas alturas mítico “De Potito”. El primero, según mi padre, “lo más sano que hay”. Consistía en una longaniza a la que se le rompía la tripa y así sólo su contenido de carne de chancho, grasa y aliños caía sobre la marraqueta. En algunos casos, se le ponía un ají verde partido a la mitad (y despepado) para enfriarlo un poco. El de potito era más complejo: una mezcla de tripa gorda (la parte final del recto del vacuno), con algo de guata y aliños, cocinado durante varias horas. Obviamente, también se servía en marraqueta. Ambos sánguches se servían calientes, por lo que requerían de budineras de metal dispuestas sobre anafres ―o incluso brasas― para mantener el producto a temperatura. Por lo mismo, servirlo dentro del estadio se tornaba complejo. Así, se transformaron en un clásico de la salida del partido. Además, en el caso del “de potito” siempre se ha dado la peculiaridad que ―salvo un par de excepciones― se trata de una preparación intrínsecamente callejera y casi exclusiva de las salidas de los estadios de fútbol.

Mención aparte merece el café que aún se vende en algunos estadios santiaguinos (aunque en San Carlos de Apoquindo actualmente venden uno de grano, bastante decente), transportado en esos pesados termos que los vendedores cuelgan de sus brazos. Se trata de un café por supuesto instantáneo, que ya viene endulzado y que por lo mismo toma un sabor ácido que lo hace ―en mi opinión― francamente intomable. Aún así, todavía hay gente que lo pide y bebe. Otros sabores de antaño que vienen a mi memoria son las Tortas Montero que se vendían en el Estadio La Granja de Curicó y en realidad en cualquier cancha donde jugara el Curicó Unido. Aunque también recuerdo grescas gigantescas en el Joaquín Muñoz García de Santa Cruz, con las Montero volando por los aires. Y hablando del estadio santacruzano, imposible dejar de mencionar sus sánguches de arrollado que se ofrecían solo durante los veranos con ocasión del Campeonato de los Barrios. Pero tal vez lo más curioso que alguna vez vi en una cancha de fútbol fue en el antiguo Chinquihue, de Puerto Montt, donde además de sánguches y maní uno podía despacharse papas rellenas (al estilo chilote), empanadas de queso y marisco, mariscos secos y varias cosas más. Dicen que años atrás Hans Marwitz aprovechaba los entretiempos para bajar desde su caseta de transmisiones a atenderse con alguna delicia sureña. De alguna manera, estas particularidades que uno podía encontrar en estadios como los de Puerto Montt o Curicó podrían haberse desarrollado a lo largo de todo Chile. Pienso en algo con papayas en La Serena, Chumbeque en el estadio de Iquique o –por qué no- un ponche de mariscos los recintos del Gran Concepción. Sin embargo, me temo, la oferta en vez de despegar hacia allá ha ido tornándose más bien homogénea, industrial y –al final– triste.

LA SITUACIÓN ACTUAL

Probablemente el Estadio Nacional, en partidos del torneo local, es el que conserva el mejor estándar de comida futbolera. O al menos, el que mantiene lo bueno de antes. Esto, porque en el recinto de Avenida Grecia aún es posible comer sánguches de jamón palta, pernil e incluso ―desde hace algunos años― mechada. Bastante buenos, contundentes y en pan de panadería de barrio. Y afuera de estadio, la cosa sigue como siempre con sánguches de potito, el de longaniza (que ahora es un burdo choripán) e incluso otras especialidades de comida al paso como pizzas individuales, completos, ases y hasta sopaipillas en los días de invierno. Por alguna razón, al menos para los partidos de alta convocatoria del Nacional, la intersección de Avenida Grecia con Campos de Deporte sigue siendo un hermoso territorio donde se mezclan aromas, sabores y por supuesto gente presurosa que busca su auto o alguna forma de emprender rápido el retorno a casa; no sin antes saborear algo de lo que ahí se ofrece. Ahora bien, cuando juega la selección chilena en este recinto todo se transforma en una suerte de parque temático, lleno de hinchas primerizos y grupos de amigos más preocupados de la selfie que del partido mismo. Y este cambio de perfil también se nota en la comida que se ofrece al interior del estadio, porque en estos casos en vez de lo tradicional se suelen ofrecer sánguches tipo cadena, ya elaborados, carentes de todo sabor y folklore. Probablemente el mejor ejemplo de esto fue lo que se dio durante la Copa América 2015, cuando con precios escandalosos un único concesionario se dedicó a vender pésimas hamburguesas sin competencia alguna. Una vez más, además de esquilmar al público, se perdía una gran oportunidad de mostrar nuestras bondades culinarias. Habría sido lindo ver al público y la prensa extranjera degustando nuestros sánguches de toda la vida en el estadio o –por qué no- atravesándose una buena empanada o un sabroso anticucho de chancho. Pero no, la mejor idea fue vender malas hamburguesas a precios de buena carne.

