JULIO. EL SILENCIO SE GUARDA EN LA CARPETA AZUL

Por Sergio Montes (@smontesl)

Sólo las cosas indispensables, nada muy grande ni de mucho peso. La idea es viajar liviano y, dentro de lo posible, parecer lo que no son: turistas, viajeros ocasionales que hoy están en el Callao, la próxima semana en Santiago visitando familiares, y la siguiente, de vuelta en sus rutinas laborales en el Perú.

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Sometida al test de lo indispensable, la carpeta azul plastificada, uno de los mayores tesoros de Julio, no pasó la prueba y fue condenada a guardarse para siempre en un cajón en la casa de su madre. En su interior quedaron también los seis recortes de diario que dan cuenta de la breve vida del sueño de Julio que hoy muere definitivamente. Julio ya no tomaría buses en busca de un destino incierto, ya no escucharía promesas dudosas, ya no frecuentaría aviones que lo trasladarían a los estadios de Barcelona, Madrid, Milán, Múnich, Manchester. Julio ya no representaría a su país, a su familia, a sus amigos. Y ahora ocurre lo instintivo: se le toma el peso a lo renunciado, se le echa una última mirada a esos recortes. El último es de hace dos años, y recoge la noticia de que él recalaba en el Unión Huaral de la segunda división peruana. Había sido cedido sin costo por el Sporting Cristal. La nota recoge las impresiones del jugador («un volante defensivo, pero de esos que saben qué hacer con la pelota en los pies»), que se manifiesta muy ilusionado de tener las oportunidades que no se le dieron hasta ahora, de demostrar por qué llegó a representar al Perú en el Sudamericano Sub-20. Sin embargo, es el primer recorte al que Julio le dedica a más atención. Un cuadro pequeño, ya amarillento, publicado en el costado inferior de las páginas deportivas de El Comercio. La fecha indica el 25 de abril de 2011: «No todo fue malo para el Sporting Cristal en su derrota de anoche. Promediando el minuto 64 ingresó a la cancha Julio González, una de las mayores promesas de los celestes. Pese a los pocos minutos que estuvo sobre el gramado del Estadio Nacional, González mostró pundonor e intentó empujar, a fuerza de voluntad, a sus compañeros. Es sin dudas un jugador para tener en cuenta».

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¿Cuánto más se puede demorar en pasar la micro con este frío de mierda? Es el segundo invierno de Julio en Chile y todavía no se acostumbra. Al frío, por cierto, pero tampoco a tener que soportar al imbécil de Jorge, el primo de Claudia, el que los convenció de dejar el Callao y venirse a compartir un departamento minúsculo, a cambiar el fútbol por las herramientas de construcción. ¿Cómo hizo Claudia para convencerlo de dejar una vida en la que, al menos, había sueños, por esta otra vida con menos carencias pero sin ilusiones? La pregunta se la había hecho mil veces, así como otras mil se había contestado con otra pregunta: ¿Y si volvemos?… Era un riesgo, cierto, a sus veinticinco años no sería fácil encontrar un equipo, pero Julio se mantenía bien: bastaban un par de meses de entrenamiento y sería capaz de volver al máximo de sus capacidades. Quizás uno o dos años en Segunda División, para luego pasar a algún equipo grande de Lima ¿Sporting Cristal, quizás? Por qué no: allá lo conocen desde niño, saben lo que puede rendir. Julio ya no sueña con jugar la Champions, ahora se conformaría con volver a salir a la cancha del Estadio Nacional, ver la multitud desde abajo hacia arriba, escuchar el rugido que se produce cuando una pierna firme, pero leal, detiene al jugador contrario. Se equivocó Claudia al dejarse convencer por Jorge, y él al dejarse convencer por Claudia. ¡La puta madre, eso te pasa por pollerudo, Julio!  Junta las manos, les echa vapor con su boca. Le pide a Daniel que lo imite, que haga frente al frío, que ya viene la micro que los llevará a la escuela. Padre e hijo, sus rasgos permitirían a cualquiera saber su nacionalidad sin siquiera oírlos hablar. Cholos, flaquitos, la piel y la mirada gris. El presente es esta espera, la de la micro que no llega, y el futuro será otras esperas: de que se termine el día, de que llegue el momento adecuado de pedirle a su jefe un aumento, de que sea domingo, de que junten el dinero para ir a visitar a la familia, los amigos.

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Daniel se parece a Julio. Ambos son callados. Ojalá el niño no lo fuera tanto, piensa Julio. Cree que a él le faltó personalidad para gritar y ordenar a sus compañeros en la cancha, para haber sido más líder en el camarín, para haberle dicho a Claudia que esperaran, que una vez que el técnico se diera cuenta de sus virtudes, nadie le quitaría la titularidad, y que de ahí al estrellato, a los contratos millonarios, no faltaría nada. Ojalá al niño no le pase lo que a él. La ropa de ambos está limpia, pero es fea y vieja. Julio piensa que no es posible que Daniel se vea poca cosa al lado de los otros niños, que es necesario gastar algo de dinero en su vestimenta. Mal que mal, él tiene la vida completa por delante, tiene un futuro en este país, que cada día es más el país de Daniel. ¿Y cada día es menos el país de Julio? ¿O de Claudia? Difícil de decir, a Julio se le ocurre que ambos renunciaron a sus vidas (o, al menos, a sus sueños, familias y amigos), a cambio de ofrecer una vida para Daniel. ¿No es eso, acaso, lo que hacen todos los padres?

