REVANCHAS

Por Sergio Montes*

Bueno, bueno, vamos a ver qué sale. La historia la he contado millones de veces, pero ―ya que quieres― acá vamos de nuevo. Si, encima, me aseguras que te duermes después de oírla, tanto mejor.

Eso sí, no acepto interrupciones y, mucho menos, que me saques en cara alguna contradicción, cualquier discrepancia con la historia en la forma en que te la he contado en el pasado. Ya te he dicho que sale cada vez distinto, y eso hay que respetarlo.

Era diciembre cuando se me acercó el presidente del club al terminar un entrenamiento. Faltaban una o dos fechas para que acabara el torneo de juveniles y no te miento si te digo que ese año la había roto toda. Al equipo le había ido como el orto (tampoco es que íbamos últimos, pero casi), pero mi año, ¡mamita!, me había salido todo. ¿Viste cuando tocas la primera pelota y ya sabes que ese día te va a salir todo lo que intentes? Bueno, así había sido para mí todo el año. La tiraba a correr y llegaba siempre antes que el lateral. Hacían un cambio de frente, y la bajaba de primera. Te juro que recibía a 35 metros y pensaba «me animo». Entonces, ¡pum!, tiraba sin mirar al arco, ¡y entraba! Una locura. Con decirte que ese año yo, que no era de muchos goles, salí segundo goleador del equipo detrás de López, el que después jugó en México e hizo, no sé, como trescientos goles allá.

Debe haber sido por ahí por la séptima u octava fecha, en que jugábamos de visitante contra Hermanos Carrera. Fue la primera vez que fui a Talca, que en ese entonces para mí era como ir a Marte. Lleno de gente, de comercio, todos tenían televisores en sus casas. Tú te ríes, pero en esa época nada de eso era tan común, este pueblo era muy distinto.

Nos fuimos en una micro que, de lo vieja y destartalada que estaba, hubiéramos llegado más rápido caminando. El partido era a las cuatro y al estadio llegamos como 20 minutos antes. Alcanzamos a vestirnos y salir a la cancha. Ni charla técnica nos dieron.

Cuando ya estábamos listos para empezar, me acerco a González (¿te acuerdas de González, el que te comenté que se fue para Santiago?) y le digo «cuando la reciba, pica con todo. Te la voy a echar a correr, el lateral de ellos se ve que es tronco». Dicho y hecho, como a los cinco minutos recibí la pelota en la mitad y miré a González, que salió disparado como quien arranca del demonio. ¿Te dije que era el wing más rápido con que me tocó jugar? El tipo no llegó a primera porque los wines después desaparecieron, y todos los González del mundo se quedaron así, sin nada. Algunos se reconvirtieron en laterales, pero hay que tener poca dignidad para pasar de wing a lateral.

La cosa es que González corría y yo todavía tenía la pelota en los pies. Y, de repente, ¡pum! un pase de 40 metros que lo dejó solo frente al arquero. Mano a mano, cerrar los ojos y pegarle fuerte. Pero González la tiró a la mierda, como buen wing que era, que sirven solo para tirar centros. Quizás por eso se extinguieron.

Como sea, después del pase ese supe que la mano venía derecha, y que mejor resolviera el problema yo mismo. Además, el partido estaba jodido: ellos dominaban y se pusieron arriba con un gol de un nueve enorme y gordo que tenían. Así es que, la siguiente vez que recibí la pelota, en vez de dársela a González (que ya había salido disparado buscando su revancha), empecé a encarar rivales. Uno, dos, tres, los dejaba sentados a todos. Me salían, enganchaba y ¡tac!, de culo me veían pasar. Pero faltaba el escollo más complicado; ellos tenían un central que no era ninguna monja carmelita, te sacaba la pelota o te partía en dos. Así es que, cuando me vio venir, me pegó su mejor mirada asesina y salió a buscarme con ánimo de hacerme pasar la noche en el hospital. Yo era guapo, pero no era ningún boludo: un segundo antes de que me mate, toqué la pelota a López que me venía acompañando, y me salí del foco de atención. Ya te dije que López era un goleador terrible, así es que no la dudó, la mandó a guardar de primera. Golazo. Hubiese sido el domingo perfecto, si es que no le hubieran dado un penal a ellos sobre la hora. Así fue todo el año.

