MARTA: MÁS GOLES QUE PELÉ

Por Nicolás Vidal*

El polvo –partículas suspendidas en el aire– forma una nube a su alrededor. Una cancha de tierra. Los rayos del sol se reflejan en esa pelota blanca que los defensas rivales intentan arrebatar de su pie izquierdo. Levantan polvo, los defensas, cuando se tiran al suelo y pasan de largo, cuando los pies de esa niña hacen flotar el balón por sobre sus cuerpos –humillándolos como jugadores y como hombres– para quedar sola frente al portero rival. El viento repentino se lleva el polvo y todos pueden verla preparando el disparo ante el achique desesperado del arquero. Pero la niña –delgada, frágil– engancha con la derecha y el arquero pasa de largo hasta chocar con el central que le intentaba ayudar, quedando ella con el arco abierto. Se detiene un instante –tal vez pensando en profundizar la afrenta y detener la pelota en la línea para meterla de cabeza– hasta que decide empujarla suavemente con la zurda.

Sus compañeros –niños– corren a festejarla. Y la niña sonríe, porque sabe que es mejor que ellos. Pero enseguida la sonrisa cambia, se borra, o más bien se escapa rápidamente, igual que ella. Empieza a correr y nadie entiende mucho, hasta que se dan cuenta que vienen los hermanos mayores, mandatados por su madre. La orden es clara: si la ven en la cancha, la traen de un ala, ya está bueno de hacer cosas de hombres. Claro, es fácil decirlo, habrán pensado los hermanos mayores, pero otra cosa es pillar a esa mocosa rápida y escurridiza. Sienten los ojos, las risas de los demás jugadores mientras la persiguen por los alrededores de ese tierral elegido como cancha. Hasta que se rinden, jadeando, y vuelven a la casa de su madre para contarle que no, que no se puede, que Marta es demasiado rápida para ellos.

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No pudo ir a la escuela hasta los nueve años, porque su madre –divorciada desde que ella tenía apenas uno– no podía pagar una matrícula o materiales de estudio. Pero, como en todo, se las arregló de todas formas y aprendió a leer y escribir por su cuenta con periódicos y las historietas de La Pandilla de Mónica. Cuando por fin pudo ir a la escuela, estaba incluso más adelantada que sus compañeros.

A la fuerza, con porfía, se ganó el derecho a jugar fútbol. Marta Viera da Silva pasó su infancia jugando en equipos de varones, allá en Dois Riachos, una pequeña ciudad del noreste de Brasil. Tenía como referentes a Rivaldo y Ronaldinho.

Pasó a jugar unos meses en el Centro Sportivo Alagoano. Ahí, a los catorce años, en el 2000, le ofrecieron ir a probarse al Vasco da Gama, que tenía un equipo profesional femenino. Dos mil kilómetros. Tres días arriba de un bus para llegar a Río: los pies adoloridos, acalambrados como si hubiesen jugado tres partidos de ciento veinte minutos, la espalda partida en dos, esa sensación de seguir moviéndose aunque ya estuviera pisando la tierra carioca. Pero valió la pena. Fue aceptada inmediatamente en el equipo.

Así comienza la carrera de la mejor futbolista de la historia. Estuvo dos años en el Vasco da Gama para jugar otros dos en el Santa Cruz–MG, hasta que le llegó la oportunidad de partir al extranjero, a los dieciocho años, a jugar en el Umea IK, de Suecia.

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 La llegada a Europa lo cambió todo. La liga sueca es una de las más potentes en el fútbol femenino. Con el Umea, recién llegada, ganó la Liga de Campeones de Europa, además de un tricampeonato en la liga sueca, donde también fue trigoleadora. De baja estatura (un metro y 62 centímetros), pero con una habilidad y talento muy por sobre la media europea, a los veinte años ya era considerada como la mejor jugadora del mundo, ganando su primer Balón de Oro el año 2006.

