MILENIOS DE PATEAR EL BALÓN

Por Joaquín Barañao

 

Si una inteligencia externa nos visitara, su asombro afloraría a lo largo de varias avenidas. Nuestros rituales reproductivos, esa afición por sincronizar sonido y cuerpo que llamamos baile, y la costumbre de anudarse una corbata al cuello son algunos de los hábitos que para ellos podrían resultar inexplicables; comportamientos ajenos a lo que entenderían por civilización, maneras misteriosas.

Pero hay un rasgo que causaría especial perplejidad. Una expresión idiosincrásica de paralelo ausente en las galaxias conocidas: la cuasi-paralización de mercados y sociedades enteras por el desenlace de veintidós especímenes detrás de un balón. Los visitantes comprenderían nuestras guerras, estructuras políticas y artes visuales, pero les tomaría tiempo asimilar que, tras la derrota de Inglaterra en la semifinal del Mundial de 1990, la demanda eléctrica aumentó el equivalente a toda la capacidad instalada de la República Democrática del Congo solo porque medio país pasó las penas con una taza de té. Tendrían que vivir un buen tiempo entre nosotros para concebir que en 1950 veinte seres humanos optaran por acabar con su vida antes que sobrellevar el resto de su existencia padeciendo el sabor de la derrota. O que unas clasificatorias mundialistas agudizaran un desencuentro diplomático que acabó en un conflicto armado entre dos países centroamericanos. O que las clasificatorias rumbo a Alemania 2006 condujeran al inicio del fin de cinco años de guerra civil.

Para quienes hemos desplegado nuestra existencia en este rincón del Cosmos, nos resulta menos ajeno. La pulsión por patear pelotas viene desde las entrañas. Ya en el tercer siglo antes de Cristo los jinetes chinos pateaban bolas rellenas de plumas y pelos hacia una red. Los antiguos griegos practicaban la esferomaquia con vejigas de cerdo infladas recubiertas en cuero. Los romanos, cuya especialidad era copiarle a los griegos, desarrollaron su propia versión de la esferomaquia, a la que llamaron harpastum.

Los romanos expandieron sus virtudes y sus vicios a lo largo de los dominios del César, incluyendo Britannia, allá lejos, en los arrabales del Imperio. Si bien desdibujado por los siglos, un tenue hilo sugiere continuidad entre esos peloteos de la antigüedad y el “fútbol de carnaval” del medioevo inglés. Masas caóticas de cientos de participantes luchaban por desplazar la bola hasta un extremo del pueblo, a través de callejones angostos, sembradíos, esteros o lo que fuera. Había pocas reglas, pero sí se prohibían los asesinatos. Del devenir posterior de estas costumbres impetuosas sabemos más gracias a quienes abogaban por su inexistencia. Los vetos de las autoridades inglesas son una letanía que se repite por los siglos de los siglos.

Durante el siglo XIX, la rivalidad de las universidades y colegios británicos volvió urgente homogenizar las bataholas. Cambridge cuajó el primer código en 1846, y pasaron menos de veinte años para que se convergiera a la esencia del juego que conocemos. En un bar, como era de esperarse de un piño de británicos.

Para cuando el caldo del fútbol estuvo homogéneamente cocido, dos catalizadores simultáneos lo volvieron el deporte soberano. El primero de ellos, el rol del Imperio británico como principal exportador mundial de cultura popular. No era la primera potencia de la historia en oficiar ese papel, pero sí la primera en ejercerlo a escala planetaria. El segundo: la frugalidad. La pelota puede ser suplida por cualquier objeto medianamente esférico, como podrá dar fe cualquier niño que destinó recreos a patear una cajita de leche. Ello permite a los patipelados del África subsahariana encarnar a Messi o Ronaldo cualquier tarde de domingo, mientras los potenciales fanáticos de Roger Federer deben partir por encontrar bolas que den bote. Maradona decía: “crecí en un barrio privado… privado de luz, de agua, de teléfono”, y Cristiano Ronaldo provenía de una casa tan pequeña que mantenían la lavadora en el techo. Así, la semilla encontró terreno particularmente fértil en Europa y Sudamérica.

El renacimiento de los Juegos Olímpicos encontró al fútbol en plena fase de consolidación. En las primeras ediciones se trató de un asunto semi improvisado. En San Luis 1904, la entrañable Parroquia de Santa Rosa obtuvo medalla de bronce tras recibir seis goles y no marcar ninguno. Pero hacia la década de 1920 el balompié ya era para los cortadores de boletos la niña de sus ojos. En una era previa a la televisión, Uruguay, ese lunar insignificante al sur de todo lo importante, asombró a los europeos con su juego y se quedó con la medalla de oro en los dos primeros Juegos Olímpicos a los que asistió. Ocurrió, en palabras de Eduardo Galeano, “algo así como el segundo descubrimiento de América”.

Con los años, la restricción a la participación de profesionales en los olímpicos se transformó en una sofocante camisa de fuerza para un deporte con sed de universalidad. Con el cemento del estadio Centenario aún húmedo, el pitazo inicial de la era de los mundiales se oyó en el cielo de Montevideo a las 3 P.M. del 13 de julio de 1930. El torneo se lo llevó el dueño de casa, tras una ardorosa final contra Argentina. Tanto, que el árbitro belga huyó al puerto disfrazado de policía.