Otro recinto donde la nostalgia se apodera de uno a la hora de comer es Santa Laura. Porque lo que pasa aquí de verdad es triste. Primero fue la salida de las personas que toda la vida prepararon las mechadas y la llegada ―dicen― de una empresa a cargo del hijo de Julio Martínez. Más allá del nombre en particular, quien sea que haya sido el nuevo concesionario, parece que antes se dedicaba a la tornería o a la jardinería, porque la calidad de los sánguches de mechada se fue al suelo inmediatamente. ¡Fue demasiado evidente! Pero más allá de todo esto, lo cierto es que la suerte del nuevo concesionario no duró demasiado, porque en la actualidad sólo se venden miserables sándwichs de mechada tipo cadena de comida rápida, de esos que ya están medio listos cuando unos los va a pedir. Una pena, la verdad. Y para peor, la última vez que fui estaba lloviendo y los kioscos se mojaban enteros. Al final, el Santa Laura y sus sánguches podrían leerse como una triste metáfora de lo que le han hecho a nuestro campeonato: lo han estrujado hasta dejarlo sin sabor, sólo como un recuerdo de lo que alguna vez fue. En general, en los estadios que el Estado viene remodelando desde el primer mandato de Michelle Bachelet lo que pasa con la comida es que tiende a estandarizarse y a tomar ese aspecto de comida rápida. Es decir, sánguches preparados y empaquetados, raciones pequeñas, poco sabor y prácticamente una erradicación de los tradicionales puestos de comida. En casos como San Carlos de Apoquindo e incluso el Estadio Monumental han habido incluso concesiones a cadenas de comida rápida conocidas. Todo muy penoso y poco apetitoso. Por alguna extraña razón, pareciera ser que la mejora en la infraestructura de un estadio funciona de manera contraria en cuanto a la calidad de la comida que luego se ofrece al interior de éste. ¿No me cree? Vaya a darse una vuelta por cualquier estadio nuevo y busque a una señora de delantal blanco fileteando un pernil o moliendo la palta al momento que usted le pide un sánguche. Suerte con eso.

LAS INMEDIACIONES

Algo que no he cambiado tanto ―al menos en Santiago― con el paso de los años es la comida en locales próximos a los estadios o en las avenidas por donde la gente se desplaza hasta sus casas. En el caso del Estadio Nacional, curiosamente nunca hubo algún boliche señero cerca del recinto. Porque hay que recordar que justo al frente de la salida de Grecia, por años estuvo Che Bandoneón, un lugar no precisamente para pasar después del fútbol. En mi caso, viviendo por años en el centro, mi boliche post Nacional siempre fue el Munich. Daba gusto zamparse un lomo completo ahí, en medio de fotos futboleras y con muchos otros hinchas que venían del estadio igual que uno. Otro punto de encuentro tras una jornada de fútbol en Ñuñoa es la marisquería El Rincón de Azócar, en la calle Los Platanos. De hecho, hasta relatores y periodistas llegan, varias horas después de los partidos, a recuperar fuerzas. Mucho más lejos, en Providencia, el Lomit’s suele recibir ―antes o después― a los hinchas del sector oriente que se movilizan en transporte público por la Avenida Pedro de Valdivia. Por otra parte, en el entorno del Estadio Monumental la cosa es un poco menos amable. Sabidos es que la entrada y salida –gentileza de la Garra Blanca- suele ser complicada. Así que por lo general uno trata de moverse rápido hacia otro sector de la ciudad. Aún así, no faltan los tristes hambrientos que pasan por el patio de comidas del mall vecino y también están los que se aventuran a tomar algo en las schoperías de calle Monumental, aunque hay que decirlo, la mayoría están reservadas para hinchas albos. Tal vez la excepción a la regla de esta zona sean algunos locales de venta de ases que han instalado vecinos del estadio en sus casas. Grandes, jugosos, sabrosos y contundentes; lo cierto es que se agradecen incluso en días que no hay partido y que uno simplemente circula por ahí.

Con respecto a las inmediaciones del Estadio Santa Laura, podemos estar tranquilos. Porque aunque los trabajos de una nueva línea del Metro terminaron de enterrar la historia del Wonder Bar de Plaza Chacabuco, lo cierto es que el entorno de este querido recinto deportivo sigue siendo de los más nutridos y agradables a la hora de comer y tomar algo después ―o antes― de un partido de fútbol. Bueno, la Avenida Independencia siempre ha sido una arteria generosa en cuanto a boliches, y en la última década lo que más ha crecido es la oferta de buenos restaurantes chinos, por lo que la combinación Santa Laura-comida china se ha transformado para muchos casi en una tradición (algo similar pasa en las cercanías del estadio de Audax Italiano en La Florida). Y un poco más lejos, cerca del Hipódromo Chile, hay un par de clásicos más, ideales para salir hambriento después de un buen partido. El Pollo Caballo de Avenida Vivaceta y las Parrilladas Argentinas de la calle Altamirano. Además en ambos lugares los días sábados conviven de muy buena manera hípicos y futboleros, personas que por lo general andan en una frecuencia muy distinta.

