SIN MIRAR ATRÁS

Por Paulo Flores Salinas (@PauloFlores_10)*

En la cancha de fútbol del parque Bernardo Leighton de Estación Central se despliegan los jugadores, todos inmigrantes y, casi en su totalidad, de una misma nacionalidad. Algunos trotan, otros prueban las manos de los arqueros y varios practican el tradicional “que no caiga”. Son casi una treintena de haitianos –y un venezolano– sobre un irregular y algo lodoso terreno que comparten con una que otra familia, con grupos de aficionados que juegan una pichanga sin mayores compromisos, y con personas que simplemente buscan pasar un rato al aire libre. Hay, sin embargo, un contraste que se hace evidente: la gran mayoría de los que conforman el “Cruz Azul de Haití” no están ahí para estirar las piernas, pasar la tarde o para jugarse una “previa”; están ahí porque buscan en el fútbol una oportunidad, de esas que -seguramente- han tenido pocas.

Por distintos motivos, no ha llegado ninguno de los dos entrenadores del equipo. En la emergencia, la sesión la dirigirá un preparador ecuatoriano que se ha ofrecido para salir al paso. No hay tiempo que perder, es el último entrenamiento antes del amistoso que se jugará al día siguiente.

Varios llamados del improvisado entrenador son necesarios para que la mayoría, entre bromas y piques cortos, se integre a la sesión. Solo unos pocos, entre mochilas y bolsos, se mantienen a un costado de la cancha. Entre ellos, Valentin observa con mucha atención los movimientos, da indicaciones enérgicas, recibe a los llegan atrasados, habla con ellos brevemente y, en ciertas ocasiones, les entrega las sencillas prendas dispuestas como indumentaria de entrenamiento. Valentin es el fundador del club y su máximo dirigente.

El hombre clave

Valentin Ace (46) nació en la histórica ciudad de Gonaïves, en el norte de Haití. Aunque es profesor de artes marciales, actualmente ejerce como auxiliar de aseo en el Instituto Nacional del Tórax de Santiago. Lleva tres años en Chile, casi el mismo tiempo que ha dedicado a organizar y coordinar el club en nuestro país, aunque la génesis del equipo está en República Dominicana en donde Ace vivió su primera experiencia como inmigrante en el año 2000. Allí estuvo trece años prestando servicios en la Defensa Civil, hasta que la búsqueda de oportunidades, la necesidad y la vida lo obligaron a trasladarse miles de kilómetros hacia el sur.

En su natal Haití, y no sin pocas dificultades, Valentin miraba por televisión los partidos de la liga mexicana. Allí mismo nació su amor por el Cruz Azul y su admiración por el pintoresco arquero-delantero Jorge Campos, quien fue parte del plantel cementero de 1997, el último en obtener un título de Liga en una recordada final contra el León.

Así, entre recuerdos noventeros, que incluyen a Salas y Zamorano, me voy dando cuenta de lo que significa el fútbol para Valentin. Rápidamente me lleva al tema del que quiere hablarme: Ace me cuenta que en Haití se consume mucho fútbol y que existen buenos jugadores, pero que la actividad está siendo lapidada por la falta de apoyo, de recursos y por la deficiente organización. Acusa que la federación de su país no garantiza ni las condiciones mínimas para su desarrollo, al punto que el campeón del Apertura 2016, el Racing de Gonaïves, habría tenido problemas de dinero y con los pasaportes de sus jugadores para viajar a disputar sus partidos de clasificación de la Liga de Campeones de la Concacaf.

Cruz Azul de Haití… en Chile

 Llevan el nombre y los colores de la célebre institución del fútbol mexicano, y eso no ha pasado desapercibido. En 2016, un grupo de hinchas cementeros y algunos jugadores del plantel de Cruz Azul (como el ex Barcelona Marc Crosas, y el Chaco Giménez), luego de conocer por redes sociales de la existencia de la versión haitiano-chilena de su cuadro, les enviaron la indumentaria oficial del equipo mexicano. Lamentablemente, los contactos han carecido de la regularidad deseada, y han quedado reducidos simplemente a algunos mensajes de apoyo que, sin embargo, Valentin valora como un aliciente para la labor de los dirigentes y los jóvenes del Cruz Azul de Haití.

Ace es un convencido de que en Chile existen oportunidades para los inmigrantes. Precisamente, fue esa convicción la que lo llevó a trasladar el Cruz Azul dominicano a Santiago. Sin embargo, insiste en que para obtenerlas se deben seguir ciertas reglas de disciplina, respeto y trabajo, elementos que precisamente forman los pilares del club. “Fútbol, fútbol, solo fútbol”, repite con cierta regularidad Valentin, consciente de los peligros que acechan al éxito social del Cruz Azul haitiano: para el hombre de Gonaïves, las drogas y el alcohol representan una amenaza para el desarrollo de los jóvenes del club, tanto como el recuerdo de sus familias o la falta de trabajo. Porque el Cruz Azul de Haití es una herramienta para cumplir los anhelos de jóvenes que dejan atrás un país constantemente convulsionado por la pobreza (según el Banco Mundial, el 54% de su población vive con menos de dos dólares al día), las crisis políticas y los desastres naturales. “Acá, se les ofrece una familia”, sentencia Valentin.

