RADIOS

Por Matías Claro*.

Y así, a los 8 ó 10 años , pateando tiros libres a un arco imaginario, con una barrera imaginaria y una impresionante comba imaginaria que se clava en el ángulo; así, en ese partido mental jugando solo contra nadie, también existía un relato en mi cabeza de niño: una voz que narraba lo que yo hacía –lo que intentaba hacer– tal como lo escuchaba en la radio.

Para todos los que crecimos imaginando partidos de nuestro equipo en vez de verlos en HD o SD o 4G o en un link de mierda pixelado, la narración de fútbol no es una mera descripción de la acción física que se puede ver. La radio nos enseñó otro fútbol, uno que es pura tensión, donde nada es literal y lo que pasa, ocurre en otra dimensión, en un lenguaje cifrado que se aprende de a poco, con el tiempo, en porciones de 90 minutos.

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Estadio Monumental, 18 de febrero de 2017.

Al medio de la tribuna Océano, en los dos primeras filas de asientos, unas mesas rectangulares y blancas permiten que se apoyen muchos micrófonos, cuadernos, computadores y uno que otro router de Internet móvil. Cientos de cables se cruzan, enredándose bajo los pies de los periodistas y relatores que están acá, frente a la cordillera y de espalda al mar, listos para transmitir el juego entre Colo-Colo y O’Higgins. Patricio Ocampo, relator de “Somos Chile Radio”, está preparado: ya escribió la formación de ambos equipos, con los respectivos números de todos los jugadores. A lo largo del partido irá tachando los que salgan en un cambio, marcando con un asterisco los que reciban tarjeta amarilla, y dibujando un círculo junto a los que anoten los goles. A su lado, Roberto Quintana, de “Somos Chile Radio”, y Darío Sanhueza, José Miguel Sanhueza, Rodrigo Gallardo y Miguel Gutiérrez, de “Dale Albo”, también se preparan. Desde el 2016, “Somos Chile Radio” y “Dale Albo” se unieron para transmitir los partidos de Colo-Colo, por eso hoy Ocampo se persigna, toma el micrófono y dice señoras y señores, ¿cómo están?, tengan ustedes muy, pero muy buenas tardes, explota el coloso de Macul porque Colo-Colo ya está en la cancha.

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Estadio Nacional, 19 de marzo de 2017.

La caseta nº 11, como la camiseta de Leonel Sánchez, Mariano Puyol o Marcelo Salas, es el espacio que le corresponde a “La Magia Azul”. El primero en llegar es Cristián Cavieres, quien va a relatar Universidad de Chile ante Unión Española. Mientras él prepara sus apuntes y aclara la garganta, Alejandro Astorga conecta cables, computadores y micrófonos, dejando todo listo para Carlos Mata, Jorge Yovanovich y Cristopher Antúnez, encargados de comentar el partido. Un panelista clásico, Héctor “Tito” Awad, no estará hoy: su madre falleció hace dos días. En Twitter, los seguidores del programa le han enviado cientos de saludos, y también lo harán sus compañeros durante la transmisión. Es que después de tantos años trabajando juntos en los partidos de la “U”, las voces se vuelven familiares y, cuando falta una, el público lo nota.

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Ahora, con las redes sociales, es más fácil conocer las caras dueñas de la voz. Antes no. Por ejemplo, yo –que soy hincha de la “U”– escuchaba todos los fines de semana a Pepe Ormazábal y su goooool azul azul azul y lo que rrrrresta son puros descuentos. Vi su rostro por primera vez en el programa “La nueva U”, que conducía Carlos Bencini en el canal RTU (hoy Chilevisión), calculo que casi dos años después de que empecé a escuchar sus relatos en la radio.

