ESTRELLA ROJA ’91: CAMPEÓN ANTES DE LA DIÁSPORA

Por Marco Quezada.

El Club de Fútbol Estrella Roja de Belgrado, Fudbalski Klub Crvena Zvezda Beograd en el original en alfabeto latino y Фудбалски клуб Црвена звезда Београд en cirílico, es un equipo serbio. Ha ganado tres veces la Superliga Srbije (la última en la temporada 2016/2017), representa a la Republika Srbija en los torneos europeos (donde no ha podido destacar en varias décadas) y su principal rival es el Fudbalski Klub Partizan, también de Belgrado.

«El vječiti derbi», uno de los clásicos más calientes de Europa, es probablemente junto al alfabeto cirílico, la Iglesia Ortodoxa Serbia, Novak Djoković y el equipo nacional de básquetbol, uno de los mayores símbolos identitarios del país creado en 2006. Y es que a pesar de su rica historia, Serbia nació sólo días antes del Mundial de Alemania cuando, luego de un referéndum efectuado en Montenegro, se hizo efectiva la secesión entre ambos. De todos modos, Serbia y Montenegro disputó la competición como un país inexistente. Y lo cierto es que tampoco existió mucho en la cancha: derrotas de 1-0 ante los Países Bajos, 6-0 ante Argentina (uno de los goles fue el primero anotado por Messi en un Mundial adulto), y 3-2 frente a Costa de Marfil, hicieron menos disputado de lo que se sospechaba el denominado «grupo de la muerte».

Pero a decir verdad, este equipo era más bien un plantel conformado en su totalidad por serbios. Y vale la aclaración: por jugadores que nacieron dentro de las fronteras del actual territorio serbio; o, que habiendo nacido en otros países de la ex Yugoslavia se declararon serbios por su origen familiar; o, también, que luego de la separación con Montenegro optaron por continuar representando a Serbia. Entre ellos, Mirko Vučinić, recordado ex compañero de Arturo Vidal en la Juventus y, por esos años, de excelente campaña en el Lecce, pudo haber sido el único miembro montenegrino de esa selección. Sin embargo, días después de celebrado el referéndum, Vučinić adujo lesión y no se integró al equipo. Sospechoso o no, de ir a Alemania éste hubiese encarnado un caso extraño, inédito: algo así como un inmigrante dentro de una selección de fútbol que representaba dos territorios ya escindidos, y que, además, valga la redundancia, no estaban equitativamente representados. Por ello, si el país ya no existía, es al menos dudoso que existiera algún grado de identificación con esa bandera.

El ejemplo de Vučinić, sin embargo, no es extraño dentro del deporte de la ex Yugoslavia. Las fronteras territoriales se habían difuminado ―primero― por las decisiones de Eslovenia y Croacia y, luego, de Bosnia-Herzegovina. Como estos países no continuarían siendo parte de la Federación de Repúblicas Socialistas Yugoslavas, es frecuente ver exponentes de cualquier disciplina de ascendencia balcánica-eslava que ―llegados como refugiados de guerra, o nacidos de familias en esta condición― optaron por  defender la camiseta del país que los acogió. Incluso, hoy en día, la selección de fútbol de Kosovo pone en jaque la representación que puede ostentar una camiseta sobre un determinado territorio (por lo que no se trata, ni mucho menos, de una situación extemporánea).

Paradojalmente, quizás, estos conflictos comenzaron a manifestar su cara más cruenta al mismo tiempo que se conformaba el único plantel yugoslavo que conseguiría la Copa de Campeones. Un equipo que en ese tiempo representaba las siete fronteras, seis repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro idiomas, tres religiones, dos alfabetos y un líder que configuraban la RFSY, aún bajo la égida del comunismo de Tito, pero que comenzaba a desmembrarse en nacionalismos históricamente antagonistas.

 29 de mayo de 1991

Previo al 2006, el Estrella Roja participó de la Primera División de la República Federal de Yugoslavia (desde 2003, Primera División de la República Federal de Serbia y Montenegro), nacida en 1992 y donde disputaban planteles serbios, montenegrinos y uno bosnio pero cuya ascendencia, en realidad, estaba en la República Sprska, la entidad autónoma serbia en territorio bosnio-herzegovino, creada en 1995 luego de la firma de los Acuerdos de Dayton.

Acá, Estrella Roja sólo conquistó cinco títulos siendo superado por su eterno rival, quien alcanzó ocho. Este preámbulo es, sin embargo, sólo una ínfima parte de la rica historia de esta escuadra. Porque antes de ser un representante de la novel República Serbia, el Estrella Roja fue el equipo más laureado de la Prva Liga, la Primera División del Fútbol Yugoslavo. Fundado en 1945 por integrantes de la Liga Antifascista de Serbia Unida, obtuvo hasta 1991/1992 ―temporada en la que dejó de disputarse― veintidós títulos de liga y catorce copas domésticas.

