NO SE LO DIGAS A NADIE

Por Facundo R. Soto

El relato que sigue me lo contó “6” un sábado a la tarde, cuando nos quedamos solos en el vestuario, después de jugar en el Club Atlético de San Telmo. Le prometí que no se lo iba a decir a nadie. La historia la terminó en el quiosco de la esquina, donde nos bajamos dos Gatorade. Después, lo acompañé a tomarse el subte y me quedé pensando algunas cosas…

Mientras cenaban, a las dos semanas de compartir el departamento, “5” le contó que había cambiado de novia y ahora estaba saliendo con Marcela, la referí de Cantillo.

—La de las dos colitas, bah tres —especificó y se rió. También había otra con banderín, pero sin cola —volvió a reírse. A la mañana, cuando tomaban unos mates antes de ir a trabajar, le preguntó si le molestaba que Marce se quedara una noche a dormir en su departamento. El sol recién había salido y entraba por la ventana calentando el piso de madera. “6” se acercó a la maceta donde estaba empezando a crecer la planta de marihuana. Vio un caminito de hormigas. Las aplastó con el dedo, una por una. A las que estaban en el piso les tiró un chorro de agua caliente.

—No, fierita. Ahora esta casa es de los dos. Hace lo que quieras… cuando yo me traiga un guachín vos no me vas a decir nada, ¿o sí?

“5” le dio un abrazo y salió para el trabajo. A “6” ese día le pareció interminable.   Trabajaba de seguridad en un shopping. Se la pasó todo el día deseando que llegara la noche; armando y desarmando planes. Hasta que tomó una decisión y pudo volver a observar a la gente que entraba y salía de los locales, con paquetes y bolsas de regalos.

Cuando llegó a la casa, “6” no tocó timbre. El corazón le latía como una bomba a punto de estallar. Se dio cuenta de que tenía la boca seca y que si hablaba no le iban a salir las palabras. Abrió una lata de cerveza y se la tomó de un saque. Acomodó en la heladera las otras que había comprado en el supermercado chino, una al lado de la otra. Las etiquetas miraban hacia la puerta. Caminó por el pasillo hasta llegar al living. Estaba cerrado. Abrió la puerta, sin golpear. Estaba oscuro. Encendió la luz. No había nadie. Fue al cuarto de “5”. No lo encontró. Bajó para comprar en la verdulería de la esquina. Se apuró por si cerraban. Pidió berenjenas, zanahorias y una docena de huevos. Preparó lasaña de verduras. Abrió otra cerveza y prendió una vela. La apagó. Tuvo miedo de que “5” se confundiera y lo estampara contra la pared de una trompada. Eran las diez y media y su amigo no llegaba. Después de tanto pensar, se decidió a llamarlo, pero saltó el contestador. Se fue a acostar. Había comido un pedazo de queso. Dio vueltas en la cama, pensando, sin poder dormirse. Se enroscó con las sábanas como un canelón. “5” no apareció. Tampoco al día siguiente. Recién lo vio el sábado a la mañana en el entrenamiento de Ezeiza. “6” estaba distante y enojado. Se hizo evidente cuando saludó a los chicos con un comentario y a él lo ignoró. No le dirigió la palabra durante todo el día, hasta que al finalizar el entrenamiento le dijo:

—¿Vas para casa o no?

—Sí, pa. ¿Vos? —le preguntó “5”.

—Sí, también —le dijo “6” cansado, pero contento por la respuesta de su amigo.

En el auto se sentó al lado suyo y le dijo:

—Después quiero hablar con vos, tengo algo importante para decirte.

—Ningún problema, pa.

Esa noche “5” no tuvo ganas de comer lasaña. “6” pidió empanadas. Apagó la tele y comenzó hablar:

—Chabón, estoy muy nervioso, por lo que tengo que… No me aguanto, te lo tengo que decir. Lo pensé mucho.

—Sí, bolu, todo bien. Hablá…

—¿Seguro? —preguntó “6”.

—Sí, fierita. Hablá… ¿A quién mataste? ¿Cuánto querés? —y se rió.

—Bueno, vos sabes que yo… yo nunca estuve con una mina. Bueno, quiero que me… me hagas la gamba. No sé, boludo. Me gustaría probar. O sea… a mí me re caben los pibes. Los chabones son lo más groso que hay sobre la tierra. Somos. Pero… no sé… ¿vos? Vos estuviste… andas con minas… y… no sé… es una idea loca que tengo hace tiempo y ahora más que nunca… No sé si llegás a entenderme.

—Claro, ¿Cómo no voy a entenderte? Mirá… corté con Marcela porque me rompía las pelotas. Quería que me la empomara todo el día y la verdad, yo tengo en la mente al equipo… la mina es re puta. Le cabe todo. Si querés, mientras miramos a Boquita nos tomamos unas cervecitas y la garchamos.

—¿La enfiestamos?

—Sí, pero no te tenés que zarpar conmigo porque ahí sí que se pudre todo.

—¿En serio me estás diciendo?

—Sí. ¿Qué hay de malo? La vamos a hacer gozar tanto a la puta esa, que no vas a querer cogerte nunca más a un chaboncito. Igual, todo bien. Si te siguen cabiendo los tipos no es asunto mío.

—Uy, no sabés lo feliz que me hacés. Ya acabé y todavía no empecé…

—Ja ja. Pero tenés que portarte bien. Te repito una vez más, te zarpás tocándome la japi y te cago a trompadas. Chabón: se corta todo… ¿entendido?

—Entendido. Palabra de hombre. De hombre gay.

—Trato hecho.

—Trato hecho, amigo.

Volvieron de jugar. Llegaron a la casa y “5” llamó a Marcela sin bañarse. La negra llegó a los 20 minutos.

—Parece que está caliente —le dijo “5” a su amigo que se retorcía de nervios en el inodoro, fingiendo leer un comic—, ya viene para acá…

Sonó el timbre. “5” corrió para bajar la música. MGMT pareció desaparecer. Le abrió la puerta y ella entró. Lo primero que hizo fue prender la tele y poner un partido de Boca en DVD. Después destapó la cerveza con los dientes. Marcela se retorcía en el sillón, parecía aburrida. “5” no tenía indicios de calentura. Cortó el salamín en rodajas. Untó una fugacita con queso azul y le puso aceitunas. Hizo lo mismo con otros dos panes. Uno se lo dio a ella, el otro se lo llevó a la boca y el tercero quedó sobre la mesa. Marcela lo miró. “5” tocó el botón del control remoto y adelantó una parte. El partido apareció por la mitad. Empezaban a aburrirse. Se escuchó el botón de la cadena y ella le preguntó si había alguien más en la casa. “5” titubeó: sí, no, sí. Su amigo estaba vomitando en el baño. Apareció descompuesto, con los shorcitos de fútbol y la pija parada, pero se le bajó enseguida. Marcela se quiso ir. “6” temblaba. “5” tenía más sueño que otra cosa. Intentó tocarla. Le pasó la lengua por las piernas. Ella se resistió. “6” la miraba desde el pasillo con una bandeja en la mano y pensaba en lo fea que era. Trataba de asociarla con algún pájaro pero no le vino ninguno a la cabeza. Dijo en voz baja: “las mujeres son el bicho más raro que hay” y se metió en su cuarto. Se acostó a dormir. Soñó como nunca. Desde esa noche no hubo más pájaros en sus sueños.

*Este cuento pertenece al conjunto de relatos Juego de chicos, publicado por Editorial Conejos en Argentina (2011) y por Emergencia Narrativa en Chile (2012).

By | 2017-12-17T21:56:13+00:00 Diciembre 17th, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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