Bueno, como te decía, al final de la temporada se me acerca el presidente y me dice que el técnico del primer equipo le había comentado que quería llevarme a la pretemporada y empezar a darme minutos el año siguiente. Tampoco es que me sorprendió mucho, te reconozco. Lo que hubiera sido raro es que no me quisieran subir; si me salía todo, pero todo. Tú me ves ahora y dices «qué me va a chamullar éste, si es un gordo de mierda», pero no, en esa época tenía un físico de locos. Pregúntale a tu vieja, que ya me conocía de vista.

El asunto es que me habló el presidente y me dejó citado para el día siguiente en la oficina del club. «Para que hablemos de su primer contrato», me dijo. Yo estaba como loco, imagínate. Y no es que creyera que me fueran a pagar una fortuna; con que me alcanzara para invitar a una mina a salir alguna vez, estaba bien. Además, yo en ese tiempo vivía con mis viejos en la casa de mi abuelo, en esa cerca del centro que te he mostrado. Sabía que las monedas las iba a hacer después, cuando la rompiera en primera y me fuera a jugar a un equipo de la capital ¡Ahí sí que se pondría buena la cosa!

Así es que al día siguiente llegué temprano a la oficina del presidente. Tuve que hacer hora, porque la verdad es que en la noche previa no dormí casi nada. Me pasé la noche imaginando mi vida como futbolista profesional, dando entrevistas para las revistas, saliendo a la cancha en estadios llenos que coreaban mi nombre. Todo eso estaba cerca, casi ahí, a la mano. Bastaba no cagarla.

Yo al caballero lo ubicaba de haberlo visto el algún partido, pero hablar ―lo que se dice hablar―, no habíamos hablado nunca. Como sea, le dije a la secretaria que tenía reunión, y me pidió que esperara. Al rato, me hacen pasar y el Presidente me comienza a hablar. Que yo tenía un talento extraordinario (así dijo, te juro, «talento extraordinario»), que, quién sabe, en el futuro hasta podía hasta salir a jugar afuera, pero que, para eso, tenía que saber administrar mi carrera. Que no fuera a hacer tonteras, que me cuidara. Y que no sea malagradecido, me dijo, que no olvidara que «este club y, especialmente, esta dirigencia» me habían dado todo para que me pudiera desarrollar como futbolista. En la vida hay que ser agradecido, muchacho, a los amigos hay que cuidarlos.

Así es que había llegado mi momento. Dijo «tu mo-men-to», como separando cada sílaba. El momento de que no solo este pueblo de mierda, sino todo el país, conozca de mí. Porque en la vida las oportunidades son pocas y hay que saber aprovecharlas; los vivos somos los menos, pero sabemos reconocernos, nos olfateamos. Ahora vamos a saber si eres de los nuestros, o si me equivoqué y solo eres uno más de los jugadores talentosos que han pasado por acá y que no llegaron a nada.

Y me puso un contrato enfrente. Yo me las di de entendido, y me hice el que lo leía, pero no entendí ni jota. O sí, algo entendí. Vi el sueldo y era más o menos lo que esperaba (más menos que más, pero en fin).

Pero había también un segundo papel, debajo del contrato de futbolista profesional. Era un contrato de representación. Ese sí que no lo entendí nada de nada, y le pedí al caballero que me lo explicara.

«Mira, muchacho, es lo que te decía de ser agradecido», me dijo Morales, que así se llamaba el presidente. «Tú necesitas alguien que te organice la carrera, que te lleve las platas, que te ayude a negociar. Y, bueno, como yo sé bastante de esto de ser dirigente, te voy a ayudar con esas cosas. A cambio del pase y de un porcentaje justo de los pagos que recibas, por supuesto. Nada del otro mundo, pero nadie trabaja gratis».

