MAGDEBURGO

Por Sergio Montes

Yo, hasta el 2 de junio de 1973, había vivido sin interrupciones. Te digo más, hasta ese día estaba viviendo como nunca, con ganas; hubiese jurado que todo iba a seguir siendo perfecto. Y no, todo se fue a la mierda.

 

Al día siguiente, a Colo Colo le arrebataron (le robaron, lo ultrajaron) la Copa Libertadores que no solo merecía largamente, sino que habría ganado de no ser por la mano negra. La Copa se fue para Avellaneda y nosotros nos quedamos sin nada. Bueno, no sé si tanto como nada; lo único que nos quedó (además de la amargura) es una lección que no tardaríamos en recordar: no hay honor en la derrota. Están los que pierden y los que ganan, los blancos y los negros. El marcador final no admite grises.

 

Así es que el 11 de septiembre de ese año me agarró preparado. Se venía desmoronando todo desde esa final. ¿Por qué no también la Unidad Popular? La Confederación Sudamericana no había querido que un equipo ignoto, sin historia internacional, ganara el trofeo más importante del continente. Los milicos, por su lado, no habían dejado que se impusiera un proyecto político cuyo único sustento –que nosotros, ingenuamente, creíamos suficiente– era el entusiasmo por tener un país distinto, uno más justo y libre. Visto así, me parece que las razones que movieron a la Confederación Sudamericana son las mismas que tuvieron los militares.

 

Quizás porque yo ya venía muerto desde junio es que los milicos no me mataron. También debe haber ayudado el hecho de que yo no era más que un entusiasta don nadie, un militante sin heridas de combate ni historias para contarles a mis hijos (que, por cierto, tampoco tenía).

 

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Esto no se lo dije a nadie en su momento: después del Golpe, ni loco me quedaba en Chile a ser carne de cañón, a intentar una resistencia heroica y sin sentido. Tengo borrados muchos días de esa época, pero una cosa está clara: pasado el shock, superada la adrenalina de ver cómo –una vez más– el árbitro nos robaba la Copa, mi única prioridad era salir del país, arrancar (esa palabra no la usábamos mucho en ese entonces) donde fuera, pero lejos de Pinochet y su policía secreta. A estas alturas ya se habrán hecho la idea de que no tengo pasta de héroe; sospecho que hubiese flaqueado rápidamente ante las torturas.

 

Naturalmente, nada de eso se hablaba con los compañeros. Conversábamos sobre armar la resistencia, volver con más fuerzas, retomar el camino. Yo repetía esas palabras como un mantra, pero no me las creía; no tenía fuerzas, estaba –otra vez– muerto.

 

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La siguiente alegría que recuerdo es cuando ya estaba en la República Democrática Alemana. Era el alivio de sentir, por fin, que había zafado, que ya no me iban a agarrar. Un sentimiento inconfesable: habíamos perdido tanta gente en pocos meses, que la alegría –especialmente esa que se emparentaba con la cobardía– se vivía con cierta vergüenza.

 

Ahí estaba yo, uno más de la legión de chilenos que las autoridades locales habían recibido, un poco por solidaridad, y otro poco por la buena propaganda internacional que significaba recibir a los perseguidos de Pinochet. Era diciembre del 73.

 

Al par de meses de haber llegado volví a soñar con Chamaco Valdés y el Pollo Véliz. Me los encontraba en Alemania y, a diferencias de otros sueños, no jugábamos a la pelota. Conversábamos, no me acuerdo de qué; hablamos toda la noche (o lo que dura un sueño) en alemán.

 

La suerte estuvo de mi lado cuando acepté hacerme cargo de la representación del Partido en Magdeburgo. La pega era simple y no demasiado aburrida: hacer de puente de comunicación entre el Partido Comunista chileno y los pocos militantes que se habían trasladado para allá. Además, debía relacionarme con las autoridades locales de la zona, avisar a Berlín si ocurría algo extraordinario o que valiera la pena (cuestión que no ocurrió nunca) y pare de contar.

 

Magdeburgo era una ciudad mediana, “provinciana” como le diríamos en Chile. Todos se conocían y no tardé demasiado en hacerme conocido entre mis vecinos. Viví ahí un tiempo apacible en épocas de mierda. Dos cosas me ayudaron en ese proceso: hablaba suficiente alemán para darme a entender (mi abuela materna había nacido en Magdeburgo y arrancado a Chile a fines de los 30,  lo que, a su vez, explica mi origen judío y el hecho de que me ofrecieran trasladarme a esa ciudad), y era sudamericano, es decir, se presumía que jugaba al fútbol razonablemente bien. Resultó que, además, los alemanes eran tremendamente “troncos”, así que mis limitadas cualidades lucían mucho más en tierras teutonas que en mi Chile natal, donde no pasé de alternar en la liga del barrio.

 

Así fue cómo me invitaron a jugar algunas pichangas los domingos y me permitieron participar en las charlas futboleras de mis ocasionales amigos. Poco a poco me fui enterando del Magdeburgo, el equipo local, un cuadro razonablemente relevante en la DDR Oberliga, pero muchísimo más humilde que los portentos de la República Democrática Alemana: el Dynamo Dresden y el BFC Dynamo Berlín.

