FRANK, EL REY DEL JUEGO

Por Sergio Montes*

-¿Aló? ¿Víctor?

– Sí, con él.

– ¿Víctor Loyola?

– El mismo. ¿Quién habla?

– Frank Lobos. ¿Cómo estás?

– Acá, concentrando para jugar mañana con Católica.

– Justo por eso te llamaba.

– ….

– Es que ustedes siempre pier­den con Católica.

– Gracias, compañero, se agra­dece la buena onda.

– Ya, pero no te pongas así, déjame terminar. Mira, se trata de que saquen un provecho de esta derrota que, seamos francos, es casi segura.

– No te entiendo, Frank.

– Es que me llamó una gente de afuera, y bueno, ellos creen que Santiago Morning va a perder mañana contra Católica. Creen que van a perder feo, pero quieren estar seguros.

– Ya, ¿y?

– Pues nada, son gente de nego­cios, tú sabes, dirigentes, re­presentantes, esas cosas. Ellos invierten en el fútbol alrededor del mundo, y quieren poner plata en el partido de ustedes de mañana. Plata en serio.

– …

– Como te decía, son gente de negocios, no les gusta perder. Por eso me pidieron que habla­ra contigo, para asegurarse de que la cosa vaya bien y ustedes pierdan por goleada. Y están dispuestos a que, a cambio, todos ganemos.

– ¿Cuánto hay?

– Veinte mil euros para repartir en el plantel. Tú y Marcos Villa­seca tendrían un pago adicio­nal, por haber sido el nexo. Ya lo hablé con Marco, y me dijo que va a esperar a ver lo que decidas tú.

– ¿Veinte mil dijiste?

– Sí, compadre, veinte luquitas. Harta plata si consideran que el partido de todas maneras lo van a perder.

– Te llamo en un rato.

***

La multitud ruge, lo adoran. Frank está de pie, la mano de­recha arriba, saludando. Todas las miradas están puestas en él, la cámara se acerca y le hace una toma cercana. Tiene apenas diecisiete años y ya es la estrella que soñó que sería. Antonio Vodanovic pronuncia su nombre, pero no hay necesidad, pues todos saben quién es el niño que sonríe: Frank Lobos, futbolista, promesa de crack, uno más de los volantes que nos gusta producir en nuestra América del Sur y por los que los clubes de Europa están dispues­tos a pagar fortunas; pequeño, escurridizo, habilitador.

Pero la multitud que lo ovacio­na está noche no está congre­gada en un estadio de fútbol, sino en un escenario musical. Frank, que aún no puede votar ni obtener licencia para ma­nejar, es jurado en el Festival de la Canción de Viña del Mar. No tiene ni la menor idea de música, pero está ahí para juz­gar el desempeño de músicos profesionales. Es que Frank es famoso, y la fama permite entrometerse en lugares que, hasta unos meses atrás, le eran totalmente ajenos. Es una estrella y actúa como tal.

“Fraaaaaaaaaank Looooooobos”.

Han transcurrido solo unos meses desde que nos entera­mos de que Frank disfrutaba comiendo pizzas. Lo contó su madre, como quien revela una verdad impostergable; se lo dijo a un periodista de televisión que no se contuvo y lanzó la pregunta inevitable: “¿cuál es la comida favorita del crack?”. Lo vimos todos, en directo, en el noticiario de la noche, ávidos por conocer los detalles de la vida de los niños que le daban un poco de ilusión a un pueblo tan falto de ella que estaba dispuesto a parar todo, a vivir de noche para poder ver los partidos del Mundial Sub-17 que se disputaba en Japón, y que eran transmitidos a partir de las tres de la mañana.

Frank y sus compañeros nos habían devuelto cosas que te­níamos olvidadas: por lo pronto el protagonismo y el reconoci­miento internacional, aunque sea jugando un torneo de niños. Nos permitieron sentir­nos campeones del mundo por primera vez, porque –repetía­mos como un salmo– el tercer lugar alcanzado en Japón era, en realidad, el primero: todos sabíamos que los africanos eran mayores de 17 años; los que nos habían ganado lo hicie­ron con trampas, éramos los le­gítimos campeones del mundo, teníamos una generación de futbolistas que nos aseguraba no sólo la presencia en futu­ros mundiales adultos, sino la posibilidad de competir por los primeros lugares. No seríamos únicamente el país de la transi­ción ejemplar a la democracia, los Jaguares de Latinoamérica, sino que también una potencia futbolística.

La vida de nuestros niños-hé­roes había cambiado en cosa de meses. Pasaron de ser unos completos ignotos, a que todos conocieran sus costumbres, sus caras y nombres: Sebas­tián Rozental, Héctor Tapia, Dante Poli, Manuel Neira, Frank Lobos. La prensa nos puso al día de sus amores, nos dio a conocer el estilo de ropa que prefería cada uno. Sus clubes de origen, era que no, los seña­laron como las próximas joyas que serían exportadas a Euro­pa, los subieron a entrenar con los adultos y tasaron sus pases en millones de dólares. Quien quisiera hacerse dueño de sus piernas tendría que pagar caro por ello.

