PICOS, PICHULAS Y PORONGAS: UNA EPOPEYA DE CAMARÍN

Por Feisal Sukni García

Un lugar. No cualquiera. Lo suficiente amplio y lo suficiente estrecho. Controlada promiscuidad, sonriente hacinamiento. Territorio del silencio y del grito. Del vapor del triunfo y el frío de la derrota en los descuentos. La última palabra antes de empezar. La astucia del descanso. El templo del final. Cuando se cierra la puerta del camarín comienza el rito. Corren las vendas, teclean los toperoles contra la baldosa o la madera. El calorub se huele de fondo. Silban los cordones al apretarse. Las medias crujen lisas. Se habla del rival. Hay risas. A veces no.

El delantero, narciso por definición, suele tener un pene de difícil categorización. Lo que sí es inevitable es que la percepción que el goleador tiene de él es muy alta. Se sabe guapo aunque es feo. Se siente especial pero es un tipo corriente. Con la 7, la 9 o la 11 en la espalda se endurece. El sistema venoso de su callampa se enciende. Su ego está tan inflamado como su entrepierna. Es un goleador. Nació para anotar. Tiene derecho a ser egoísta. La gloria le susurra al oído y sucumbe al canto de sirenas. Es el precio de inflar las redes, pero la verdad es que su órgano suele ser promedio, no como el del talentoso mediocampista. El virtuoso o el creador, en su generalidad calza poco, casi siempre el zapato más pequeño suele ser el del que juega de 10 o de 8. Pelé y Maradona calzaban 39, el Dr. Sócrates 38 y medía 1,92. Este arquetipo de jugador tiene un falo mediano inclinándose hacia lo pequeño. Pudoroso, según la función que se tenga en la cancha, el volante de creación no se caracteriza por un miembro poderoso o del que se haga mucha gala. Sabe que lo suyo no es el tamaño sino el juego, el divertimento, la seducción, lo colectivo, el todo por sobre la parte.

Esto no sucede con la línea más defensiva y el arquero. Los de atrás son los de atrás. Van últimos pero meten primero. Hombres aguerridos deberían tener vergas dignas de su compromiso y vehemencia, pero no. La leyenda de que hombres grandes poseen picos grandes es falsa. No hay evidencia clara y distinta de una directa ecuación entre tamaño corporal y la medida del bálano. Pero sí se puede advertir que entre los defensas hay dignos extremos. Desde el más contundente del camarín, con apodos como caballo o burro, hasta el más modesto. Pero el defensa no se achica. Enfila hacia las duchas sin bajar la cabeza. Se sabe poderoso aunque entre sus muslos haya más carencia que abundancia.

El futbolista, profesional o amateur, logra –de algún modo misterioso- hacer dialogar sus funciones tácticas con sus dotes sexuales. Mitos añosos lo confirman como el aterrador tamaño de la pirula del puntero izquierdo Horacio Simaldone, el grosor y oscuridad del wañaño del defensa central Fernando “El león” Astengo o la fastuosidad de Faustino Asprilla, aplaudido tras su primera ducha en el camarín de la Universidad de Chile del 2003. Cosas que se escuchan en los vestuarios. Como la anécdota que describió Guarello y Chomsky, en la Historias Secretas del Fútbol Chileno II, sobre Alfio Basile y la selección argentina del 91. El técnico había recién asumido la albiceleste. Era un partido de entrenamiento y los jugadores flojeaban y en el entretiempo “Coco” entra al camarín, los putea y sale. De pronto, regresa y mira a Fernando Gamboa y le grita ¡Y vos Gamboa no podes tener una poronga tan grande!.

El arquero exuberante posee un manguaco mediano, casi chico, pero lo hace crecer con actitud, desparpajo y confianza. Con facha. Guantes limpios y fosforescentes. Muy bien combinado entre pantalón y camiseta. Pelo mojado. El arquero eficiente, y por qué no decirlo, más feo y humilde, suele contar con un albatros entre las piernas. Vuelan juntos de palo a palo. No se apoyan en grandes marcas deportivas. No sacan de sobrepique ni patean penales. La mitología nacional reconoce a Nelson Tapia entre aquellos.

Quien sí detenta un lugar en cada camarín es ese detestable personaje que no se ducha.

En su bolso no hay toalla. Llega semi vestido al partido. Desprecia el camarín porque sabe de su pequeñez. Teme ser descubierto. Me ducho en mi casa se le escucha decir. Siempre se va pronto. Siempre lo llama su mujer. Evita la desnudez fraternal del vestuario, porque siempre es visita.

La frondosidad de la zona genital también oscila según posición en la cancha. El defensor se depila menos que el delantero. La vanidad gana por goleada entre los atacantes, en su mayoría lampiños. El jugador de marca no se depila, pero se rebaja. Se recorta. Poda pero se respeta. Sabe que el bello masculino pesa en la cancha. El volante de contención con bigote o el central de frondosa barba honran sus puestos y sus guascas, sean como sean, porque saben que su honor es su lealtad. El atacante-delantero-punta suele estar bien afeitado. Rostros lozanos. Rasurados. Dispuestos a recibir la bofetada y esperar el pitazo del árbitro. Caras de niños frágiles buscando la compasión y la gloria. El delantero profesional sabe que será fotografiado. El amateur sabe que no, pero quisiera. Se busca en el espejo. Ensaya festejos. Imagina. El rústico central no imagina, sabe. Sabe que su única condición es la confianza. La fe en su fuerza, en su ubicación, en conocer sus limitaciones. Sabe que nunca será la figura del partido y eso lo calma. El creador, como tal, conoce la osadía más que el sudor, y el aplauso después de tirar un túnel vale casi más que un gol. Es desprolijo porque tiene talento. Barbas insípidas, mal cortadas. Cortadas prolijamente para que parezcan espontáneas. Tienen sentido de personaje los volantes creativos. Abundan los hipsters entre ellos. Tienen sentido del rigor los que destruyen. Correr y meter. No hacer una de más ni una de menos. Nada les importa salvo el equipo. Empujan el scrum del fútbol desde adentro a puro huevo, a puro pelo.

Diucas negras, moradas, rosadas. Pichulas curvas, torcidas, lacias. Chotas gruesas y pequeñas. Grandes y medianas callampas. Porongas ocultas detrás del mato grosso. Insondables. Este arquetipo, frecuente en el siglo XX, ha entrado en retirada. Los pelos han sucumbido pero no lo que representan. Cada jugador le debe lealtad a su equipo, a su camarín, a su historia y a su pija. Todo se honra sobre la cancha. La vieja, el abuelo, la memoria, el padre, el amigo, el que salta contigo en un córner o el que se barre para salvarte el pellejo. El que no hace nada salvo el gol y lo hace todo. El que grita y ordena. El que le come la cabeza al rival. El que palabrea al árbitro. El que apoya de afuera. El que paga la cuota y juega poco. El que juega mucho y paga poco. El que hace los cambios, de ese nada se sabe. Nadie lo quiere. Dicen que jugaba. No se le ha visto desnudo, entonces se desconfía.

By | 2017-11-12T11:01:53+00:00 Noviembre 12th, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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