Pero fue en el ámbito internacional, que el Estrella Roja fue forjando una leyenda inigualable para otro equipo yugoslavo con destacadas participaciones en la Copa Mitropa: torneo que disputaban equipos de Italia, Hungría, Austria, Suiza, Checoslovaquia y Yugoslavia; y que los crveno-beli se adjudicaron en 1958 y 1968. En la temporada 1978/79, en tanto, disputaron la final de la Copa UEFA inclinándose, no sin polémica, ante el Borussia Mönchengladbach.

Todos estos logros ―además de varios obtenidos en torneos amistosos prestigiosos como el Teresa Herrera en La Coruña o el París, disputados ante equipos de fuste como Barcelona, Manchester United o el Ferencváros húngaro de la década de los sesenta―, están expuestos en extensas vitrinas junto a camisetas, banderines y fotografías de los máximos ídolos del club en el Museo del Estadio Rajko Mitić: lugar conocido popularmente como Marakana, la casa del Estrella Roja. Dentro de las fotografías hay dos que destacan: una de Novak Djokovic ―el hincha más reputado del Estrella Roja en la actualidad― donde viste la camiseta de franjas rojiblancas; y la otra es de Dragan Džajić, máximo ídolo del club, un wing izquierdo ―según cuentan― veloz y de exquisita técnica que recibió de Pelé el apelativo de «el milagro de los Balcanes». Debutó en 1963 con diecisiete años por el club y con dieciocho por la selección de Yugoslavia. También participó de la semifinal europea de 1971 perdida ante el Panathinaikos.

Pero a esta exhibición le faltaba una coronación en grande. Un trofeo que hiciese del museo uno de verdad. Por ello, desde que el mismo Dragan Džajić asumió (ya retirado de la actividad) la dirección deportiva del Club en 1986, el foco estuvo puesto en superar las semifinales alcanzadas en las ediciones de 1957 y 1971; en superar el logro del clásico rival que se inclinó en la final de la temporada 1965/1966 ante el Real Madrid; e igualar la campaña del Steaua Bucarest, equipo rumano que se transformó en el primero de Europa del Este en obtener el título en la edición 1985/1986, venciendo al Barcelona en la final y, luego, en la Supercopa de Europa al Dynamo Kiev soviético.

El plan que Džajić se trazó fue tan simple como convincente: atraer al Estrella Roja a los mejores valores jóvenes de la liga local. Y fue así como llegaron a lo largo de esos años Robert Prosinečki, destacado jugador croata proveniente del Dinamo Zagreb, Siniša Mihajlović, serbio-croata del FK Vojvodina, el macedonio Darko Pancev, del FK Vardar y Dejan Savićević, montenegrino de las filas del FK Budućnost Podgorica, entre otros. Tal vez el caso más emblemático, por la carga política que implicó, sea el de Miodrag Belodedici, defensa puntal del Steaua Bucarest campeón de Europa en 1986 y de la recordada selección rumana que disputó el Mundial de 1994. Belodedici era rumano, pero tenía ascendencia serbia. Es sabido que durante la dictadura de Ceausescu, los jugadores rumanos no podían jugar por clubes extranjeros. Sin embargo, Belodedici pidió asilo político a Yugoslavia y, según cuenta la leyenda, llegó golpeando la puerta al Marakana para pedir una oportunidad en el Estrella Roja.

De ese modo, se comenzó a configurar el equipo que en 1990/1991 daría el gran salto, bajo las órdenes del serbo-bosnio Ljupko Petrović, quien había llegado esa misma temporada desde el Rad. La campaña no fue simple, por supuesto. Primero, porque en estos años la Copa de Campeones de Europa se llamaba así, no UEFA Champions League, y porque era, justamente, la que disputaban solo los campeones de todas las ligas europeas (y el campeón europeo vigente), en formato de partidos de eliminación directa de ida y vuelta, salvo la final, que se jugaba a partido único. Y segundo, porque superar en segunda ronda al Glasgow Rangers escocés, en tercera al Dynamo Dresden (poderosísimo equipo de la Alemania Oriental), y en semifinales al Bayern Munich, no era cosa fácil. Tampoco lo fue la final ante el Olympique de Marsella de Jean-Pierre Papin, Éric Cantona, Chris Waddle, Abédi Pelé, entre otros. El Marsella, además, también tendría un caso emblemático para esta final. Dragan Stojković, ex jugador y capitán del Estrella Roja hasta la temporada anterior, había sido comprado por el equipo francés, que armó un plantel millonario para alzarse con el máximo galardón del continente.

