PARTIDO DE MEMORIA

Por Cristián Cox Puga

Suena el fútbol

El fútbol no siempre suena igual. Por más que se discuta que el fútbol es transversal, democrático, que basta con tener un objeto parcialmente redondo y unas cuantas piedras que diseñan una arquitectura invisible de arcos; por más que intenten volverlo -con reglas y profesionalización- una misma cosa en cada lugar, no lograrán nunca hacerlo sonar igual. Y es que el cuerpo de su sonido, el bote de la pelota en el piso, o un chute hacia el firmamento, depende de la cuenca, los cerros, la hora del día y del pájaro que va volando. La física es caprichosa y hace cruzar el tiempo-espacio para hacer sonar el mundo. Y el sonido de la pelota se oye a veces a lo lejos, muy a la distancia, o bien no se oye porque el mundo exterior grita mucho.

Hay un lugar en el mundo donde la pelota suena como en ningún otro. Se llama Ilihue: una pequeña localidad humana repartida en potreros atrapados entre una montaña empinada de bosque nativo y las aguas del Lago Ranco. Pasto, tierra, árboles esparcidos, vacas, caballos, ovejas, cerdos, gallinas componen -en unidades- una superficie irregular de suave lomaje. No existe el llano y su intento más cercano es la cancha de fútbol de la comunidad.  Lo que se escucha suele guardarse entre las lomas. El graznido de una gallina clueca queda atrapado en una hortensia. El chillido de una liebre que se torció una pata, se mandó a guardar en la zarzamora. En Ilihue lo que más suena es el rebote de algo en la tierra, pareciera que todo está conectado a sus lomas de pasto, que son en realidad verdaderas cajas de sonido, ya que el subsuelo está compuesto de piedra y aire. La tierra suena hueca.

Me percaté de esto la última vez que visité en verano la localidad. Yacía una tarde silenciosa, reposaba unos buenos porotos granados a la sombra de un manzano, cuando sentí que una vibración repercutía en mi culo. La vibración pasó a ser un sonido subterráneo. Eran chutes de fútbol, era la pelota rebotando en el piso. Como animal hambriento a la que se le presenta su presa, me levanté agitado buscando la pichanga. No hallé más que la frustración de no poder ver lo que escuchaba.

Monólogos en la garita

Tras la búsqueda del partido invisible, cuando volvía por el camino que conecta Río Bueno con el cordón volcánico del Caulle, escuché unos murmullos que venían de una garita. Adentro estaba el Chita, el Quisca y un anónimo. Borrachos como manga. Ojos vidriosos, jugosos como el cielo de esa tarde. El Chita pertenece a la «Banda de las papas», compuesta por el Chicho, el Chavo, el Chacha, él y su eterna amante, la Potoloco (dicen que nadie la ha visto de frente y, según dicen los Ilihueños, ya nadie la verá jamás porque «se reventó por dentro»). Banda de alcohólicos, mal de Ilihue y ladrones de papa. La última vez se los llevó carabineros por pelarse unas papas de la huerta de una señora que salía dos veces a la semana para  dializarse en Río Bueno, a sesenta kilómetros de distancia. El fiscal de la zona los liberó por ser «más cacho pal’ Estado que para Ilihue». Malos de adentro, robaban papas para cambiarlas por chicha.

El Quisca era otro personaje borracho, pero pacífico. Hace unos años, de curao se le quemó la casa a él y a su mujer, una mujer también ebria y cantante de ranchera. Era una noche oscura y el fuego se encumbraba iluminando todo Ilihue. Los vecinos alertados por el crepitar de la madera encontraron al Quisca en calzoncillos, sobre una roca, contemplando su casa en llamas.

―¿Qué te pasó Quisca? ―le preguntaron.

―La prendí porque tenía frío ―respondió entre lágrimas y risas.

Otra anécdota del Quisca ocurrió en una cancha de golf de la zona.

Tres santiaguinos veraneantes se encontraron en el green del hoyo 4, pensando cómo definir el golpe, cuando el Quisca apareció tambaleándose, con cara de pícaro. Entonces se detuvo frente a los tres huincas y les soltó un peo largo y sonoro; tras ello, una carcajada loca y una maldición en mapudungún. Luego prosiguió su rumbo hacia la nada.

Saludé a los hombres destentados que capeaban el calor dentro de la garita empinando una caja de dos litros Santa Helena blanco. Al Quisca y al Chita los conocía de memoria, los había visto de niño, pero al viejo anónimo, canoso y de mirada perdida, no lo había visto nunca. El trío me saludó con el puro gesto de cabeza, sin habla alguna. Sin embargo, el viejo que no conocía, cuando yo pretendía seguir, me detuvo con una pregunta: «¿Cuándo vuelve a jugar por Pata Gallo?». En un momento de lucidez y confusión, Quisca, Chita y yo lo miramos contrariados.

―Si pueh ―me dice―. Yo me acuerdo cuando usté le pegó al travesaño.

La pregunta del anónimo me refrescó la memoria, me acordé cuando jugué por el  Club Deportivo Pata de Gallo. Me entró un airecito de vanidad y me sonrojé tartamudeando alguna respuesta desacertada. Pero daba lo mismo, los viejos estaban tan cocíos que se pusieron a murmurar otras cuestiones de la vida. Balbuceos de sonidos que naufragaban en la garita, sin ningún oído dispuesto a escuchar. Estaban sumidos  cada uno en sus angustias aplacadas por los litros de chicha y vino que ya habían tomado. Los dejé en el instante que dejaron de reparar en mí.

El partido

Mi primer y único partido por Pata de Gallo fue en enero del 2010.

