RADIOGRAFÍA DE UNA PASIÓN

Por Joaquín Barañao*

Adaptación del prólogo del libro Goles Son Historias (Editorial Forja, 2016), de Juan Moya y Sebastián Ubilla.

* * *
El 27 de julio de 2012, 900 millones de individuos a lo largo del globo se apernaron a sus sillones para telepresenciar la ceremonia inaugural de los trigésimos Juegos Olímpicos de la era moderna. Se daba inicio al mayor esfuerzo de coordinación deportiva de la historia de la humanidad: 10.768 atletas disputando 302 eventos en 26 disciplinas.

Cuatro años después fue el turno de Rio de Janeiro. La población había crecido en 310 millones, la televisión sumó casi 1500 días de consolidación planetaria, y la parrilla añadía el rugby y el golf al ya superabundante menú programático. Pese a ello, no se igualó la audiencia de Londres. La explicación natural parece ser el horario brasileño, desfavorable para los grandes centros urbanos de Europa y Asia.

Sin embargo, los números dejan a la vista otro fenómeno. Solo 754 días antes de la inauguración  de los Juegos de Río, 1.030 millones de individuos habían posado sus ojos sobre la pantalla para presenciar una gesta deportiva que tomaba lugar exactamente en la misma ciudad y en el mismo horario. Ese titán del rating, desde luego, era la vigésima Copa del Mundo de fútbol.

Los olímpicos ofrecen un pliego copioso de emociones. La belleza de la gimnasia, la coordinación exquisita del nado sincronizado, la potencia eléctrica del atletismo. Pero el fútbol es un fenómeno aparte, más parecido a una expresión ritual que a un pasatiempo de fin de semana o un recurso para la quema de calorías sobrantes. Tan popular, de hecho, que se ha resuelto impedir que el firmamento completo de estrellas de la talla de Messi o Ibrahimovic tome parte de la cita de los cinco anillos. En la práctica, ello configuraría un nuevo mundial, capaz de eclipsar a los otros 27 deportes juntos.

¿Cómo se explica esta condición de primus inter pares del balompié, cuya Copa del Mundo es capaz de opacar a una competencia en que se disputan 306 medallas de todos los otros deportes?

Las razones más comúnmente esgrimidas saltan a la vista. La primera de ellas es la frugalidad de la infraestructura requerida. Disponga de una superficie medianamente plana y sin demasiados árboles entre medio y ya casi estamos. Añada cuatro ladrillos en desuso para hacer las veces de arco y solo falta la bola. Para seres con genuina sed de jugar, la pelota puede ser suplida por cualquier objeto no cortopunzante, como todo profesor de enseñanza básica podrá atestiguar. Esta sencillez franciscana permite a los “patipelados” del África subsahariana emular a Neymar cuando sea que arda la sed de gol. Maradona decía: “crecí en un barrio privado… privado de luz, de agua, de teléfono”, y la casa de infancia de Cristiano Ronaldo era tan minúscula que la lavadora pasaba sus días en el techo para no desperdiciar espacio vital.

La segunda razón es la emoción que provee la impredecibilidad de los resultados. Es hermoso contemplar a Usain Bolt destrozar a sus adversarios y cruzar la meta con sonrisa de cumpleaños; pero lo es en el mismo sentido que es hermoso admirar al Circo Imperial de China o una ejecución impecable de las mazurcas de Chopin: una exhibición fabulosa de lo que el ser humano es capaz de hacer, pero cuyo desenlace, por bello que sea, esperamos de antemano. En el fútbol, en cambio, la posibilidad de que los David derroten a los Goliat está siempre al acecho.

Considere, por ejemplo, la Eurocopa de 1992. Dinamarca no logró superar la etapa clasificatoria, y a días del puntapié inicial sus seleccionados vacacionaban de guata al sol, mientras su técnico redecoraba la cocina. Entonces, estalló la guerra civil en los Balcanes, y los daneses fueron invitados a tomar el cupo que Yugoslavia (en irremediable camino a dejar de existir como tal) dejaba vacante.

Michael Laudrup ni siquiera se dignó a aceptar, pues estimó que, con una pretemporada más cargada a la piña colada que a las sentadillas, arriesgaban una vergüenza por la cual no se justificaba interrumpir su bronceado. Pese a todo, Dinamarca doblegó en semifinales a la Naranja Mecánica de Van Basten, y en la final a Alemania, el único equipo que ha sido más que campeón del mundo, pues a la oncena de la RFA que levantara la Copa en Italia ’90, se sumaban los refuerzos de la RDA que proveía la unificación.