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Esta tarde Julio se animó. Llamó por teléfono a Pedro, un viejo amigo y compañero en Unión Huaral. Quiere saber si lo recibirían de vuelta, asegura que podría estar en su mejor nivel para el inicio del próximo torneo, en un mes más. Sabe en su interior que probablemente no sea así, pero necesita convencerlos. Pedro aceptó hablar con los dirigentes, pero no le dio muchas esperanzas. «Tú sabes que las cosas no están bien por acá, económicamente hablando». No importa, Julio está convencido de que vale la pena correr el riesgo, que aprovechará la oportunidad. Quedaron de hablar en unos días. Julio, por supuesto, no le dice nada de esto a Claudia. Ya veremos cómo arreglar la carga en el camino.

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Hasta hace un tiempo, los domingos solían ser el mejor día de la semana. Iban con Claudia y Daniel al centro, comían algo, paseaban por ahí. Siempre ocurría algo, un incidente menor, una anécdota que les daba de qué hablar el resto de la semana. Pero hace un par de domingos que Julio no disfruta, anda como distraído. Claudia lo nota, pero no le dice nada; sabe que si lo hace Julio va a negarlo todo, y que discutirán. Ella odia discutir con Julio. Por lo menos, Daniel fue feliz y jugó como el niño que es. Había un payaso en la plaza que lo hizo reír. De vuelta, en la micro, Claudia le comenta a Julio que, en lugar de usar los ahorros para ir de vacaciones a Lima, podrían buscar un mejor departamento. «¿A quién vamos a ir a ver a Lima? ¿A tu mamá?». En cambio, esta semana fue a ver unos departamentos no muy lejos del centro. Son preciosos, mucho más grande que el que comparten con Jorge y su familia. Claudia cree que podrían pagarlo. Julio dice que sí, que el próximo fin de semana van a ir juntos a ver el departamento. Eso dice, pero espera no tener que hacerlo, esta semana cree que va a tener novedades de Pedro.

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Desde que llegó a Chile, Julio casi no ha jugado. Un par de veces unos peruanos amigos lo invitaron a parchar en un equipo que tienen, pero nada más. Echa de menos la cancha, pero más extraña lo que pasaba fuera de ella: el camarín, la vida con los compañeros, los viajes, las entrevistas. A veces habla de esto con Claudia, pero a ella no le gusta ese tema. Su vida ahora es acá: acá tienen su familia, sus trabajos. Han podido ir creciendo, ver que sus sueños se cumplen. Julio no la contradice, pero sus sueños se quedaron en el Callao, en la carpeta azul plastificada.

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Ya estamos a jueves y ninguna noticia de Pedro. Seguro que ha estado con la cabeza en mil partes, faltan tres fechas y el equipo necesita salvarse del descenso. Tienen una cómoda ventaja de puntos, pero nunca se sabe, hay que ser precavidos. Sin embargo, ojalá se haga un minuto y pueda hablar con alguien. Julio ha pensado mucho sobre esto: Claudia al principio no va a estar feliz con la idea de volver, pero cuando vea lo convencido que está Julio, se va a dar cuenta de que es lo mejor para los tres. Pueden vivir en la casa de su mamá por un tiempo, hasta que las cosas se estabilicen. Ya verá Claudia que en poco tiempo el fútbol les devolverá una vida mucho mejor que la que tienen ahora.

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Pedro no ha llamado. Debió hacerlo hace una semana, y nada. Tampoco ha contestado las llamadas perdidas que Julio le dejó en el celular. Julio fue a ver el posible nuevo departamento. Es lindo, a Claudia le fascina, pero es caro. Ella arregló para juntarse el martes con el dueño a firmar el arriendo. A Julio le gustaría firmar otro contrato, uno donde le paguen por jugar al fútbol. Sin embargo, el teléfono no suena y Julio, que sigue sin haber dicho nada de su decisión de intentar a volver a jugar en Perú, se va quedando sin excusas. Hasta que suena el teléfono, el lunes por la noche.

«Pedro, hermano, me tenías asustado. Pensé que te había pasado algo.»

«Nada, nada, tú sabes, se juntan muchas cosas y el tiempo vuela.»

«…»

«Mira, Julito, hablé acá con los dirigentes y les comenté lo que me dijiste, de volver a jugar.»

«¿Y? ¿Qué te dijeron?, ¿van a contratarme?»

Lo que viene después es una corta explicación de por qué eso no va a ocurrir: la mala situación económica del club («eso te lo había adelantado, compadre»), la idea es disminuir el número de profesionales de la plantilla, apostar por los más jóvenes. Julio lo entiende, o al menos eso dice. Le agradece a Pedro la gestión, sabe que hizo todo lo que estaba a su alcance. Ahora tiene que cortar, mañana será un gran día, dice. Irá con Claudia a firmar el arriendo de un departamento precioso.

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Casi se queda dormido, se le alcanzaron a cerrar los ojos, aunque iba de pie. Juraría que incluso soñó con algo que no recuerda. Menos mal que alcanzó a darse cuenta, o se hubiera pasado en la micro. Llegó justo a tiempo para marcar asistencia antes de la hora de ingreso. «Una buena, Julito», pensó para darse ánimos, mientras hacía la fila para tomar sus herramientas de trabajo.

By | 2017-08-01T10:10:27+00:00 Agosto 1st, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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