El profesor de artes marciales apunta alto, me señala que el objetivo principal es que el Cruz Azul de Haití llegue al profesionalismo. Sin embargo, los recursos escasean y los torneos comunales en los cuales ha participado el club implican gastos difíciles de solventar, especialmente cuando muchos de sus jugadores no tienen un empleo regular o solo reciben el sueldo mínimo. En los torneos de Quinta Normal, Los Nogales y San Bernardo han tenido buenos desempeños, pero en ninguno de ellos tuvieron continuidad. Valentin señala que, por lo general, prima el factor económico y deben ajustarse a ligas en que los gastos sean más bajos. A veces también surgen otros factores, como cuando optaron por retirarse de una competencia tras verse involucrados en un principio de riña que finalmente no pasó a mayores. “No podemos pelear, debemos cuidar la imagen del inmigrante acá en Chile”.

Comunidad e integración

En el año 2002, mientras Valentin veía por televisión a Zamorano jugando por el América, los resultados del Censo arrojaban que en Chile solo vivían 50 de sus compatriotas. Quince años después, no hay dudas de que esa cifra se ha modificado radicalmente. Para el año 2014 el Departamento de Extranjería estimó que la población de migrantes en Chile podía alcanzar las 411 mil personas, es decir, más del doble de la cifra registrada en el Censo del 2002.

De acuerdo a estudios publicados por Extranjería, la población haitiana en Chile presenta varios indicadores preocupantes. Uno de ellos es que poseen la mayor tasa de rechazo. Además, el 54% vive en condiciones calificadas como hacinamiento. Valentin no hace más que confirmar estos datos a partir de lo que le ha tocado presenciar en estos años en Chile, pero aun así considera que la integración es posible, especialmente si los muchachos se concentran en sus objetivos y buscan reforzar sus esfuerzos con otras actividades, como apuntándose a cursos de español e involucrándose en comunidades espirituales. En este sentido, el Cruz Azul de Haití funciona como un pilar de inserción social y deportiva. La labor más compleja, y la que le demanda mayores esfuerzos, está fuera del terreno de juego: que los muchachos del club no deserten y que perseveren en sus objetivos, mientras los dirigentes buscan espacios para avanzar en la idea de hacer crecer al Cruz Azul de Haití. “Respetamos su país, sus leyes, y queremos ganar un espacio jugando fútbol”.

Dinámica de vida

“Tres años en Chile, y jamás he ido al cine ni visitado la playa”, confiesa Valentin. Su tiempo se reparte entre el trabajo en el hospital y la dirección del Cruz Azul. En ambos lugares es feliz, se siente valorado y querido por sus compañeros y compañeros de trabajo, y está orgulloso de lo que hace junto a otros dirigentes en el club. Sin embargo, hay momentos dolorosos. Muchas veces las cosas toman un rumbo oscuro, que sentencia el retorno a Haití de los jóvenes que en algún momento acudieron a Valentin en busca de surgir en estas tierras. Los que se quedan sin dinero, sin trabajo y quizás sin fuerzas, los que son derrotados por la distancia, deben regresar; y eso duele mucho más que cualquier derrota en la cancha. Por ello, en el Cruz Azul se trabaja para “no mirar hacia atrás”, como me señala con convicción Valentin.

La lucha continúa…

Ya casi no hay luz natural y comienza a bajar rápidamente la temperatura. Sin embargo, los muchachos del Cruz Azul siguen animados. Se arman dos equipos y se disponen a jugar un partido para cerrar la sesión de entrenamiento. Abundan el barro y los gritos en creole; la visibilidad es mínima, pero el juego es animado, muy físico, y a los defensas les cuesta mantener el orden. Mientras el partido avanza, uno de los que no lo iniciaron se apoya en un poste del arco sur y desde ahí observa a sus compañeros, al mismo tiempo que comienza a tatarear una canción.

A miles de kilómetros de su tierra natal, jóvenes haitianos entrenan y juegan con la esperanza de que algún club de la escena local responda a alguno de los correos electrónicos que envía la dirigencia para lograr una “prueba”. No cabe duda de que continuarán jugando, buscando apoyo y oportunidades, y a pesar de que las escasas respuestas, lo seguirán intentando. “Alguien responderá, alguien nos visitará”, insiste el optimista y perseverante Valentin .

* Profesor de Historia y editor de textos escolares.

By | 2017-08-18T12:37:14+00:00 Agosto 18th, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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