NOTICIAS DE NINGUNA PARTE

Por Juan Manuel Silva*

1

A través del Facebook de un amigo me entero de que hoy ha muerto Carlos Alberto, el autor de uno de los goles más hermosos de la historia. Hace un año, bajo un sol inclemente (a veces me sorprende que luego de tanto tiempo uno no pueda elegir mejores adjetivos) recorrí el Estadio Azteca y me pareció mucho más pequeño de lo que recordaba o de lo que se ve por televisión. También vi a Rubens Sambueza —ese 10 que tanto le gustó a mi papá, quien se terminó de hacer de River por el Matador— en el aeropuerto y sentí algo similar. Quince años atrás, uno de los primeros poemas que esbocé representaba el momento en que dejaba, temporada tras temporada, la casa de mi abuela en Mendoza, con esa sensación de que no la volvería a ver y que ese mundo de mi infancia desaparecería, como terminó ocurriendo hace un año con su muerte. Las calles donde jugamos se hacen más chicas y eso rima con lo que ocurre con los recuerdos. Pero el gol a tres dedos de Carlos Alberto sigue ahí, con esos intensos colores que solo la insidia del sol sobre las cosas puede generar. Esa serie de imágenes detenidas, puestas en movimiento junto a una pelota, son lo más alto que podríamos alcanzar, y lo más probable es que ese no sea nuestro destino.

2

Me alegra que el fútbol sea uno de los pocos deportes que no se puede jugar solo. Que, cuando le regalaban una pelota a alguien en la cuadra, inmediatamente se armaban los equipos (porque dominar y hacerla rebotar contra la muralla no es fútbol). Esa simple certeza hace que todo jugador sea una sombra, un pobre actor que se pavonea sobre el escenario, significando nada. Nadie es imprescindible: sólo quedan fintas, tiros, hachazos, errores y aciertos, casi sin nombres propios. Me alivia pensar que, como la poesía, el fútbol recomienza, no necesita ni periodistas, ni hinchas, ni menos cronistas que intenten sacarlo del espacio popular e íntimo al que pertenece. Algo así ocurre con las primeras preguntas de la literatura y la antigua filosofía: son las que se sigue haciendo el presidente y el último barrendero, el doctor y aquel que no terminó la escuela.

3

En mi familia medimos el tiempo por Mundiales. Mi papá tenía once años para el 62, y creció viendo fracasar a Chile luego de ese tercer puesto, aunque disfrutara a la mejor selección de la historia el 70, esa Holanda formidable del 74 y 78, la brutal ensoñación italiana del 82 y ese monstruo que cambió las reglas del juego el 86. Yo aparecí el 90, y, aunque tenía recuerdos del 86, fue ese año el que marcó mi entrada a este largo diálogo que llamamos fútbol. Mi papá iba por Brasil, y yo —siempre me sentí más cercano a mi mamá— sufrí a la Argentina de penales falsos (1990), de doping ocurrente (1994), de ese Passarella poco convencido (1998), de ese genial y contumaz Bielsa (2002), de mi querido Juan Román Riquelme (2006), de las locuras del Diego (2010) y de la mala suerte de Higuaín y Messi (2014). En todos esos Mundiales estuvo mi papá riéndose de los errores argentinos, pero también reconociendo la injusticia o la torpeza. También estuvo ese mágico partido de Chile contra Italia el año 1998 cuando, al sentir su llanto desde el comedor, agarré a patadas el viejo televisor IRT que descansaba sobre mi cómoda y que, al ir cayendo, mostraba la repetición de cómo Marcelo Salas se había elevado varios centímetros por encima de la cabeza de Fabio Cannavaro para meter la pelota lejos de las manos de Gianluca Pagliuca. El televisor se destruyó por completo, y a mí todavía se me llenan los ojos de lágrimas cuando repito esta jugada en YouTube y escucho al fondo de todo, como una miel trémula, la voz de mi padre gritando ese gol.