Pero más importante que el resultado fue el precedente como espectáculo de masas. Si alguien todavía dudaba del poder de arrastre del fútbol, la primera cita planetaria constituyó un tour de force. En adelante, la civilización contemporánea tendría que aprender a convivir con interrupciones cuatrienales del normal rotar de la Tierra. Es difícil exagerar el impacto. Hoy, al tipear Battle of Bordeaux Wikipedia prioriza una semifinal particularmente violenta de Francia 1938 por sobre la batalla del año 732, en la que 80 mil musulmanes despedazaron al ejército del duque de Aquitania.

En años sucesivos, el trofeo pivoteó regularmente entre Europa y Sudamérica. Los británicos, quienes en un inicio no se rebajaban a desempacar botines para lo que consideraban un campeonato indigno de su nivel, hicieron por fin su arribo en Brasil 1950. Inglaterra enfrentaría a Estados Unidos, un seleccionado de aficionados que contaba entre sus filas a un profesor de secundaria, un conductor de coche fúnebre, un lavaplatos de Manhattan y un cartero. Su propio entrenador describió a sus jugadores como “ovejas listas para ser sacrificadas”. Esa tarde, un extraño cable brotó desde Belo Horizonte: “England 0-U.S. 1”. Los editores del New York Times tardaron en imprimir el resultado porque pensaron que se trataba de un error de transmisión. Brasil, el otro favorito, exhibió un señorío aplastante a lo largo de la copa, pero ni siquiera el más poderoso puede contra los milagros, que fue lo que encontró en la final ante Uruguay. El director técnico, temiendo por su vida, se quedó dos días en el estadio, y cuando por fin emergió lo hizo vestido como mujer de la limpieza.

Brasil se desquitaría en 1958 y 1962, gracias a dos fenómenos. El primero de ellos, un delantero tan destellante que el Presidente del país lo declaró “tesoro nacional oficial”, de manera de impedir su partida. Pasaría a la historia como O Rei. El segundo, un puntero que, años después de perder su virginidad con una cabra, desplegaba su magia con una pierna seis centímetros más corta que la otra. Garrincha, lo llamaban.

Inglaterra viviría también su ocasión de saborear la revancha. En Wembley, un recinto que Pelé calificara de “la catedral del fútbol”, derrotó a Alemania Federal. Los “inventores del fútbol” fueron bendecidos con un gol tan polémico que el guardalíneas que lo concedió es hasta hoy la máxima estrella del fútbol azerbaiyano, y el único juez de línea en cuyo honor ha sido nombrado el principal recinto deportivo de un país.

Con el paso del tiempo, los mundiales serían escenario de pasajes sin los cuales la historia contemporánea quedaría coja. Los estadios fueron testigos del “fútbol total” de la Naranja Mecánica de Johan Cruyff, de un esfuerzo concertado por legitimar la dictadura argentina, del poder descarado de los petrodólares kuwaitíes, de rounds de la Guerra Fría sobre el césped, de un gol imposible que Maradona solo validó por las hemorroides de un inseguro árbitro tunecino, y hasta de un pulpo alemán cuyas predicciones no pocos incautos interpretaron como ajenas a este mundo. Un cúmulo de emociones que ayudan a entender por qué en Alemania las emergencias cardíacas se multiplican por 2,66 durante los noventa minutos en que su selección disputa encuentros mundialistas.

Mientras todo esto ocurría a nivel de selecciones, los clubes aprendían también a exprimir las posibilidades del fútbol como fenómeno global. Inspirados en la popularidad de la antecesora de la Copa Libertadores sudamericana, y acicateados por el titular de un tabloide sensacionalista británico, en 1955 las grandes casas del viejo continente dieron inicio a la Liga de Campeones. El Real Madrid monopolizó los primeros cinco títulos, una inmejorable embajada ambulante para Franco, quien ni para sus jornadas de caza olvidaba una radio que le permitiera seguir al equipo merengue. El paso de las décadas dio variedad cromática al pliego de campeones, y transformó al torneo en la expresión contemporánea de lo que alguna vez fueron los gladiadores del Coliseo.

En años recientes, estos clubes, hipertrofiados por los ingresos de la televisión, han construido constelaciones de estrellas. Lucen formaciones de hombres cuyos pases se transan en cifras equivalentes a lo que cuesta un Boeing 737, y sus colisiones son seguidas en vivo por centenas de millones de telespectadores de cada rincón del globo. Messi, en su momento un chico demasiado esmirriado por el cual River Plate no quiso financiar hormonas de crecimiento y cuyo contrato con el Barcelona se firmó sobre una servilleta, concita más atención que casi cualquier poder político. Es por intermedio de héroes como él que nueve meses después del triunfo del Barcelona sobre el Chelsea en la semifinal de 2009 hubo un 16,1% de incremento en los nacimientos en los hospitales de la capital catalana. Y es por ellos que en una encuesta realizada a 1.000 niños londinenses, uno de cada cinco respondió que Jesucristo era un jugador del Chelsea.

La conquista de la Tierra a manos del fútbol ya es completa. La FIFA agrupa 16 miembros más que Naciones Unidas. Solo motas oceánicas que nada más que cartógrafos pueden ubicar en un mapa osan marginarse de esta fiesta planetaria.

En su reporte de vuelta, nuestros visitantes documentarían sin dificultad el advenimiento de la agricultura, por qué la invención de la escritura se volvió inevitable, así como las razones que empujaron la revolución industrial y nos trajeron a la economía del conocimiento. Pero respecto de esta anomalía de la cultura, citarían al filósofo Ludwig Wittgenstein, quien escribía que de lo que no se puede hablar, es mejor callar.

 

By | 2018-06-25T22:59:36+00:00 Junio 25th, 2018|Nueva Edición|0 Comments

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