GOL DE RABONA DE CATALDO A LA UNIVERSIDAD DE CHILE. CUARTOS DE FINAL FÚTBOL CHILENO, 2003.

Por Patricio Hidalgo

Mauricio Cataldo está unido a su gol como solo los más importantes hombres se relacionan con sus obras cumbres: Da Vinci y la Mona Lisa, Fleming y la Penicilina y nuestro héroe y su rabona. Cataldo se explica por su gol mucho más que por su biogra­fía. Olvidaremos su talento infinito y sus dolorosas adicciones porque en ese par de segundos todos sus accidentes vitales se exponen y entrelazan pasando a formar una nueva entidad, un gol de otro mundo. Obviaremos su conversión al cristianismo y también su retiro de las canchas, porque el tiempo se detuvo en esa tarde en Concepción. Como toda obra de arte, Cataldo la cataloga. “Es la rabona chilena”. ¿Cómo es la rabona chilena? El mismo artista lo responde: “Es la que trajo el Bichi Borghi a Chile, pero perfeccionada por mí. Es que tenía mucha personalidad”.

Cataldo se anticipa a Baltazar Astorga a los 5 minu­tos y 27 segundos del primer tiempo del alargue. Entró hace 20 minutos, está fresco y lo hace notar picando con desenfado por el carril del 10, avan­zando 12 metros en 3 segundos, con un par de toques. Aún no entra al área. El relator, la tribuna y el mundo civilizado esperan el centro, pero Mauricio no pertenece a ese mundo. Dos segundos después, la pelota ya está adentro del arco. Es gol de oro, se acaba el partido. La U de Conce clasifica a la semifinal del torneo. Olarra se toma la cabeza como si acabara de contemplar un atropello. Cataldo se saca la polera, auspiciada por una empresa que ya se olvidó, como todo en ese día salvo su genialidad. Cataldo corre con la cara llena de gol y sus senos se mueven desacompasadamente, su piel es pálida, no se ven calugas ni de casualidad. No es un atleta. “En ese tiempo tomaba de lunes a viernes. Antes de ir a entrenar me servía un litro de leche y listo”, recono­cería años después. Nada de eso importa. Importa la rabona. Su equipo lo abraza, arman un montoncito. Saben que lo que está pasando es un milagro, mila­groso en lo breve y en lo irrepetible. Jhonny Herrera no quiere creerlo. Cataldo es una vieja promesa, con 23 años recién cumplidos. Toma desde los 12. Bor­ghi, el técnico que lo hizo debutar, se ha cansado de decir que es el jugador más talentoso que ha visto en su vida como entrenador. A los 29, ya era un ex futbolista. Pero 6 años antes fue capaz de perfeccio­nar la obra de su mentor.

Ese día, en esa cancha, el talentoso no era Jorge Valdivia. El iluminado no era Luis Pedro Figueroa. El caballero del gol no era Marco Olea. Ese día todos jugaron para Mauricio. “¿Y si Mauricio hubiera para­do de tomar antes?”, nos pregunta el inconformista de turno. Duele imaginarse eso, pero la rueda de la fortuna no deja de girar. Hoy Mauricio está limpio y dirige su propia escuela de fútbol en La Florida. Y desde ahí, desde una vida recuperada en plena mar­cha, mientras mira un cabro chico que no lo conoce enganchar como él lo hacía hace 15 años, puede preguntarse en silencio: “¿Y si Baltazar Astorga no perdía la pelota?”. Astorga, que desde entonces deambuló entre la primera y la segunda división, ca­yendo en el olvido, ¿acaso no lo dejaría todo por vivir esos segundos de gloria que tuvo Cataldo? ¿Afortu­nado el goleador de ese torneo, Salvador Cabañas? ¿No cambiaría esos 18 goles jugando por Audax por no haber estado en una noche incorrecta en ese bar pendenciero? ¿Afortunado Fernando Cornejo, que fue el que gritó campeón en ese torneo pero que tal vez ya incubaba el cáncer que lo mataría justo un lustro después? El fútbol chileno perdió una estrella, pero ganó el mejor gol del Siglo XXI en sus canchas. Perdimos un jugador de selección, pero ganamos una obra de arte, y un artista que goza de buena salud, cuando ya nadie creía en él.

By | 2017-04-21T12:14:12+00:00 Abril 21st, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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