A principios del 2009 remeció el mercado al fichar por Los Angeles Sol, de Estados Unidos, otra de las ligas más competitivas. A mitad de ese año, aprovechó el receso de tres meses en la Women´s Professional Soccer para jugar en el mítico Santos de su país natal. Esos tres meses le bastaron para ganar la Copa Libertadores y la Copa de Brasil. Al año siguiente, fichó en el F.C. Gold Pride, donde ganó otra liga, y después en el Western de Nueva York. Ya el 2012 volvió a jugar en Suecia, donde es una celebridad. Actualmente, milita en el Rosengard.

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 Recibe el pase, uno cualquiera, sobre el costado izquierdo del ataque brasileño. Al frente, las gringas, junto a las alemanas, las mejores del mundo. La pelota viene dando botecitos. Tiene bien pegada a su espalda a la defensa estadounidense. El control con la pierna derecha es rápido, sorpresivo, porque no la mata contra el piso, sino que la eleva de nuevo, con un toquecito de su empeine, regalándosela a la zurda –mientras la defensa la sigue marcando por la espalda–, para que el taco de esa pierna mágica haga un autopase, sin que el balón toque el suelo, pasando éste por la izquierda de su marcadora y Marta, después de un giro, por su derecha. La gringa no entiende nada: la pelota –después del taco en el aire– sale para un lado y Marta para el otro. Trata de agarrarla, de tomarle la mano, pero Marta –como siempre, como cuando era niña y sus hermanos trataban de traerla de vuelta a casa– se arranca. Ya dentro del área, sale otra marcadora y se come un amague de su pierna izquierda, teniendo que apoyar sus manos en el pasto para no caerse, mientras Marta ya está frente a la arquera y define con un derechazo junto al primer palo.

Este gol no lo marca en un amistoso donde se entrega un trofeo de lata regalado por un auspiciador, sino en la semifinal del Mundial de 2007, jugado en China. El relator brasileño, emocionado por la cercanía de un título inédito, grita, casi llorando: “¡No hay palabras para describir el gol de Marta! ¡Brasil, finalista del campeonato mundial de China!”.

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 Marta ha ganado cinco Balones de Oro, todos consecutivos, en los años 2006, 2007, 2008, 2009 y 2010. Marta ha ganado la misma cantidad de Balones de Oro que Lionel Messi. Marta ha convertido 105 goles en la selección brasileña (número que seguramente seguirá aumentando). Marta ha convertido más goles que Pelé en la selección brasileña. Nadie ha convertido más goles que Marta en la selección brasileña.

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 Esa final del mundo, en el 2007, terminaron perdiéndola contra Alemania. Marta fue elegida mejor jugadora, además de resultar goleadora del campeonato, pero sin la copa, no es más que un premio de consuelo. A nivel femenino, Brasil es un equipo del montón. Nunca ha ganado un mundial ni una medalla de oro en los Juegos Olímpicos. La única final que ha jugado en toda su historia, fue esa que perdieron el 2007. Sólo con la presencia de Marta se han convertido en un equipo importante. Como Messi, la gran deuda de Marta es no haber sido campeona del mundo. Aunque también es cierto que su equipo no es un saco de estrellas, como Argentina.

Pero en Brasil, es una leyenda. Goleadora absoluta de la selección, es la única mujer que tiene las huellas de sus pies en el mítico camino de la fama del Estadio Maracaná. En las Olimpiadas de Río de 2016, cientos de hinchas brasileños que se habían comprado la número 10 de Neymar, optaron por cambiarle el nombre a la camiseta, sustituyéndola por el de Marta (el destino, eso sí, quiso que el equipo de Marta quedara eliminado en semifinales, mientras que la selección masculina terminaría obteniendo la medalla de oro, único torneo que faltaba en sus atiborradas vitrinas).

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 Bicicletas, amagues, gambetas, movimientos de cintura, cambios de velocidad. Le encanta, como Ronaldo, definir pasándose a la arquera.