El partido, disputado en Bari el 29 de mayo de 1991, fue un 0-0 después de los noventa minutos y del tiempo suplementario. Los balcánicos se impusieron por 5-3 en la tanda de penales. Stojković no quiso patear por el cariño hacia sus ex compañeros. Así, el objetivo estaba logrado. El museo tendría, al fin, el cetro con el cual podría preciarse de tal.

Sin embargo, en las trincheras políticas, las cosas se habían puesto turbulentas. El conflicto armado que terminó por desmembrar la República Federativa Socialista de Yugoslavia, había comenzado formalmente con la Guerra de Eslovenia y los bombardeos a Croacia. Aunque no es el objeto de este artículo revisar los despiadados ataques llevados a cabo por el ejército yugoslavo ―dominado por serbios― contra la población croata y bosniaca (y también, el ataque de los croatas al sur del territorio bosniaco); basta decir que ―de acuerdo a muchas crónicas, documentales y artículos― la guerra había comenzado en los ochenta en las gradas de los estadios y tuvo su punto cúlmine en un partido disputado en el Maksimir de Zagreb, entre el Dinamo y Estrella Roja, donde se produjo la célebre patada de Zvonimir Boban a un policía yugoslavo, que las estaba emprendiendo (como todos sus compañeros) contra los Bad Blue Boys (facción radical de la hinchada del Dinamo), mientras los delijes serbios organizados por Arkan (posteriormente, derivado en líder militar y buscado como criminal de guerra hasta su asesinato), rompían los enrejados y saltaban a la cancha en medio de gritos xenofóbicos. Desde aquel momento, Boban se transformó en símbolo de la causa independentista croata.

Bajo ese panorama, era difícil sostener el equipo. Los que desde el comienzo formal del conflicto se transformaron en extranjeros, siguieron su inmigración. El emblema fue Robert Prosinečki, croata jugando por el Estrella Roja esa tarde de 1990 en el Maksimir ante su ex equipo, que luego del campeonato obtenido en Europa fichó por el Real Madrid.

Pero a pesar de todo ello, la gloria está intacta en el recuerdo. Además de una fotografía de los campeones inmortalizada en uno de los muros del museo, en una televisión de treinta pulgadas se repiten eternamente los momentos memorables de esa final, como un deja vu, símbolos de una mitología construida no solo por el fútbol yugoslavo, sino también europeo: campeón de un país que ya, prácticamente, no existía.

8 de diciembre de 1991

A la entrada del Museo del Estrella Roja están suspendidos en el techo algunos banderines de los equipos que representan los hitos más importantes del club. Uno de ellos es el de Colo Colo. Sin embargo, no es la única muestra de la relación del equipo belgradense con Chile. En particular con Colo Colo. En 1962 se disputó un cuadrangular en Santiago en el que además participaron Botafogo y el Feréncvaros. El campeón fue Estrella Roja, y la conmemoración de aquella experiencia transatlántica es una hermosa placa de cobre colgada cerca de la entrada. Este campeonato se disputó en el verano chileno, meses antes del Mundial de Chile, campeonato donde participó ― según la propia apreciación del guía del museo― la mejor selección de la historia del fútbol yugoslavo, que obtuvo el cuarto lugar.

Otro recuerdo son los obsequios que Dejan Savićević, capitán crveno-beli, recibió de su homólogo chileno Jaime Pizarro. En una de las muchas vidrieras se luce la figura de un huaso con poncho arriando un toro, junto a una placa conmemorativa del pleito.

Todo ello el guía lo exhibe con cariño. No hay rivalidad: más bien hay nostalgia. Hoy Serbia, nos dice, es un país pequeño, y los jugadores que salen apenas tienen la opción de firmar un buen contrato. No como antes, que se jugaba por amor a los colores. Tal vez por amor a esos colores rojo y blanco, varias de las figuras del Estrella Roja se quedaron para disputar en Japón la Final de la Copa Intercontinental. Sin Prosinečki, el arquero Zvonko Milojevic, el defensa Refik Šabanadžović, los mediocampistas Slobodan Marović y Dragiša Binić, ni tampoco el técnico Ljupko Petrović, quien fue reemplazado por Vladica Popović, la columna vertebral integrada por Belodedici, Jugović, Mihajlović, Savićević y el goleador Pančev lograron coronarse también como campeones intercontinentales tras vencer 3-0 a Colo Colo.

Es por ello que la «Orejona» tiene una hermosa compañera en la vitrina. Ambas lucen hoy al centro del museo para consagrar el último de los grandes mitos del fútbol del Este comunista, conseguido, irónicamente, en los momentos en que todo el sistema se estaba viniendo abajo.

By | 2017-08-31T10:55:09+00:00 Agosto 31st, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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