En unos tijerales conocí a Willy Solís, entrenador del equipo Comercial de Lago Ranco. Equipo de pueblo, consolidado y muchas veces campeón. Él me habló por primera vez del estadio de Ilihue y de los dos equipos más famosos de esta pequeña localidad: Pata de Gallo y Deportes Ilihue. Me invitó a un amistoso entre Comercial y Pata de Gallo un día sábado de febrero, a las 14.00.

Bolso en mano, llegué sin conocer a nadie al estadio. La cancha parecía un trapo maltrecho de tierra y pasto, irregular y chueca. La línea lateral sur, marcada por la memoria de una tiza antigua, limitaba con una zanja profunda, tapada en zarza mora, donde se divisaba apenas el correr de un estero. Caminé observando los peligros de esta banda lateral, asumiendo que por mi posición de volante, me tocaría correr muy pegadito al borde del precipicio. En la línea lateral norte, tampoco había «berma», sino que estaba pegada a una pendiente llena de matorrales y arbustos. La cancha presentaba una pronunciada inclinación en el arco este y un peladero en el arco opuesto. Cada metro cuadrado era una superficie geográfica diferente. Tanteé la cancha con un balón a las 14.00 ―la hora citada― y aún no había llegado nadie. Recién a las 15.30 aparecieron los primeros jugadores de ambos equipos y Willy Solís, quien me dijo que yo jugaría por Pata de Gallo. Feliz me puse la casaca amarilla con una franja negra horizontal en el pecho. Escudo de Pata de Gallo en el corazón, y la pelota ya empezaba a correr por el terreno accidentado.

Fue una pichanga con todas de la ley. Debo haber tocado la pelota cuatro veces. Pero el fútbol da oportunidades y metiendo la pata un par de veces, logré recuperar la pelota y generar dos jugadas de peligro. Luego, el destino me cedió un rebote, muy cerca de la banda del abismo, a dos metros pasado la mitad de cancha y cuando la puse en el piso se me cometió una falta, cobrada por el mismo Willy Solís que hacía de árbitro.

Entonces me dieron en bandeja la caprichosa.

Barrera, arco chueco de madera, una tarde de sol alto, algo de viento que remecía las copas de ulmos y laureles. Cancha en bajada. Pegué un zambombazo con el empeine.  De chiripa, por el terreno irregular, por el viento de aquella tarde, la pelota tomó esas curvas indecisas cuando es muy liviana y se incrustó en el travesaño, repercutiendo en todas las lomas de Ilihue, seguidas por un ¡uhhhhhhh! coral que salía entre los matorrales. Recién ahí me percaté que había gente contemplando el partido. Entre la sombra y las matas de maqui y otros arbustos, divisé algunos ojos oscuros y chascas canosas y desparramadas, de viejos que seguían muy atentos el partido. Había una hinchada. Los feligreses de Pata de Gallo. Tras el tiro libre, comenzaron a salir unos gritos desde las tribunas…. «¡pásenle la pelota al gringo!»… El partido acabó con un 2-0 para Comercial, pero para mí había sido una victoria. Me había ganado, parcialmente, a la hinchada de Ilihue ¿Quiénes eran esos viejos de ojos de pozo, fondeados a la orilla del estadio de Ilihue? El viejo anónimo de la garita era uno de ellos.

En el camarín se abrieron unas chelas y no se hizo comentario alguno, al rato tuve que sacarme la camiseta que nunca más me volvería a poner, aunque haya intentado jugar el verano siguiente.

Esa vez fui citado a la misma hora, de un sábado similar.

A las 15.30 no había llegado nadie. A las 16hrs vi a unos viejos meterse ―con su cajita de vino en mano― a la galería norte y esconderse entre el pasto largo y las ramas. Llegaron tres jugadores de Pata de Gallo y un equipo rival que fue a puro sacar la vuelta. Pata de Gallo no se presentaba y perdía por walkover. Fui testigo de un conflicto interno en que las jóvenes figuras, peleadas entre sí y con los directivos de Pata de Gallo, no llegaron a jugar. Desde la tribuna el coro de viejos les reprochaba la actitud a los tres pelagatos que habían llegado y que no tenían ninguna culpa. La tarde se fue fundiendo y quedé yo, los viejos de la tribuna y una pelota sola. No se jugó a nada ni tampoco sonó la tierra de Ilihue. Me fui tarde, como a las 18hrs, triste, sin pichanga en el cuerpo y los viejos seguían ahí, esperando algo. Pata de Gallo nunca más se presentó a jugar.

Los partidos que quedan

Días después de mi encuentro con el caballero anónimo en la garita, volví a la cancha de Ilihue. Fue una tarde de los últimos días de febrero. Me senté en la galería norte, fondeado entre unos pastizales, bajo la sombra de un maqui. Miré la cancha vacía y pensé en los viejos hinchas de Pata de Gallo, en el fútbol y en la soledad. Vi miles de partidos imaginarios, pelotas que se iban a la zanja, peleas, cientos de «tercer tiempo», un gol de mitad de cancha, un arquero tumbado y una cerveza helada de sábado, tras una jornada entregada al fútbol. El tiempo, los cambios, dirán que la globalización, que la desintegración de la población de Ilihue, la pérdida del sentido de comunidad, la migración de los jóvenes, la llegada de los huincas, el evangelio, la educación y el alcoholismo acabaron con el Club Deportivo Pata de Gallo. Yo diré algo más, algo de lo que me percaté esa misma tarde. La pelota ya no corría ni sonaba en Ilihue, y las tardes quietas y silenciosas de sábado eran una condena que  los parroquianos de Pata de Gallo aplacaban yendo al estadio para ver correr un partido imaginario, un partido dibujado mentalmente con ayuda de los márgenes y los recuerdos de la única cancha de sus vidas.

By | 2017-04-06T08:54:44+00:00 Febrero 3rd, 2017|Edición Anterior|0 Comments

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