HISTORIA, PASIÓN Y FÚTBOL EN SHANGHAI

Por Joan Bonastre

 

Son las cuatro de la tarde y en las inmediaciones del estadio se vive esa calma tensa previa a cualquier gran evento. Las camisetas y sudaderas azules del Shenhua hace horas que se pasean por el barrio de Hongkou, uno de los más antiguos de la ciudad de Shanghai, y en toda la red de transportes que se dirige hacia este distrito al noreste de la ciudad, se pueden encontrar seguidores del equipo local. La línea 3 del Metro es la única que atraviesa zonas céntricas de la ciudad al descubierto y, cuando el clima lo permite, desde el interior del tren se puede observar la silueta del estadio, rodeado de edificios residenciales relativamente bajos y de un gran parque, recortada contra un fondo poblado por rascacielos infinitos que desde su altura –en el distrito financiero de Pudong, al otro lado del río–, parecen querer colarse a la cancha. En esta parte de la ciudad se concentran como en pocas, los contrastes que uno puede encontrar en Shanghai.

 

Hoy es día de derbi local, un partido que ha cobrado incluso más interés después del vertiginoso final de la temporada anterior, cuando contra todo pronóstico, el Shanghai Shenhua logró llevarse el título de la Copa de China frente al rico y poderoso vecino del Shanghai SIPG. En la ida ganaron por uno a cero y levantaron la copa pese a caer en la vuelta por 3-2 en un partido de infarto. En ese equipo destacaron los colombianos Freddy Guarín y Giovanni Moreno, y el nigeriano Obafemi Martins, además del fiasco del Apache Tévez. El título, el único de los últimos veinte años de este equipo emblemático, enloqueció a sus seguidores, enaltecidos por haber logrado por una vez superar al que ellos consideran el nuevo niño rico. Y es que en la pasada temporada, los aficionados del Shenhua pasaron por todos los sentimientos de los que el ser humano es capaz: de la ilusión y el orgullo de fichar a Carlos Tévez a la más profunda decepción e indignación por su rendimiento y actitud.  De la tristeza de ver su estimada catedral del fútbol en llamas justo al inicio de la temporada -y que, aunque no causó daños graves ni heridos, obligó al equipo a jugar en una cancha impropia de su categoría durante semanas-, a la euforia exacerbada de derrotar al SIPG y lograr por fin un título después de una campaña que, de nuevo, había generado grandes esperanzas al ver a su equipo con la posibilidad de participar en la Champions League asiática, para posteriormente darse de bruces con la realidad al caer eliminados en la última ronda clasificatoria frente al Brisbane Roar, un equipo australiano a priori bastante inferior.

 

Con todos estos ingredientes en la memoria reciente del aficionado del Shenhua, el derbi de hoy es sin duda un partido especial. Y sin embargo, la presencia policial puede generar dudas en el visitante extranjero; ¿tanto jaleo puede haber? En el pasado lo hubo, y si hay una consigna que parece clara a la hora de organizar grandes eventos en este país, es que es mejor prevenir que curar. A veces se tiende a pensar en China como un país caótico, pero cuando se trata de fechas señaladas y grandes multitudes, muchos nos hemos sorprendido al comprobar la eficacia con la que se gestionan núcleos urbanos de más de veinte millones de habitantes. En día de partido siempre hay un gran dispositivo policial, pero hoy es dos o tres veces superior al habitual, quizás porque coincide con la celebración estos días en Pekín del pleno de la Asamblea Nacional Popular, el máximo órgano legislativo del país. En cualquier caso, a dos horas del inicio del partido, la popular marea azul ha llenado con su entusiasmo la intersección de calles en las que se encuentran los accesos al recinto; las bocas del Metro escupen aficionados sin cesar, ya se ven carreras en busca de un amigo o compañero de alegrías y decepciones, y hacen más visible su presencia los reventas, que anuncian a gritos entradas y más entradas.