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Muchas camisetas con el 7, el número de Barticciotto y Paredes. Un niño en la fila siguiente a la nuestra tiene una, la de recambio, negra. De pie sobre su asiento apunta a la cancha, hacia los jugadores que están en el precalentamiento, buscando a su ídolo, y le dice a su mamá ¿ese es?, ¿el que tiene la pelota?, y su mamá le dice Sí, ese es. Bacán verlo, responde él. Mientras tanto, por los parlantes del estadio dan la formación de Colo-Colo y lejos, lejos, el más aplaudido es Paredes. El niño aplaude y da pequeños saltitos en el asiento, de alegría por estar ahí, viendo lo que ve. Ocampo y “Dale Albo” también aplauden a Paredes más que a ningún otro.

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“La Magia Azul” empezó en enero del año 1999, como reemplazo de la “Sintonía Azul”, en la Radio Santiago. Desde hace diez años, “La Magia Azul” se transmite por la Radio Universidad de Chile. Sus integrantes acumulan años, acá o en otros espacios, transmitiendo a la “U”. Por ejemplo, Carlos Mata trabaja en radios desde 1987, así que lo conocen –y él conoce a sus compañeros– desde siempre. El ambiente en la transmisión es relajado, y Mata tiene mucho de responsabilidad en eso.

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Ocampo está nervioso. Se muerde las uñas cada vez que otro panelista comenta y, cuando vuelve a relatar el partido, mueve la pierna derecha como un baterista frenético. Si la jugada tiene un mínimo de peligro, se pone de pie y acelera la descripción: atención que la lleva Pajarito, abre a la derecha para Vilches, ¡Vamos Vilches, desborde, saque un centro!, Vilches que encara, Paredes que espera en el área, Vilches que sevaysellevaasumarcadorlíneadefondoooahívienelapelotaenelaireeeee. Atrapó el arquero, juega O’Higgins. Y un soplido de resignación recorre el estadio, mientras Ocampo y todo el público se vuelven a sentar hasta el próximo ataque que, ojalá, termine en gol.

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De partida, varias veces Carlos Mata habla con el micrófono apagado. Entonces esos cinco segundos de transmisión sólo capturan el sonido ambiente gracias a un micrófono asomado por una ventana, casi colgando sobre la tribuna Pacífico del estadio Nacional. Cavieres, cuando se percata que la voz de su compañero no sale en el retorno, dice al aire ¡Mata, el micrófono! Recién ahí lo prende, teniendo que retomar desde el principio el comentario que estaba haciendo. Yo le conté tres ¡Mata, el micrófono!, y cada vez que pasaba, Cavieres se reía.

En las casetas no se puede fumar, entonces los nervios son un desafío para los fumadores como Mata. Por eso, cuando un manicero pasa por los asientos de la tribuna ofreciendo maní confitado, Mata se pone de pie y golpea el vidrio tratando de llamar su atención. No lo logra a la primera ni a la segunda vez, porque el manicero probablemente no piensa en la opción de venderle maní a un comentarista deportivo, así que va atento a los chiflidos y gritos del público que tiene cerca. Ninguno de los otros panelistas de “La Magia Azul” se distrae por Mata y su golpeteo, por lo que asumo que lo ha hecho antes. Me pregunto si alguna vez consiguió maní para apaciguar sus nervios.

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A propósito de escuchar la radio en el estadio, me acordé de algo. Cuando la “U” juega en el Santa Laura, voy a la galería norte. Avanzo a lo largo, alejándome del acceso y yendo hacia el fondo, hacia la reja de metal anaranjada. Es rara esa reja, porque no es una malla de gruesos alambres tejidos como las típicas de estadio. Son planchas de metal de una sola pieza que si se golpean, funcionan como bombos. Y por ahí, a un par de metros de esas planchas, siempre veo sentada a una señora de 70 ó 75 años, sola, vestida con una falda larga, blusa y chaleco, la cartera sobre las piernas, un paquete de maní a su costado y en la mano derecha una radio a pilas antigua, ochentera, con la antena un tanto asomada, que se la acerca a la oreja cuando los gritos del público son muy ruidosos.