“¿Cómo que no nos hemos reforzado lo suficiente para esta temporada?”, respondió Eduardo Menicchetti –Presiden­te de Colo Colo– ante los cues­tionamientos de los periodistas. “Nuestros principales refuerzos vienen de la cantera, hemos incorporado al primer equipo a nuestros cracks de la Sub-17”. Frank Lobos era uno de ellos.

Pero no alcanzaba con eso. No podíamos tolerar ese abando­no, nos habíamos acostumbra­do a saber de ellos a diario, no era suficiente esperar que jugaran en sus clubes los días domingo. Necesitábamos más, tenerlos en nuestra pantalla todos los días. La solución la encontró Televisión Nacional, el canal del Estado de Chile: los héroes aparecerían, repre­sentándose a ellos mismos, en la telenovela de la tarde. “Rompecorazones” se llamó la producción que nos permitió perpetuar la emoción de seguir sintiendo a diario la presencia de algunos de estos niños que, a esas alturas, eran casi parte de todas las familias chilenas. Un título muy acertado, aunque falto de imaginación: afuera del canal, de los entrenamientos, en el barrio y donde quisieran estar, los cracks del futuro de­bían pagar el importe a cambio de su repentina fama, los gritos ensordecedores de colegialas que estaban dispuestas a en­tregarles a sus nuevos ídolos su corazón y quizás cuántas cosas más.

Frank Lobos fue uno de ellos; futbolista, juez de competicio­nes musicales, actor, galán de colegialas, un verdadero Da Vinci de estos tiempos.

***

Frank cierra los ojos, el avión está en completa ocurridad desde hace horas, pero él no ha podido dormir nada. Vuelve a intentarlo y lanza una plega­ria silenciosa: cuando despierte todo esto será una pesadilla, nada de lo ocurrido estas se­manas habrá pasado realmente y el Mundial Sub-20 de Qatar aún no se habrá jugado.

Pero no, la plegaria no es escuchada y la verdad vuel­ve con más fuerza cada vez que parece que Frank logrará olvidarla. La realidad dicta que viene de vuelta a Chile y que no habrá en el aeropuerto una muchedumbre para recibirlo alborozada, para implorarle por un autógrafo.

Simplemente, no habrá nadie en el aeropuerto de Santiago, salvo los periodistas que ya no preguntarán sobre sus gustos gastronómicos, sino que exigirán una explicación por este fraca­so, demandarán una satisfac­ción emocional proporcional a la ilusión con que fueron despedi­dos cuando la prensa nacional señalaba a Chile como el próxi­mo campeón mundial juvenil.

Había razones para las esperan­zas, por cierto. Eran los mismos niños que habían hecho madru­gar al país solo dos años atrás; pero esta vez más grandes, más experimentados, más hombres. No teníamos nada que temer, ni siquiera a los Africanos y sus jó­venes barbudos. Y, sin embargo, todo salió mal: pobres empates con Japón y Burundí, sumados a una estrepitosa derrota de 6 a 3 contra España forzaron a Chile a acortar la estadía prevista y vol­ver apenas terminada la primera ronda del Mundial.

Por si eso fuera poco, Frank car­gaba con problemas aún más delicados. Durante el Mundial la prensa había hablado de un “confuso incidente”, pero lo cier­to es que el asunto tuvo más de truculento que de confuso.

Lobos lo recuerda, pero vuelve a perdonarse: él no ha hecho nada malo. Además, todo fue muy rápido, no tuvo tiempo ni de medir las consecuencias. El lobby de un hotel, un chino elegante (¿o sería japonés? ¿Coreano, tal vez?), un ofreci­miento traducido al español. Dinero en dólares por ganar. ¿Qué hay de malo en eso? Era un incentivo para ganar un par­tido en un mundial, algo para lo que ni siquiera se necesita incentivo alguno. Además, no ganamos ningún partido.

Es cierto que Frank y su com­pañero Francisco Fernández aceptaron algún dinero por ade­lantado. Pero, ¡qué son apenas dos mil quinientos dólares! La nada misma, una simple mues­tra de buena fe entre hombres de negocios.

Claro, ahora es fácil apuntarlo a él como responsable del fra­caso, como si ese dinero o esa conversación en el hotel fueran los causantes del desastre que se vio en la cancha. Desagra­decidos, eso es lo que son esos periodistas que cambiaron las alabanzas por los cuestiona­mientos.

Frank vuelve a cerrar los ojos, quiere espantar los fantasmas. “Mi carrera está acabada”, piensa.