4

Mi papá es de Colo-Colo. No sé muy bien la razón, pero desde chico quise ser su antagonista; primero siendo de la Católica (equipo que, creí, aglutinaba a la mayoría de los argentinos del campeonato nacional) y luego, en un rapto de justicia, alentando al equipo que más tristezas y alegrías me ha dado: la U. Siempre he querido llevarle la contra, por eso nunca me gustó la selección chilena ni Colo-Colo: para mí son lo mismo. Y mi papá, como buen chileno, a través de los años me fue mostrando —de la manera más chilena posible— lo que era serlo: esa mezcla de humor y socarronería en la que los rodeos y los dobles sentidos permiten romper las convenciones y mostrar que los individuos no lo son tanto, y que finalmente comparten la miseria, esa constatación de su errores y fallos, riéndose de sí mismos. Y por eso recuerdo con tanto cariño a ese Colo-Colo del 91 y al Chile de Sampaoli, no porque nos hayan mostrado que el triunfo era posible, sino porque esas excepciones a la regla hacen más patente la excepcionalidad del éxito: ellos lograron lo imposible, nosotros seguimos con nuestras vidas, con una felicidad extraña que surge de la intuición de que podemos compartir, de que es posible estar unidos. El resto del tiempo me persigue la risa de mi padre ante la derrota, ante el fracaso. Una risa que, según él mismo, era la que le sorprendía tanto de Ronaldinho Gaúcho y del Brasil de 1970: gente que amaba hacer lo que hacía, que no veía más finalidad en sus actos que el mero ejercicio de practicarlos, como en el amor o en la poesía. Ahora, pienso, me gustaría tener esa alegría que le vi tantos años, día a día, al atender a los clientes en la botillería. Amar el trabajo como única consigna. Que esa sea nuestra felicidad y nos haga libres.

5

Cristián Oyarzo es un buen amigo que conocí en la universidad y con el que comparto el gusto por las bicicletas, la literatura, el humor, las historias familiares y el fútbol. Con él y otros amigos empezamos hace ya varios años a jugar en el Estadio Nacional y luego armamos una especie de liga llamada “La decadencia”. Él es una de las personas más disciplinadas que conozco, tanto en la cancha como en la vida, y me atrevería a decir que junto a Víctor Navas (otro amigo, también lingüista) y mi papá, son los que más me han enseñado sobre jugar a la pelota. A él le decimos Purranque, y a pesar de que corre un montón, le pega con ambas piernas y tiene una fuerza muy poco común para su contextura y su tamaño (una pulga), se dedica más a destruir que a atacar. Con ellos me he dado cuenta de la dignidad y el cariño que representa deponer la vanidad del ataque para defender. Luis López-Aliaga me habló mucho sobre esto, en innúmeras ocasiones, pero su ánimo es más ofensivo.

Le decimos Purranque —como les suele pasar a los provincianos en Santiago— porque nació en Purranque. Parte de mi admiración por su persona tiene que ver con que se haya conectado con la lengua y la cultura mapuche para compartirla con otros. Hace algunos meses estamos trabajando un libro que escribió, realmente hermoso, del que extraje un fragmento que me duele como la primera vez que vi llorar de dolor a mi papá. Dice así: “Estaba en la vieja casa de Oromo-Forrahue, la de cuando era chico, la que quedaba arriba de la cuesta. Era de noche y había una oscuridad de aquellas que solo hay en el campo cuando hay niebla y no hay luna. De pronto escuché los ecos de los rebotes de una pelota de fútbol, ecos que provenían desde la cancha que quedaba junto al río. Yo pensé: «cómo puede ser que estén chuteando en esta noche tan cerrada». Descendí por el camino de piedras, a tientas y a medida que avanzaba, los ecos se sentían más fuertes y a intervalos regulares y espaciados, como golpes de cultrún. Entonces, escuché también los pasos de alguien que venía caminando en sentido contrario al mío. Sentí miedo (sentir miedo es lo primero que se aprende en el campo). El ruido de los pasos entre las piedras sueltas me decían que estaba cerca, pero yo seguía sin verla. Pero el miedo de pronto cesó y fue porque esos pasos me resultaron familiares, los reconocí. «Son los pasos de mi viejo». Y me sobrevino una emoción tan grande que me sacó del sueño y ya en vigilia, sentado sobre mi cama, pude disfrutar por unos minutos la sensación de estar escuchando todavía el ruido que metía mi finado padre al caminar. Sin embargo, con las horas esa sensación se ha desvanecido completamente y ya no puedo evocarla. Lo extraño es que no siento tristeza en lo más mínimo. Lo que siento es asombro de saber que ese conocimiento, los pasos de mi viejo, están guardados en algún rincón de mi memoria”. Trafuya pewma significa «sueño de anoche».

