GUSTAVO CANALES, ANTES DEL ADIÓS

Por Patricio Hidalgo

 

Mientras escribo estas líneas, no sé si Gustavo Canales se ha retirado del fútbol o no. Es enero de 2018 y el Mágico está en lo que se le da más cómodo: la incertidumbre. Allí donde el común de los mortales ve una tole-tole, él ve una oportunidad de gol. Allí donde juzgamos indecisión, él está pensando la mejor jugada. Siempre fue así. Cuando decidió jugar por la selección chilena y cuando no quiso ser alternativa. Cuando se fue y volvió de China, Colombia, Argentina y Brasil. Las dos veces que llegó a la U y las cuatro que lo hizo a Unión Española. Nunca fue cuando los de afuera pensábamos que debía ocurrir. Nueve títulos, 172 goles, el dedo índice moviéndose paralelo a la sien. Los dos últimos en el que podría ser su torneo de despedida, llevando a Unión Española a pelear el campeonato hasta el último minuto, jugando en un pie. Entrando apenas. Rompiéndose el hombro en una celebración en montoncito. Saliendo del túnel de la mano con su hijo. Luciendo la cinta de capitán. Llorando un empate. Pidiendo los tiros libres. Rejuveneciendo cada vez que toca la pelota, pero escuchando cada pitazo final con un cansancio nuevo, uno que hace un par de años no conocía.

Hace un par de meses, el 22 de octubre, marcó el único gol del partido contra Curicó, un cabezazo que nos permitió soñar una semana más con la vuelta olímpica. Habían pasado más de tres años desde su anterior celebración hispana, y casi nueve desde el primero que marcó con nuestra camiseta. Cuando Canales vio la pelota entrar al arco de seguro se le agolparon imágenes de lo que pasó antes. Antes del once de septiembre de 2016, cuando la embocó por única vez jugando por Botafogo, en un año maldito. Antes de la Sudamericana con la U y el título con Unión. Antes del aeropuerto de China, sin entender una palabra en los letreros, nervioso por el murmullo inopinable de quienes lo rodeaban, cuando pensaba que era cosa de sobrevivir un par de años y entonces resolver su futuro, pero no aguantó. Antes de tragar saliva en el camarín del Monumental de River Plate, cuando la gloria estaba a unos cuantos goles de distancia y no llegó. Antes incluso de los catorce traspasos de clubes en los mismos años de carrera. Gustavo piensa en esos cinco años, entre los 18 y los 23, en los que el sueldo amateur no alcanzaba y entonces tuvo que trabajar en otras cosas. Piensa en que ha sido un futbolista a trasmano, tan tardío como longevo. Piensa en sus meniscos, el doping positivo y la rodilla derecha que cada vez le regala menos pausas. Piensa en General Roca, con sus 41 grados Celsius en enero y sus -13 en agosto. Piensa en que pudo huir a climas más templados, pero en el fondo nunca dejó de habitar los extremos. Lo suyo no son los promedios.

Gustavo Canales podría aconsejar a Galdames, apapachar a Aránguiz, serenar a Jaime. Podría recibir a mi hijo Aníbal en unos 10 años más en la escuela de fútbol de Unión Española. Podría tener un asiento en el Santa Laura. Pero también podría irse, tan silencioso como cuando llegó a Chile el 2007. Uno entre las decenas de futbolistas argentinos que llegan todos los años, con ganas de comerse el mundo o de hacer unos pesos fáciles. Con suerte un par de líneas en el diario. Era verano en La Serena y en el primer entrenamiento un tal Murci Rojas le tiró un centro a la carrera. El Mágico cobró. La vieja Quiroga jugaba por los con peto y se dio cuenta de inmediato: era un crack. En el centro del campo, con el pito colgando del cuello, don Víctor Hugo Castañeda repartía instrucciones. Los 3 supieron llegar a viejos jugando. Gustavo también podría, pero a él ni nosotros ni nadie puede anticiparlo. Ese es su genio. Nadie llega antes que él, si él así lo quiere. Mira las cosas un segundo antes. “Me verás volver”, decía un lienzo de la Furia Roja con su cara de tele. Gustavo Canales cumplió, pero ya no nos basta. Ahora queremos que no se vaya nunca más.

By | 2018-01-12T19:56:34+00:00 Enero 12th, 2018|Nueva Edición|0 Comments

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