FASHANU, UNA VIDA ENTRE TITULARES

Por Sergio Montes

Cuando ve venir la pelota, ya sabe lo que va a hacer. Está de espaldas al arco, con un marcador que no le permitirá darse vuelta cuando reciba. Pero Justin conoce el camino para superar esos obstáculos: recibe con su pie derecho, con el que eleva levemente el balón, mientras se gira y golpea de volea con la izquierda. No necesita mirar el desenlace, sabe que acaba de terminar su obra maestra y corre con los brazos en alto, buscando los abrazos de sus compañeros y los flashes de los fotógrafos.

Después de esa tarde, no hubo nadie en Gran Bretaña que no supiera quién era Justin Fashanu, la joven promesa del Norwich City que le había marcado un golazo al Liverpool: el mejor de la temporada 80-81 de la Liga Inglesa. Justin era un nombre que no olvidarían, el destino de gloria era inevitable para él.

* * *

Justin sonríe y muestra sus dientes blancos. “¿Más fotos?”, pregunta como si estuviera hastiado, pero su cara lo delata: disfruta de los flashes, se refocila con la atención de la prensa. Ha hecho todo para llegar hasta acá, y va a gozar de éste, su momento de gloria: con apenas veinte años, hace minutos firmó un contrato millonario con el Nottigham Forest, actual campeón europeo de clubes.

“¿Qué qué se siente ser el primer jugador negro por el que se ha pagado más de un millón de libras? Pues nada, no me gusta ser encasillado por el color de mi piel o por el precio de mi traspaso. Vengo a este club a dejar mi huella y con ese propósito trabajaré humildemente”. Mentiras: más allá de las palabras de buena crianza, Justin Fashanu adora ser el primero en algo.

Pocos días más tarde, su foto sería portada de uno de los tantos diarios sensacionalistas ingleses: Fashanu sigue sonriendo, sentado sobre el capote de su nuevo auto deportivo, un BMW último modelo.

* * *

– ¿Eres Fashanu?

– ¿Tú que crees?

– Que si eres en verdad Fashanu me podrás invitar una copa. O dos.

– Por supuesto, tomarás todo lo que quieras mientras estés sentado aquí, a mi lado.

La conversación, vulgar como cualquier diálogo introductorio, es un ritual a gritos. La única forma de hacerse entender con la música sonando a máximo volumen. El resto de la escena es predecible: al fondo, la larga barra en la que está sentado Justin, antes solo y ahora acompañado. En los costados, algunas mesas sobre las que reposan las pintas de cerveza o los gin con tónica. El centro es un gran pasillo con gente de pie. La oscuridad y el humo de los cigarrillos son el común denominador de todo el local.

Se diría que en la barra están los que buscan pareja, en las mesas los que ya encontraron, y en el pasillo quienes que van en tránsito desde la barra a las mesas. Algunos bailan en grupos o solos, pero aún es temprano. Más tarde, los que no hayan tenido suerte ya se habrán vuelto a sus casas, derrotados pero conscientes de que en los pubs, como en el fútbol, la revancha está a la vuelta de la esquina.

Esto es Londres a principios de los 80s. La escena nocturna gay dista mucho de ser glamorosa. El que busque elegancia, y pueda, que se vaya a Nueva York. Como lo hizo Freddy Mercury. Acá en la isla la cosa es distinta, la sodomía era un delito hasta hace pocos años; ahora manda Thatcher y los derechos civiles han pasado a un segundo plano detrás de las urgencias derivadas del ajuste económico y las luchas entre el gobierno y los sindicatos.

Pero Justin no piensa en esas cosas. Es joven, rico, deportista; le llueven hombres de todos los colores y sabores. No podría pedirle más a la vida.

* * *

Último pique. Fashanu está agotado, pero sabe que no puede ahorrarse nada; necesita impresionar al entrenador, van tres partidos desde que llegó al Nottingham Forest, y no ha jugado en ninguno. “Período de adaptación” le llama su representante, pero Justin no está tranquilo.

Por eso está dispuesto a matarse en cada entrenamiento, alardeando de su físico atlético que se remonta a sus antepasados africanos, de su cuerpo y agilidad que le debe a sus tiempos como boxeador amateur juvenil, y a su tesón, consecuencia de años de guardar secretos, mentiras blancas y miradas solapadas.

Ya está. Terminó el entrenamiento, a descansar.

“Fashanu, dúchese y lo espero en mi oficina”. La voz de Brian Clough se impone sobre todas las demás. No necesita ni alzar el volumen para que todos lo escuchen, es la leyenda viva, el autor intelectual del Nottingham Forest campeón de Europa, el entrenador que –cuando lo vio jugar en Norwich– decidió que Justin era la ficha que le faltaba a su equipo para seguir haciendo historia.

“Por fin”, pensó mientras se duchaba. “Se fijó en mí, a partir del domingo entraré en el equipo titular”. Su esfuerzo y virtudes habían resultado.

  • Permiso, ¿se puede?
  • Por supuesto, señor Fashanu, adelante.