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El rebote le quedó ahí, en la mitad del área, a Valdés. Su remate se desvía en Paredes y es el primero del partido. Todo el Monumental se levanta con los brazos en alto. Ocampo, como dicta la tradición, alarga la O del gol hasta casi quedarse sin aire, para luego respirar y describir la jugada a la gente que lo escucha en un computador o celular desde quizás qué lugares. Su voz continúa más allá de la misma celebración de los jugadores y del público, entonces poco a poco las personas que están alrededor de nosotros y están escuchando realmente en vivo y en directo, comienzan a girarse para ver al que tan emocionado narra lo que acaba de ocurrir. Cuando termina, esas mismas personas que se giraron lo aplauden, como si fuera una re-celebración del gol. Ocampo, agitado por su relato, se sienta para tomar un trago de agua, antes de que se reinicie el partido.

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Como las casetas aíslan los gritos del estadio, el goooool que se oye es el de los distintos relatores de las distintas radios separadas apenas por una pared delgada. Así, todas las voces de gooool se mezclan hasta convertirse en un grito único y uniforme que sólo vuelve a distinguirse cuando cada una de ellas empieza a describir la jugada, que Felipe Mora estaba en el lugar correcto, o Mora goleador en estado de gracia, otro dice error del arquero aprovechado por el nueve azul, y desde lejos se alcanza a escuchar la “U” que anota y luego algo más que se pierde entre tantos relatores y radios presentes en el Nacional.

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Cobraron un penal y lo va a patear Paredes. Todos están de pie, preparando lo que será una nueva celebración. El niño con la 7 se para sobre su asiento y los panelistas de “Dale Albo” están listos para los abrazos. Ocampo ya anticipa lo que será su narración del tercero del partido y del goleador albo. Paredes le pega fuerte, arriba y al medio. La pelota da en el travesaño, baja casi en línea recta, pica en el pasto y se eleva. El rebote le vuelve a quedar a Paredes, que de cabeza la mete dentro del arco. El árbitro anula el gol porque ningún otro jugador tocó el balón antes que le volviera al delantero colocolino. El estadio enmudece. No entienden qué se cobró y, sobre todo, no entienden cómo Paredes falló, si no falla nunca. Pero dura poco porque la televisión repite el penal y muestra que la pelota, luego de golpear el travesaño, ingresa al arco en su totalidad. Las distintas radios que transmiten le cuentan eso a sus auditores, entonces el estado de ánimo cambia: no es que Paredes se equivocó, es el árbitro que es un ciego, un ladrón, cómo chucha no lo vio, árbitro hijo de puta le robó el tercero a Paredes, qué se ha creído. Y por lo que queda de partido, en cada jugada dudosa, el público que está cerca de nosotros se voltea para escuchar los comentarios y saber si efectivamente el árbitro es el hijo de puta ladrón que creen que es. Cuando algún panelista de “Dale Albo” dice la repetición televisiva muestra que el árbitro se equivocó, era córner para Colo-Colo, los insultos y la pifiadera en este sector aumentan de volumen hasta que se aplaca la molestia. Cuando el panelista ratifica que el árbitro acertó, era foul a favor de O’Higgins, no hay –tantas– pifias, pero la molestia no se desvanece y queda ahí, flotando hasta el cobro siguiente.

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Tenso. Ahora el ambiente está tenso en el Nacional y en “La Magia Azul”. Los últimos partidos la “U” ha repuntado, y ganar hoy es subir a la parte alta de la tabla, dejando atrás torneos decepcionantes y resultados adversos. El marcador indica un empate a 1 y quedan menos de cinco minutos, descuentos incluidos. En una buena jugada por la derecha, Matías Rodríguez saca un centro que le llega a Ubilla. El Conejo controla el envío con un elegante movimiento de su pierna derecha –la misma que se fracturó hace casi un año–, para dejar la pelota acomodada al remate de su pierna izquierda. Gol. Golazo. La gente se vuelve loca, celebrando un triunfo que se veía muy difícil: la Unión Española es un gran equipo y el empate parecía definitivo. Ubilla corre feliz, desaforado, gritando un gol que es más que un gol y tres puntos. Y Cavieres, aquí en la caseta nº 11, entiende lo que pasa, porque se para en la silla y agita el puño derecho, mientras grita y grita gooool de la “U” en el micrófono que sostiene en la mano izquierda. Mata, Antúnez y Yovanovich saltan de alegría, se abrazan y saludan a la gente al otro lado del vidrio, celebrando también con ellos. Cavieres, hace un par de semanas, fue padre, y le dedica el relato de ese gol a su hija recién nacida, para que desde chiquitita, hija mía, sepas lo que es el sentimiento azul de no darse nunca por vencido. La “U” gana y somos felices, dice al finalizar, emocionado como Ubilla por un gol que es más que un gol.