6

Hay una canción de Explosions in the Sky, que me gusta mucho, llamada “The only moment we were alone”. Tuve la suerte de verla en vivo el año pasado, cuando invité a mi hermano Claudio a un festival de música fuera de Santiago, y estuvimos un día entero en silencio, fumando marihuana sobre el pasto, esperando que se sucedieran los grupos hasta mi favorito. “Esta es buena”, le dije. Una hora después, me contestó: “Era buena”.

Con mi papá pasaba lo mismo: todos esos momentos en los que estuvimos solos fueron partidos de fútbol, vistos en el living, él en el sillón y yo acostado encima del sofá —probablemente con caña—, intercambiando una que otra palabra sobre lo malo o bueno que estaba jugando algún jugador o equipo. Mi papá, eso sí, era más fanático de pronosticar lo que pasaría si no se hacía un cambio o si el técnico no se daba cuenta de algo. Yo, riéndome, asentía, como ocurrió hace varios meses cuando conversamos por WhatsApp sobre la final de la Copa América entre Chile y Argentina, y me dijo que “Argentina estaba cagada de miedo”, ante lo que le pregunté por su esposa argentina, mi mamá, y respondió: “Ella no, ella no tiene miedo, pero igual”. Pasada la final, entre risas, cuando mi mamá no estaba viendo, hacía el signo de la victoria, susurrando “Soy chileno, bicampeón”.

Un par de meses después, mi papá comenzó a sentirse mal, dejó de comer y luego de varios exámenes se concluyó que tenía un tumor en alguna parte. Mi hermano, que lleva su nombre, comenzó a ir a la botillería que mi papá regentaba, ocupando su puesto. Por mi parte, el último partido que vi con él fue el clásico contra Colo-Colo que la U perdió 2-0. Recuerdo no haber terminado de verlo y haberme ido un poco aburrido, sin saber que no volveríamos a hacerlo nunca más. Nunca más lo acompañaría a trabajar. Nunca más caminaríamos a la casa de mi abuela. Nunca más. Pienso en esos viajes a la playa por el día y lo que me molestaba que su pequeña camionetita se demorase tanto en llegar. Paciencia, pedía él, mientras ahora siento en mis manos el oro de esas horas sobre el furgón azul con la patente EE-17-44.

Nunca más vamos a ver a Chile perder en el estadio, como ese 21 de julio de 1991 en el que fuimos caminando por Campo de Deportes, con nuestro bolsito lleno de jugo y hallullas, su radio a pilas y dos jockeys para el sol. En un poema escrito hace mucho, titulado “Copa América 1991” escribí esto: “En fin, ignoran que probablemente jamás asistirán a otra Copa América/que no volverán a caminar de la mano/ por Campos de Deportes y Grecia/ y que en algún momento tendrán que despedirse/ dejando de ser padre e hijo”. Mi papá murió de cáncer y trabajo, como casi toda mi familia, a los sesenta y cinco años, el 22 de octubre del 2016.