Fotografías, trofeos, fotografías de trofeos. Clough con la Copa de Europa, con miles de jugadores, con entrenadores rivales. Una vida de éxitos reflejada en la pared. Un muro que hablaba de un hombre hosco, duro, perseverante.

  • Dígame, señor Fashanu, cuando quiere pan, ¿dónde va?
  • A la panadería, supongo.
  • ¿Y cuando quiere un trozo de cordero?
  • A la carnicería.
  • Entonces, ¿qué mierda busca cuando va por las noches a esos bares de maricones?
  • Verá, en mis equipos juegan once hombres. De usted depende si cabe en esa definición. Ahora puede retirarse.

* * *

“Jugador de un millón de libras lo reconoce: soy homosexual”. El titular de The Sun conmovió a la isla británica completa.

Al principio, muchos habían tenido que hacer un esfuerzo para recordarlo. ¿No era Fashanu aquel jugador que brilló en el Norwich City? ¿Qué había ocurrido con él después de su fugaz paso por Nottingham Forest? Solo los más fanaticos podían rememorar esa historia de decadencia: cedido a préstamo al Southampton en agosto de 1982, luego vendido al año siguiente al Notts County en la décima parte de lo que se había pagado por él solo dos años antes. Lesiones, indisciplinas, malas decisiones, la historia de siempre. ¿El previsible resultado? Deudas, peleas públicas, arrogancia basada en un pasado ya oxidado.

Hasta ese día de 1990, Fashanu era un jugador olvidado, una respuesta a los desafíos de conocimiento y cultura popular que se hacen los amigos futboleros en el pub. Pero su confesión lo volvió a poner en órbita: nunca antes un jugador en actividad había reconocido públicamente su homosexualidad. Justin Fashanu lo hizo, a cambio de un buen puñado de billetes. Y no solo eso: dijo haber sido amante de varios miembros conservadores del Parlamento. En un país donde hacía solo dos años se había dictado una ley que prohibía a las autoridades hacer pública defensa de la homosexualidad, este era un escándalo sin precedentes.

Las luces volvieron, pero no así la gloria. A falta de ésta, previsiblemente, llegó el desprecio: “es un paria”, declaró su hermano, también futbolista. “Más le hubiera valido guardarse su secreto. Es una vergüenza para nuestra familia”.

Todo pasa en la vida; en especial, la fama. Otros escándalos igualmente sabrosos sucedieron a la confesión de Fashanu. Las luces también terminaron por irse, junto con las libras. Después de la fiesta, quedaban solo sus gastadas piernas y una decisión: volvería a intentarlo, aunque fuera en la liga semi-profesional de los Estados Unidos.

* * *

El cartel de neón enseña el nombre del local: “Chariots Roman Spa”. Un local de mala muerte en un barrio obrero de Londres. Una puerta azul tras la cual se refugian los parroquianos que, por las dudas, miran hacia ambos lados de la calle antes de cruzar el umbral. No vaya a ser que algún vecino los vea entrando a lo que, todos saben, es un prostíbulo gay.

El que cruza la puerta azul es Justin Fashanu. Viene saliendo y, a juzgar por su tambaleo al caminar, está completamente borracho. La mirada al piso, aunque es improbable que alguien lo reconozca: han pasado ocho años desde que fue noticia por su confesión, y muchos más desde que lo fue por su talento.

Aunque eso no es del todo preciso: hace solo dos meses volvió a los titulares, pero en los diarios de los Estados Unidos. “Futbolista acusado de abusar sexualmente de joven de 17 años”. Nuevamente el acoso de la prensa, los juicios periodísticos, su imagen en televisión. Esta vez no hubo billetes y, en cambio, recibió varias visitas de la policía. “Soy inocente”, clamaba Fashanu, pero sus gritos se perdían en la multitud.

Así como había cruzado el Atlántico arrancando del escándalo en su país, sintió que era necesario desandar el camino y volver a Inglaterra. Así lo hizo, aún cuando la causa en su contra se encontraba en pleno proceso.

En esas cosas pensaba Justin mientras se alejaba del “Chariots Roman Spa”. Estaba de vuelta, pero no encontraba la paz que buscaba. Y ya no le quedaban libras, talento, amigos ni familia. Más grave que eso, no le quedaban ganas de volver a empezar.

* * *

El cuerpo inerte de Justin Fashanu fue encontrado colgando en la cochera de unos desconocidos, a donde se metió pocos minutos después de abandonar el “Chariots Roman Spa”. Sobre la mesa había un trozo de papel que contenía su última confesión: “Me he dado cuenta de que he sido condenado como culpable. No quiero ser más una vergüenza para mis amigos y familia. Espero que el Jesús que amo me dé la bienvenida y, finalmente, encuentre la paz”. Jamás sabremos si la encontró, pero sí sabemos que pocos días después fue liberado de todos los cargos en su contra.

By | 2017-10-03T13:56:44+00:00 Octubre 3rd, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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