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Colo-Colo gana 2 a 1 y el público se va feliz. Aunque en el estadio casi no queda gente, “Dale Albo” sigue comentando todo lo que pasó. Ocampo ahora puede descansar, toma agua, estira las piernas y revisa Twitter y Facebook en su celular. Le pregunto por el relato del primer gol, ese que la gente aplaudió. ¿Es primera vez? No, me responde. Me ha pasado antes, pero no siempre. Igual debe ser emocionante, es como un reconocimiento, le digo. Es raro, me contesta. En el momento que estoy gritando el gol no me doy cuenta, y recién cuando termino y pasa a otro panelista, ahí sí me fijo en que están mirando para acá. ¿Te da un poco de vergüenza? Sonríe y me dice que no, nada. La verdad es que es la raja.

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Termina la transmisión en “La Magia Azul”. Mata decide romper las reglas y prende un cigarro. Jorge Yovanovich, sentado a su lado, le hace una broma por su incapacidad para aguantarse. Mata sube los hombros, lanzando una bocanada de humo. El estadio sigue con sus torres de iluminación prendidas, esperando que todo el público deje el recinto. Cuando se apaguen, igual quedará algo de luz, porque las casetas seguirán con gente un buen rato más, cuando ya no quede más que hablar.

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Como decía, en la galería del Santa Laura me gusta ir bien arriba, pegado a las planchas de metal anaranjadas. Esas planchas, cuando los partidos son en la tarde, acumulan el calor del sol, quedando tibias por varias horas. En invierno son perfectas para apoyarse y ver el partido más cómodo, alejando el frío. La próxima vez que vaya, saludaré a la señora de la radio y conversaré con ella. Si estamos en junio o julio, le explicaré lo de acercarse para acá y acurrucarse contra el calor del metal. Le preguntaré desde cuándo viene al estadio, y ella me contará de partidos y jugadores que no ha olvidado. Y quizás, si tengo suerte, le suba el volumen a su radio a pilas, para que yo también pueda escuchar el relato del gol.

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Salgo del estadio caminando. Atrapados en la congestión de calles angostas, los autos casi no se mueven. Varios de ellos, manejados por hinchas –se adivina porque van vestidos con la camiseta del equipo–, llevan la radio prendida, sintonizando la conferencia de prensa del entrenador. Le preguntan si está contento por el triunfo. Sí, por supuesto, responde. Es muy importante para nosotros darle una alegría a toda la gente que nos vino a apoyar al estadio y que nos siguió desde su casa. En el auto verde acá a mi lado, un niño va mirando en el celular un video con los goles que alguien ya subió a YouTube. En la radio cierran la transmisión y, para despedirse, van a repetir el último gol. El niño sigue mirando el video, pero cuando el relato está en el grito de gooool del locutor, bloquea el celular, dejando la pantalla en negro.

Muchísimas gracias a Patricia Aguilar y Cristián Cavieres, de “La Magia Azul”; a Roberto Quintana y Patricio Ocampo, de “Somos Chile Radio”; y Francisco Arellano, de “Dale Albo”, por su ayuda para este texto.

* Conductor del programa de radio “Libros a la cancha” (@librosalacancha en Twitter, “Libros a la cancha” en Facebook), un espacio de fomento a la lectura mediante los vínculos entre literatura y deporte.

 

By | 2017-07-07T12:10:20+00:00 Mayo 11th, 2017|Edición Anterior|0 Comments

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