 

No fue un amor fulminante: no estaba a esas alturas para nada fulminante. Fue, más bien, un cariño tibio. El Magdeburgo y yo sabíamos que no podríamos estar enamorados para siempre. Mi corazón pertenecía a Colo Colo y mi paso por Alemania estaba llamado a ser temporal. Pero no engañábamos a nadie al jurarnos amor en ese preciso momento y lugar.

 

Fue así cómo el 6 de marzo del 74 estuve presente en el partido que jugaron el Magdeburgo y el PFC Beroe SZ de Bulgaria por los Cuartos de Final de la Recopa Europea. Ganamos 2-0, lo que nos permitió empatar 1-1 en el partido de vuelta y clasificarnos a las semifinales. No tengo recuerdos de ningún festejo desbordado por la clasificación, pero sí de que el asunto se transformó en recurrente tema de conversación en los días que siguieron. Nunca un equipo de Alemania Oriental había ganado nada a nivel europeo y, aunque esta vez se veía todavía lejano, ya el hecho de estar en semifinales era considerado un orgullo para la ciudad.

 

Así es que, cuando se jugó en Magdeburgo el partido de vuelta contra el Sporting de Lisboa, ya no se hablaba de otra cosa en la ciudad. El 1-1 de la ida en Portugal ponía la final al alcance de la mano, de manera que el tema ya había dejado de ser simplemente deportivo. Ahora era un asunto de Estado.

 

Estuve en la cancha del Magdeburgo esa noche de abril en que le ganamos 2-1 al Sporting. Soy testigo de que mienten aquellas personas que dicen que los alemanes no se emocionan. Ese día vi alemanes llorar de emoción, tipos abrazando a completos desconocidos, una ilusión tan palpable, tan desbordada como nunca pensé en ver de nuevo.

 

Yo, que nunca he creído en nada, vi en esto una señal divina: la vida, finalmente, me tiraba cartas buenas. Después de haberme hecho comer mierda, me ponía un título continental a la mano. En el momento y lugar menos pensado. Era imperativo que yo, amante postizo, estuviera presente en la final que se jugaría en Rotterdam, en dos semanas.

 

Creo que no necesito explicar lo difícil que resultaba la travesía. No era cosa de agarrar un tren y mandarse cambiar a Holanda. No, no, no. Había que obtener un permiso especial del gobierno para salir del país. Eso, que en situaciones normales resultaba titánico, era sencillamente imposible para un extranjero recién llegado, cuya lealtad al régimen no había sido probada. Ninguna chance.

 

Ya lo he dicho: hice de este asunto una cruzada. Después de pensar trescientas excusas distintas (todas malas) logré convencer a las cabezas del Partido de que era una buena idea que yo asistiera a no recuerdo qué reunión que se iba a realizar en Ámsterdam por esos días (y, de paso, quedarme unos días por allá con nuestros apoyos en Holanda). Por supuesto, asistí a la famosa reunión, aunque de ella no recuerdo nada.

 

De lo que sí me acuerdo es de esa noche en Rotterdam. Yo estaba en el codo nor-oriente del estadio, con los pocos hinchas del Magdeburgo que habían podido viajar. Así como teníamos la certeza de estar viviendo un día histórico, sabíamos también que perderíamos. Enfrente estaba el Milán de Anquilletti, Aldo Madera, Gianni Rivera y dirigido por Cesare Maldini. Imposible, por donde se le mire. Nos alcanzaba con haber llegado hasta esa noche, con estar ahí. Dije antes que no había honor en la derrota; es cierto, no lo hay, pero solo pierden los que están ilusionados con ganar. Nosotros no lo estábamos.

 

Así es que me inventé un juego en mi cabeza. Por cada cinco minutos sin que nos hicieran un gol, celebraría en silencio, agitando levemente el puño. Como quien festeja, no digo un gol, pero un tiro libre cerca del área rival. Era la única posibilidad de celebrar algo, y desde hacía rato yo venía escaso de celebraciones. Entonces festejé cuando llegó el minuto 5’ y seguíamos 0-0. Y el 10’, el 15’, así hasta el 40’. Cuando moría el primer tiempo, lo impensado: autogol de Enrico Lanzi. Nada de euforia, no al menos de mi parte. No había espacio para la ilusión, sería un gran error. La lección estaba aprendida.

 

Pasó el entretiempo, seguían corriendo los minutos. Ahora, puntualmente cada cinco minutos, miraba el reloj, pero no celebraba. La idea de ganar se me estaba colando en el cuerpo, y debía dedicar todas mis fuerzas a evitar que eso ocurriera. Hasta que llegó el minuto 74’ y Wolfgang Seguin marcó el 2-0. Ahora sí, celebré como loco, me abracé con medio mundo, grité y salté. Los quince minutos que siguieron ni los recuerdo. Después del segundo gol no tuve duda alguna de que seríamos campeones.

 

Cuando terminó, me senté a llorar. No fueron lágrimas de alegría, aunque la victoria era nuestra. Esa noche no era el Magdeburgo el que salía campeón de la Recopa Europea; era Colo Colo el que levantaba la Copa Libertadores. Durante el rato que estuve sentado llorando, ya no era mayo del 74’; era junio del 73’ y todo iba bien, y éramos campeones de América, campeones de la justicia, de la libertad, del futuro. El tiempo había vuelto atrás y no había Confederación Sudamericana ni milicos que nos quisieran arrebatar lo que era nuestro.

By | 2018-06-25T23:02:27+00:00 Junio 25th, 2018|Nueva Edición|0 Comments

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