Más aún, los marcadores suelen ser tan ajustados que la suerte rara vez está echada. O, como repiten los cantagoles, “esto no se acaba hasta que se acaba”. En julio de 2005, Mark Houghton no pudo soportar la derrota parcial de su amado Liverpool por 3–0 ante el AC Milan. Colgó su cinturón de cuero de un gancho de la cocina, ciñó su cuello a él y dejó caer el peso de su cuerpo. Minutos más tarde, los rojos igualaron a tres, triunfaron en penales y cimentaron el denominado Milagro de Estambul. El cuerpo ya sin vida de Houghton fue mudo testigo de la euforia que sacudió las calles de Liverpool.

El tercer elemento que subyace a la primacía del fútbol es la sincronía de su desarrollo con el del proceso de la globalización. Durante los últimos cinco milenios, un desfile de imperios experimentó el ciclo clásico de ascenso, luego detentor del rol de pináculo de la civilización humana, y finalmente declive o conquista por parte de una fuerza superior. Lo vivieron asirios, persas, macedonios, romanos y muchos otros. Sin embargo, esas potencias operaban a escala regional. Incluso el imperio mongol, con un tamaño equivalente a 2,8 veces Brasil, nunca puso un pie fuera de Eurasia. Los imperios español y portugués tuvieron alcance transcontinental, pero la comunicación era tan lenta y engorrosa que emplear el concepto de “globalización” para referirse a ellos sería tan prematuro como afirmar que la carrera espacial comenzó con los globos de los hermanos Montgolfier.

Al Imperio británico, en cambio, le tocó en suerte encaramarse a lo más alto del poder político en el preciso momento de la historia humana en que el desarrollo del transporte y las telecomunicaciones hicieron por primera vez posible la exportación de cultura a nivel planetario. Y resultó que los británicos mataban sus domingos, entre otras cosas, al ritmo del balón. Si el telégrafo y el ferrocarril se hubiesen retrasado un siglo, bien podríamos celebrar en Plaza Italia los triunfos de nuestros beisbolistas.

Pero todo eso no basta para explicar el delirio por veintidós tipos detrás de una esfera. Falta un elemento esencial. Respecto a la frugalidad de infraestructura, el fútbol comparte el espacio con las carreras de fondo y las de velocidad, o con el lanzamiento de objetos, por ejemplo. En lo que a impredecibilidad se refiere, ocurren cosas semejantes con el hockey y el balonmano. Y en lo referido al influjo unificador del Imperio británico en ese momento clave de la historia, faltaría explicar por qué el fútbol se impuso por sobre el críquet.

Ese ingrediente clave, ese comodín en la baraja, es lo que Galeano llamaba “el orgasmo del fútbol”: el gol.

No hay otra pasión humana que cristalice de modo tan fugaz las esperanzas de gloria, o que derrumbe de manera tan efímera los sueños de años. No hay otros apetitos que se sacien con semejante paroxismo, o anhelos que implosionen como respuesta a tal frenesí.

Los fanáticos del tenis pueden celebrar unas 30 veces por set. Los incondicionales del básquetbol de la NBA, 55 por partido. Las hinchadas del último mundial de rugby, 7,3 por encuentro. Pero los feligreses de Wembley o del Maracaná solo pueden liberar sus gritos contenidos 1,3 ocasiones por match. Exiguas 1,3 exaltaciones por cada noventa minutos de dientes apretados y uñas desgastadas. La escasez vuelve al gol la gema suprema de la experiencia deportiva, el diamante esquivo, la cúspide de las epopeyas de los tiempos de paz.

Los británicos convergieron a un arco de 17,86 m2, pero de forma arbitraria. Bien pudo ser el doble, o el triple, dimensiones que hubieran hecho del fútbol algo muy distinto, con marcadores de dos dígitos por cada equipo. Galeano posiblemente concordaría, como buen hombre y tres veces esposo que era, que orgasmos a esa tasa se diluirían al punto de dejar de ser orgasmos.

* Autor de los libros Historia Freak del Fútbol (2016) e Historia Universal Freak (2015), ambos publicados por Editorial Planeta.

By | 2017-04-06T08:55:19+00:00 Marzo 6th, 2017|Edición Anterior|0 Comments

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