7

Hoy se fue Carlos Alberto, el de ese gol bellísimo y cenital. Hace unos días, partió mi papá, en la pieza de mi hermana, a pasos de donde pasaran sus últimos días su madre y su padre. He intentado hablar, pensar o escribir algo, y solo junto esquirlas; así mi mamá lo hace con sus ropas, como si en eso pudiese reconstruir su imagen. Buscando algunas en mi celular, me topé con la invitación de la presentación de mi primer libro (libro de verdad, con una editorial real) durante la FILSA del año 2012. Trasandino, se llamó, y abordaba los cruces que ha hecho mi familia de un lado a otro de la cordillera. Contrario a todo lo que creí, no llegó mucha gente al lanzamiento, el editor se demoró y la imagen más potente de ese momento fue la de mi padre con el resto de mi familia escondidos tras el poco público asistente. Apabullado por los nervios y por la posibilidad de contrariarlos, evité los poemas que llevaban sus nombres o que los nombraban, aunque en un lapsus leí uno sobre mi abuelo paterno, y con él comenzó a temblarle la barbilla a mi papá, a quien preferí no mirar, hasta que apareció mi mamá en la breve fila de personas que querían que firmara su ejemplar.

Me pidió una para ella y él, “para tus papis”. Le respondí “¿Para qué, si son mis papás?”. “Por lo mismo” dijo. Terminé accediendo para luego buscar a mi papá y despedirme. “Vino poca gente”, le dije. “No importa, ya después vendrán más”. Saqué otros libros y nunca más mi papá volvió a ir. Fiel a sus ideas, como en el fútbol, sentía que el trabajo en su botillería y nosotros —su familia— éramos lo más importante, más allá de cuestiones frívolas como fiestas y lanzamientos. Tenía razón. Por lo mismo, creo que no necesitamos muchas palabras para entendernos (“Tacere è la nostra virtù” son los versos de Pavese con que Luis López-Aliaga recuerda a su viejo en La imaginación del Padre, libro que me hizo admirarlo como escritor aún más de lo que ya lo hacía), para compartir el fútbol —nuestra lengua común— o una comida. Yo, que he querido que todas las personas que amo sigan vivas en alguna parte de las cosas que escribo, comienzo a aprender a despedirme, con las mismas palabras que mi papá me alentó a querer. Pues si bien nunca quise hablarle de lo que hacía, siempre respetó que optase por hacer libros y escribir poemas. Por eso quise leerle el día que nos despedimos, cuando ya no podía oírme, estos versos que Kenneth Rexroth le dedicó a su amigo William Carlos Williams; porque él vio, como los técnicos verdaderos, lo mejor de mí. Vio la poesía antes que nadie.

Tal vez esa sea la razón por la que me tranquiliza que gente como él se vaya sin público ni alharaca, porque lo que nos queda a nosotros es el ruido y la furia, la borra que anega el corazón, las páginas y los estadios, como la luz que corona la jugada de Carlos Alberto, jugada que mi padre consideró la mejor, y que a mí poco me importa: Llegará el día/ Cuando una muchacha camine/ Por el luminoso río Williams / Que fluye por el paisaje idílico/ Parecido a News from Nowhere/ Y allí dirá a sus hijos:/ “¿No es hermoso? Toma/ su nombre de alguien que/ alguna vez caminó por aquí cuando/ aún se llamaba Río Passaic, y estaba sucio/ con excrementos venenosos/ de hombres enfermos y de fábricas./ Fue un gran hombre. Supo/ que era hermoso entonces, aunque/ nadie más lo notara, tiempo atrás/ en la oscura Edad Media./ Y el hermoso río/ aún corre por sus venas, como/ por las nuestras y corre en nuestros ojos/ y corre en el tiempo y nos hace parte/ del río y también del hombre./ Eso, niños, es lo que se llama/ una relación sacramental./ Y eso es un poeta/ niños, alguien que crea/ relaciones sacramentales/ que perduran para siempre”.

*Escritor chileno argentino. Autor de la novela Italia 90 (2015) y los poemarios Trasandino (2012) y Casimir (2014): obras publicadas por la editorial Calabaza del Diablo. En el 2016 recopiló su obra poética en la antología Acerca de Personas. Es editor de Planeta y Montacerdos. 

By | 2017-04-06T08:53:48+00:00 Diciembre 28th, 2016|Edición Anterior|0 Comments

Leave A Comment