***

“Esto es intolerable, debemos arrancar estás prácticas de raíz, antes de que sea dema­siado tarde. Las apuestas en el fútbol son un cáncer y debemos sancionar estas conductas con un castigo ejemplar. Que a nadie más se le ocurra pensar que puede llamar a un jugador para ofrecer dinero a cambio de que su equipo se deje perder. Nosotros, como Santiago Mor­ning, hemos sido los afectados esta vez, pero la próxima puede ser cualquier otro club”.

El que vocifera es Miguel Nasur, el mismo dirigente que fue san­cionado por actos contrarios a la probidad, el que más ade­lante se valdría de un complejo sistema de pantallas y palos blancos para controlar varios de los clubes de la segunda y tercera división nacional, algo que se encuentra expresamen­te prohibido por el reglamento. “El diablo vendiendo cruces”, dice en voz baja uno de los presentes en la sala.

Pero esta vez, como casi nunca, Nasur no es el acusado sino el acusador: Frank Lobos, jugador de Deportes Puerto Montt, y Eugenio Acevedo, dirigente de Colo Colo, contactaron a dos de sus jugadores –Víctor Loyola y Marcos Villaseca– para que se dejen perder por goleada en el partido que Santiago Morning disputó contra la Universidad Católica el 12 de agosto de 2006. “Naturalmente, ellos no aceptaron el soborno que se les ofrecía, pero ¿y si lo hubieran hecho? Esta dirigencia no des­cansará hasta que se erradi­quen del todo estas prácticas”.

Frank escucha en silencio. Pone sus esperanzas en su alegato de defensa. Acá lo que ocurre es que hay una confu­sión, es cierto que llamó a esos jugadores en representación de unos empresarios extranjeros pero no ofreció dinero por de­jarse perder. Lo que ocurre es que estos empresarios querían llevar a Loyola y Villaseca a un club europeo, de eso se trató la conversación. Es cierto que también esos dirigentes algo mencionaron sobre apuestas por Internet, pero ese dinero era un incentivo por ganar, no por dejarse perder. Finalmente, ¿qué hay de malo en que se paguen incentivos por ganar? ¿Acaso no lo hacen los clubes cuando ofrecen premios a sus jugadores?

Nuevamente silencio. Ya todo está dicho, falta únicamente el pronunciamiento del Tribu­nal de Disciplina. Primero se dicta la sentencia respecto de Eugenio Acevedo: inocente por falta de pruebas. Una luz de esperanzas para Frank, la ilusión de no ser expulsado del fútbol, el único lugar donde se siente en casa. Cierto es que no llegó a las alturas a las que hubiera esperado, que estuvo lejos de desparramar su talento en las canchas más importantes del mundo, como lo soñó alguna vez. Pero no quiere irse así, en medio de un escándalo, siendo acusado de servir a los lucrativos intereses de hombres de traje y corbata, que no hablan castellano y que muestran un insólito interés por los resultados de la liga chilena, un torneo insignifican­te, alejado del interés mundial y, por lo mismo, un campeona­to atractivo para los negocios de personas que, justamente, quieren quedar alejados del radar de la FIFA y sus propios intereses.

Los pensamientos de Frank vuelven a cuando era casi un niño perseguido por periodis­tas y colegialas. Se detienen en el instante en que fue presentado en la “Noche Alba” como una de las esperanzas de Colo Colo, siente nueva­mente la tibieza de esas no­ches de febrero en que ejercía como jurado en el Festival de Viña del Mar y tenía el mundo entero a sus pies. Todos esos recuerdos se le vienen nueva­mente a la cabeza mientras es­cucha el veredicto del tribunal: diez años sin poder jugar al fútbol. Su vida en el fútbol ha terminado.

***

Han pasado casi cinco años desde que dejamos de saber de Frank. El fútbol ha seguido su curso natural y, para ser ho­nestos, no lo hemos extrañado demasiado. Estamos en pleno 2011, y ya van a cumplirse 20 años desde que un grupo de impúberes nos hizo creer podíamos ser una potencia futbolística mundial. De esos niños, ninguno llegó a ser lo que alguna vez nos hicieron creer que serían. Lesiones, malas decisiones, bajas de ren­dimiento lograron evitar el éxito que parecía inevitable. Solo uno, Manuel Neira, llegó a jugar en un Mundial adulto. A estas alturas, ninguno más lo hará, pues todos se han retirado del fútbol.

Pero hoy hemos vuelto a saber de Frank: ha sido anunciado por Canal 13 como uno de los participantes del reality show “Año Cero” que encerrará durante meses a desconocidos con celebridades venidas a menos. Una de estas últimas será Frank Lobos, que volverá a buscar en la televisión la oportunidad que el fútbol le negó.

* Sergio Montes eligió ser hin­cha. Eligió es un decir, porque no fue premiado con el talento para hacer otra cosa en el mundo del fútbol. De tanto leer, creyó que podría escribir y es editor de nuestra revista. Ade­más, es panelista estable del programa “Todo es Cancha”, de Radio Frecuencia Cruzada.

By | 2017-07-07T12:09:40+00:00 Mayo 11th, 2017|Edición Anterior|0 Comments

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