Jugando por Santos: llega con el balón dominado en tres cuartos de cancha, a la primera la despacha con un autopase, sigue corriendo hasta que el balón vuelve –solito– a posarse en su pie izquierdo justo en el momento en que otra defensa llega a cortarle el paso, pero la deja atrás con un toquecito y enseguida mueve la cintura para desplazar a su tercera marcadora, ya dentro del área, ya sabiendo que sólo queda enfrentar a esa arquera que viene saliendo a achicar –muerta de miedo, hay que decirlo–, pero le basta un enganche con la zurda para dejarla tirada en el pasto; y ahora tiene el arco a su disposición –como cuando era una mocosa jugando en las canchas de tierra de Dois Riachos–, y entonces decide hacer lo que antes no hizo: define de rabona.

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 Pero no todo es fútbol. El año 2010, fue nombrada por Naciones Unidas como embajadora de Buena Voluntad. Tiene dos funciones: trabajar para disminuir la pobreza y por la autonomía femenina. De ambos temas conoce bastante, porque los vivió en carne propia.

Ser la mejor del mundo en un deporte tan machista como el fútbol la transformó inmediatamente en un símbolo. El ejemplo basta, pero también se acostumbró a hablar del tema: “Soy jugadora de fútbol profesional y sé que no se puede ganar con solo la mitad del equipo. Sin embargo, esto es lo que ocurre cuando se discrimina a las mujeres y las niñas. Las mujeres tienen que tener el mismo acceso a la educación, el empleo, los servicios de salud y oportunidades”, afirma con seguridad en un video patrocinado por Naciones Unidas.

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 A pesar de todo, sigue siendo una mujer jugando al fútbol. Y no ha salido indemne. Hay cosas sutiles, como por ejemplo su sobrenombre: “Pelé con falda”. Eso basta, por más bien intencionado que esté, para quitarle una individualidad como mujer. Ella no es Marta, sino Pelé con falda. El mismo “Rey del fútbol” la ha alabado constantemente, pero al mismo tiempo señala que la principal diferencia entre ambos es que “ella tiene las piernas más bonitas”.

Con Marta se han hecho evidente las diferencias entre los futbolistas de ambos sexos. Según ha señalado recientemente su representante, ella gana en un año lo que Messi y Ronaldo en una semana, y eso que es la mejor del mundo.

También ha sido víctima del típico rumor: las futbolistas son lesbianas. Todo surgió cuando fue transferida desde el fútbol sueco a Los Angeles Sol, en Estados Unidos, en 2009. Habría pedido que contrataran también a la sueca Johanna Frisk, compañera de equipo desde hace muchos años en Suecia. Esto bastó para que un periodista sueco inflara el rumor de que ambas eran pareja. Marta lo ha desmentido insistentemente y no ha existido prueba alguna de que la historia tenga fundamento. La explicación sería más sencilla y de índole idiomática en vez de amoroso: su amiga Johanna Frisk hablaba inglés y sueco, y Marta sólo sueco, por lo que su compañía le habría servido bastante para aclimatarse a su nuevo país.

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 La historia de Marta es similar a la de tantos futbolistas: el comienzo en la miseria, el hambre, la falta de educación, un mundo en que tienes todo en contra salvo la pelota. Pero el muro, en su caso, era mucho más alto. Para ganarse el derecho a jugar al fútbol, tuvo que derrotar primero a sus hermanos y su madre, y luego a una sociedad rebalsada prejuicios machistas contra las mujeres que osan tocar una pelota. La pregunta que queda en el aire, entonces, es cuántas niñas como Marta han ido quedando en el camino porque no han podido o no han querido escalar ese muro.

 

* Editor General de la Revista De Cabeza. Autor de las novelas La luz oscura y El Gordo. En el 2015, obtuvo el Premio de la Revista de Libros por la crónica El efímero vuelo de Aviación.

By | 2017-01-11T16:25:08+00:00 Enero 11th, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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