En otros estadios que quedan más retirados para la mayoría de sus asistentes, como es el caso del Municipal de La Pintana, Santiago Bueras o La Cisterna; lo cierto es que más allá de la escasa oferta de sus inmediaciones, la gente sale casi siempre con la urgencia de volver a sus casas ―o donde quiera que vayan― pronto. Por lo mismo, siempre se observa un tranco rápido hacia los automóviles o el transporte público. En una de esas, más cerca de sus destinos, pararán en algún mall o strip center a engullir algo. Es que al final, la comida de nuestros estadios ha ido tomando inevitablemente un camino de fast food que poco tiene que ver con la incipiente tradición de comida de estadio que en algún momento logramos construir. Lamentablemente, el buen momento que vive nuestra comida más tradicional gracias a la revalorización que se ha hecho de las comidas chilenas durante las últimas dos décadas pareciera que no ha tenido la fuerza suficiente para llegar a nuestros estadios de fútbol. ¿Qué pasará en el futuro? Imposible saberlo.

*Periodista especializado en gastronomía. Ha colaborado en medios como The Clinic, Wain, Capital, La Cav y La Tercera. Es conocido por su seudónimo de Don Tinto.

By | 2016-12-29T11:34:35+00:00 Diciembre 28th, 2016|Nueva Edición|5 Comments

5 Comments

  1. Carlos Molina Diciembre 29, 2016 at 14:12 - Reply

    Un par de comentarios a la buena columna:
    – Un clásico post estadio nacional que faltó en la lista, es el ya extinto Roca’s Schop. No tengo claro si se trasladó de lugar o si desapareció totalmente. Este local estaba al frente del HBH en una especie de estacionamiento que había por ahí en la esquina con Macul. Mi mejor anécdota ahí post partido, es cuando en el segundo piso, estábamos un grupo reducido de amigos muy tranquilos tomando schop hasta que un grupo muy grande y efusivo sube dispuesto a disfrutar de las delicias del Roca. Entre ellos, el Kramer. Ahí nos dimos cuenta que el grupo completo correspondía a una de las cúpulas de la barra azul, por lo que antes que se calentara el bote preferimos salir sin rumbo fijo de ahí.
    – En el fútbol de barrio, en las canchas de tierra, se vive otro mundo. Ahí, el carrito de sopaipillas es un clásico que aún se mantiene. Acompañado por las salsas de turno obviamente. Y lo segundo, que no estoy seguro que siga vivo, es la carretilla con hielo y las cervezas cristal de litro o 700 cc. Se podría decir que las ventas gastronómicas se reducen a esos dos elementos sin importar época del año ni clima.

  2. Manuel Diciembre 31, 2016 at 12:38 - Reply

    La mechada en estadio La Cisterna, sigue siendo la mejor. La señora la corta, la pasa por el jugo del salten y muele la palta … Maravillosa…

  3. Bladimir Enero 3, 2017 at 19:52 - Reply

    En el estadio CAP de taocahuano es un clásico comer sopaipillas, cuando vamos de visita con la celeste. Acá en el teniente lamentablemente eliminaron la venta de potitos del interior del estadio. Pero afuera de este hay una amplia oferta de potitos.
    Donde patito en la calle freire al llegar al estadio aun se puede tomar un pipeño. Chichón o una pilsen y pedir huevos duros a 200 con aji

  4. Julian Enero 4, 2017 at 00:18 - Reply

    El Roca’s Shop si existe aun, se trasladó. Queda por la misma vereda de la HBH, subiendo un poco más por Irrarazaval, casi esquina Holanda. Sigue manteniendo su misma tradición de delicias pero en otro lugar, mas amplio esta vez!

  5. David Molina Enero 6, 2017 at 12:34 - Reply

    Hola me acordé de una historia chistosa que me paso en Santa Laura yo de catolica y a mi abuelo siempre que jugaban con Unión no lo perdíamos ni un partido y siempre el clásico era comprar mani enteró a los vendedores pero este vendedor era diferente creo.que tenia audífonos para escuchar era un abuelito y yo caminado atras de el por toda la galeria para logran dos bolsita de mani mi abuelo muerto.de la risa ya que yo gritaba al señor pero el hacia caso omiso a mi gritos jajajaja siempre me acuerdo de esa historia

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