Tampoco es que me espantara con el asunto, ya te dije que a mí lo que me importaba era jugar en primera, pero esta sorpresita daba para sospechar. Y te juro que no quería ser falto de respeto, pero la pregunta me salió automática: «¿usted, que no ha jugado nunca a la pelota, se quiere quedar con mi plata?». Entonces, el hombre se puso serio (hasta ese momento como que se reía todo el rato), y me insistió en eso de que, igual que en el fútbol, yo no me podía arreglar solo; que necesitaba compañeros, y que él iba a ser mi compañero en este equipo.

La cosa es que, mientras más me engatusaba, más desconfiaba yo. No sé, yo podría haberle dicho que necesitaba tiempo para pensarlo, inventar algo para salir de ahí sin compromisos. Pero se me salió todo lo mal genio, y me nublé. A freír monos al África lo mandé. Que yo no le debía nada a él, ni a su equipo de mierda, ni a nadie. De todo le dije, te juro. Que ya iba a ver cómo yo llegaría a lo más alto en el fútbol, que iba a arrancar de este pueblo del que él nunca había podido salir, porque no era más que un tipo con un poco de poder en el mismísimo culo del mundo.

Mientras más hablaba, más me envalentonaba; y el color de Morales pasaba a rojo y luego a morado. Claro, el hombre tenía también su temperamento, y se puso a gritar, y yo más gritaba entonces, y nadie oía al otro. Hasta que me echó de su oficina, prometiéndome que nunca jugaría como profesional, ni en ese ni en ningún otro equipo del país.

No me mires así, si en ese mismo acto me di cuenta de que la había cagado. Porque hay que reconocer que, al menos, el caballero era hombre de palabra: nunca más pude jugar al fútbol, no importaba lo bueno que era, nadie me quiso en su equipo.

De eso me di cuenta rápido. Al día siguiente de lo que te cuento me echaron del club, ni cambiarme de ropa me dejaron cuando llegué a entrenar como si nada; sin mediar un «muchas gracias», yo era jugador libre.

«Mejor», pensé, «se van a arrepentir, no hay nadie en la región que no me conozca». Me fui directo a la estación de buses y partí para el pueblo de al lado. No era tan terrible si me tenía que tomar todos los días ese bus, podía acostumbrarme. Era cosa de levantarme una hora antes.

Cuando llegué, ya me había hecho la idea. Encima, tenían un equipazo, donde iba a poder lucirme. El discurso ya lo tenía ensayado: necesitaba un equipo que me valorara, donde tuviera competencia y me pudiera superar. Venía humildemente a pedir una oportunidad, sin requerimientos especiales.

Pero Morales se sabía de memoria la jugada. El día antes ya había llamado a los dirigentes de todos los clubes de los alrededores, y les había contado una película de terror: que me habían echado del club por borracho, que no llegaba a entrenar, que le robé la billetera a uno de mis compañeros. En fin, era su palabra contra la mía y quién le iba a creer a este pendejo.

Después traté de arreglar las cosas, pero Morales ya no quiso ni recibirme. Me había dado la lepra y, tú sabes, a los leprosos todos los quieren lejos. Entonces no me quedó otra que ponerme a trabajar en el taller de tu abuelo, pero esa es otra historia.

En fin, te juro que no fue un asunto de principios el no haber aguantado que el hombre se quedara con una parte de la torta. Es que me pilló de sorpresa, y tú sabes que yo siempre he tenido poca paciencia con las sorpresas.

Porque, no te olvides, el fútbol da revanchas, pero los que mandan, no.

Ya, ándate a dormir que mañana tienes que ir al colegio.

By | 2017-04-06T08:53:36+00:00 Diciembre 28th, 2016|Cuentos DeCabeza|0 Comments

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