 

La hospitalidad y generosidad hacia el invitado son un rasgo definitorio del shanghainés y del chino, así que en cuanto nos interesamos por conseguir entradas para este partido, semanas atrás, un amigo nos propuso que nos relajáramos mientras él se encargaba de todo. Tras una larga espera y una impaciencia en aumento por la proximidad del derbi, nos dijo que no habían podido conseguir entradas a causa de la naturaleza del encuentro. Pero lo que nos llamó la atención fue el propio mensaje; con la ayuda de una compañera, descubrimos que aquella frase era tan flexible y poliédrica como la propia sociedad china: podía significar que el encuentro era muy tenso, que una persona estaba muy nerviosa o que el partido era tan interesante que no se sabía si habría entradas. Entonces, no nos quedó otra alternativa que recurrir a lo que siempre puede ofrecerte una solución aquí en China: comprar por el celular en Taobao, la empresa china del mismo grupo que la popular AliExpress que acumula miles de billones de yuanes en ventas cada año. Todo lo imaginable se puede encontrar en Taobao, responsable de dejar al Black Friday norteamericano como un juego de patio de escuela. Con las entradas en la mano, accedemos al estadio jugando en los labios con la riqueza de la lengua china encapsulada en la respuesta de nuestro amigo, que me escribe feliz de que podamos experimentar en primera persona lo que significa ver un partido de fútbol en Hongkou.

 

Porque China no puede mirarse ni entenderse desde un único prisma, y su fútbol tampoco. Con los titulares que la prensa deportiva hace llegar al resto del mundo, sería fácil pensar que el fútbol es aquí un entretenimiento de nuevos ricos: fichajes carísimos, fracasos sonados, y un constante querer y no poder de cuatro amigos que han hecho fortuna y no saben en qué gastarla. Sin embargo, los futboleros aquí, hombres y mujeres, porque sería bueno no tener que insistir en que los hay de ambos sexos, son ajenos a esa imagen que desde fuera se tiende a tener del fútbol chino. Los aficionados del Shenhua viven con orgullo y pasión cada uno de los partidos de su equipo, viajan por todo el país para animar a los suyos, y los miembros del Lanmo, los diablos azules, los seguidores más fervorosos, algo así como sus ultras, cantan y animan en Hongkou horas antes de que empiece cada partido.

 

El profesor Wang nació y creció en el barrio, para él Shenhua forma parte de su ADN. Creció viendo al equipo jugar, soñó con militar en sus filas, y la institución forma parte de su identidad como shanghainés. Un sentimiento compartido por Yué, cuya familia le contagió en los años noventa la pasión por este deporte y por el Shenhua. Es sin duda esta constante referencia a la historia del club, fundado oficialmente en 1993 pero heredero de distintos equipos que se remontan en la historia hasta principios del siglo XX, la que podría definirles como afición. Se respira una mezcla de orgullo y nostalgia, como si fueran conscientes de que el equipo vivió tiempos mejores. Y, aunque desde fuera parezcan nuevos ricos, el rápido crecimiento de la liga china los ha apartado de la lucha por los títulos. Cuando les preguntamos por las expectativas para la nueva temporada, parecen conformarse con un buen resultado contra los rivales clásicos, lograr una buena posición en la liga y llegar lo más lejos posible en la Copa de China. Sin embargo, como pasa en todo el mundo, el lema de la afición no entiende de conformismos: “Shenhua es campeón”.

 

El partido está a punto de empezar y todo el estadio -repleto- se pone en pie para recibir a los equipos y escuchar el himno nacional, una ceremonia que se realiza en todos y cada uno de los encuentros de la liga china. Nos levantamos también y pronto descubrimos que ya no vamos a sentarnos hasta el tiempo de descanso. Los cánticos suben de volumen, las banderas, en perfecta sintonía, ondean a izquierda y derecha, y toda la marea azul empieza a saltar sin dejar de cantar: en los rostros de los aficionados se vuelve a percibir el nerviosismo que habían dejado a un lado en la media hora previa al partido, ese tiempo muerto en el que parecemos decididos a relajarnos antes de la tensión del match. El árbitro da el pitido inicial, y nos fijamos en las pancartas que proclaman que solo Shenhua es y representa Shanghai. En una esquina, en las graderías superiores, los pocos aficionados del SIPG que han logrado comprar entradas son escoltados para evitar incidentes mientras empiezan a lanzar sus cánticos. El estadio de Hongkou está considerado uno de los más calientes del país y su afición, de las más entregadas. En día de derbi, los aficionados del SIPG consideran a sus vecinos malos perdedores, pero desde las graderías del estadio solamente percibimos pasión y devoción por un equipo que para ellos representa la tradición de este deporte en la ciudad. El público de Shenhua es generoso, aplaude y se exalta con multitud de acciones que desde mis ojos europeos quizás no merecieran tanto; y solamente los arranques del Lanmo interrumpen cada poco a una afición que se muestra concentrada en el juego de su equipo, que no se pierde una sola jugada, y cuya presencia los jugadores locales seguro que sienten bien cercana durante los noventa minutos.

 

Y es que si en el barrio de Hongkou se enorgullecen de su historia como institución, en el de Xuhui -de donde proviene el Shanghai SIPG- sonríen con una cierta sorna cuando mencionamos ese argumento. Saben que tendrán que oír esa cantinela para el resto de sus vidas, pero una ojeada a la tabla clasificatoria les hace olvidar el reproche. Porque es innegable que los resultados de este equipo, propiedad del conglomerado empresarial del Puerto de Shanghai, dan más alegrías a su afición que los de sus vecinos del norte de la ciudad. A pesar de no haber logrado ningún título importante todavía, Alí, una loca del fútbol con el corazón dividido entre el Shanghai SIPG y el Atlético de Madrid, cree que este año pueden lograr el triplete. De cero a cien. Y aunque la temporada recién empezó, no parece una quimera.

 

El aficionado del SIPG en general se muestra orgulloso de un elemento clave en la historia del fútbol en Shanghai; el momento en que Xu Genbao, antiguo seleccionador nacional y el primer entrenador profesional de Shenhua en 1994, decidió en 2005 fundar lo que hoy es Shanghai SIPG. Figura venerada en el fútbol chino, el hecho de que Xu Genbao tenga su propia escuela de fútbol y varios de sus jugadores hayan llegado al primer equipo, llena de orgullo patrio a sus seguidores. Además, el SIPG cuenta en sus filas con hasta cinco jugadores de la actual selección nacional mientras que Shenhua no tiene a ninguno. Y ese es precisamente uno de los argumentos con los que cuenta el aficionado del equipo de Xuhui, la gran contribución que su club y Xu Genbao han hecho al fútbol nacional, mientras Shenhua es percibido como un club que no atrae a las figuras nacionales y además, es poco certero a la hora de fichar a extranjeros; por Hongkou han pasado Nicolas Anelka, Didier Drogba, Carlos Tévez y la estrella australiano Tim Cahill, ninguno de los cuales  –centenares de millones después– logró llevar al Shenhua al éxito deportivo. Porque tampoco podemos engañarnos: el aficionado de Shenhua considera SIPG como un nuevo rico, pero su equipo no anda precisamente corto de presupuesto. Y sin embargo, hablando con unos y otros, lo que más nos sorprende es la idea compartida por ambas aficiones de que la existencia de los dos equipos y la rivalidad entre ellos no hace otra cosa que contribuir a la mejora del fútbol en la ciudad, y a que Shanghai sea reconocida como una de las plazas fuertes de la Super Liga china. Es lo que me dice Julián, el nombre hispano de un amigo chino gran aficionado del SIPG. Ahí encontramos ese espíritu nacional, también existente en otros países tan grandes y diversos, del interés colectivo por delante del individual. Shanghai por delante de mi club, con el convencimiento de que el buscar lo mejor para la ciudad repercutirá directamente en beneficio de sus clubs y sus aficionados.

 

El partido termina con victoria visitante, por 0-2. Hulk, la estrella brasileña del SIPG, ha abierto el marcador con una parábola perfecta desde fuera del área, en el primer tiempo, y Lu Wenjun, tras habilitación de Óscar (el otro brasileño del equipo), ha sentenciado al poco de retomar el encuentro. Vemos en los rostros de los seguidores de Shenhua la decepción cuando ven cómo se les escapa el derbi, pero los ánimos no decaen, y hasta después del pitazo final, a lado y lado del estadio siguen los cánticos y los saltos. Y ahora sí, alguno que otro insulto dedicado a las camisetas rojas que ven, de nuevo con una sonrisa en los labios, cómo sus vecinos tratan de apagar fuegos faltándoles un poco al respeto. Vemos un par de escaramuzas en las graderías, quizás alguien ha perdido los nervios, pero tras unos instantes de tensión, todo parece volver a la normalidad. Los jugadores de ambos equipos, ganadores y perdedores, saludan a las aficiones; y en el caso del equipo local, lo hacen con una vuelta completa al terreno de juego, mostrando su agradecimiento y reconocimiento a cada esquina del estadio. La marea azul regresa a sus casas, consciente, una vez más, de que le espera una temporada con altibajos y fuertes emociones por delante.

By | 2018-06-25T22:57:01+00:00 Junio 25th, 2018|Nueva Edición|0 Comments

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