TODOS JUNTOS SOMOS GASPARÍN

Por Matías Claro

 

A Don Luis todos los jugadores lo saludan. Se acercan, le dan la mano y le dicen qué bueno verlo por acá. Yo estoy sentado a cuatro o cinco puestos y escucho las breves conversaciones que don Luis tiene: gracias, hijo; aquí estoy, tirando pa’ arriba; es que no me iba a perder otro partido del Gaspa; gracias, hijo, pa’ ti también, hay que ganar hoy, como sea, hay que ganar hoy.

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El club nace el año 2012 entre cuatro alumnos del Instituto Nacional de Fútbol. Uno de ellos es dueño de una distribuidora de gas, negocio de donde sale gran parte del financiamiento y que le da el nombre al club. Otra distribuidora – Thundercats– también se involucró y aportó con parte del logo: el felino de esos dibujos animados. Así, el escudo del club es un balón de gas, un balón de fútbol, el dibujo del felino y el nombre: Club Gasparín.

Apoyados por la Municipalidad de El Bosque, Gasparín FC juega de local en el Estadio Lo Blanco. El rival del partido de hoy, Club Deportivo Arturo Fernández Vial, fue fundado en 1903.

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Somos los únicos sentados en los puestos de colores de la tribuna del Lo Blanco. En la cancha, dos personas recorren las líneas, remarcándolas con tiza o cal, no lo sé. Al borde del pasto, cerca de los camarines, tres, cuatro, cinco jugadores se saludan, conversan y ríen. Las dos personas miden la distancia entre el córner y el área grande, entre el área grande y el área chica, entre el área chica y el punto penal. Don Luis me pregunta si vengo por el Vial. No, le respondo. No viene por el Gaspa porque no lo había visto antes, me comenta. No, le vuelvo a decir. Vengo a ver el partido, quiero ver un partido de Tercera División. No hay más público en la tribuna porque falta mucho para que empiece. Hace calor, pero sopla una brisa agradable y la sombra de la tribuna nos protege. Y usted, le pregunto, ¿viene por el Gasparín? Sí, lo sigo desde que empezó, mi hijo menor juega acá, y apunta a uno de los jugadores que conversa en la entrada de los camarines. Así que vengo con mis nietos a apoyar, y me indica a dos niños que juegan arco peleado en la cancha con las líneas blancas recién marcadas.

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Detrás del arco, el fútbol es distinto. La perspectiva se pierde y el área se agiganta: una hectárea de pasto que se debe proteger. Cuando atacan hacia acá, todo es peligro y riesgo. La pelota está ahí, casi puedo tocarla, cómo es posible que nadie patee estando tan cerca. Y cuando está al otro lado y es Gasparín el que ataca, la defensa del Vial se ve perfecta e infranqueable. La perspectiva se pierde, la cancha es inmensa y la pelota se mueve sin que uno sepa dónde está, cerca o lejos del área y el arco rival.

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Don Luis anda con un bastón. Cuando está sentado, lo sostiene entre sus piernas. Cada vez que alguien se acerca a saludarlo, él se quiere poner de pie, pero le dicen que no, que se quede tranquilo. Don Luis obedece: dice que se cansa, pero que está bien, que no se siente mal.

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La cancha está dispareja: la pelota rueda y va dando saltitos, inquieta. Los jugadores del Gasparín, acostumbrados a la localía, la controlan sin mucho problema. Pese a eso, el Vial anota primero: desborde por la derecha, centro al segundo palo, un pivoteo y el delantero manda un pencazo arrastrado que el arquero no puede tapar. La barra del Vial –deben ser más de cien hinchas que viajaron desde Concepción– festeja el gol. La gente de Gasparín se queda en silencio, mirando de reojo a este montón de jóvenes sin polera que agitan banderas amarillas y negras, que gritan ¡grande Vialito conchatumare!, que tienen un bombo y cantan canciones. Cuando gracias a un penal empatan el marcador, la gente de Gasparín aplaude y apoya a sus jugadores diciendo ¡vamos, hijo!, ¡con todo, Kevin!, ¡bien pateado, Lucho!

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Me cuenta que tiene tres hijos en 43 años de matrimonio. El menor, Kevin, juega de central en Gasparín y es quien se preocupa de traerlo a los partidos. Por eso siempre llego temprano, me explica, aunque al doctor no le gustaba mucho la idea de salir. ¿Por qué? Porque hace seis meses me detectaron leucemia y estoy con quimioterapia. Estoy bien, me canso y todo, pero estoy bien.

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Termina el primer tiempo y un señor con su carro de completos se llena de gente del Vial. Le compran italianos, bebidas, agua mineral. Los hinchas del Gasparín siguen sentados en la tribuna, sacando de sus mochilas sanguchitos, galletas y jugos en caja para los niños: varios de ellos son hijos de los jugadores y andan vestidos con la camiseta del equipo. También sacan bloqueador solar, pero los niños no quieren echarse crema, quieren ir a jugar a la pelota en la misma cancha que juegan sus papás. Si no te echas, no bajas, les dicen; y ahí aceptan que los brazos y la cara les queden blancos por un rato, como un fantasmita, hasta que el bloqueador se absorba.

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Yo jugaba de lateral derecho en Aviación, me dice don Luis. Hice el servicio militar en la Fuerza Aérea y ahí jugaba fútbol. ¿Hasta qué año?, le pregunto. Entré el 72 y se supone que iba a salir el 73, pero con el Golpe me dejaron hasta el 74. ¿Fue muy complicado? Gracias a Dios no me tocó hacer nada, matar a nadie. Teníamos que hacer guardia, patrullar, cosas así, pero nunca me mandaron a disparar. No habría podido. He hablado de eso con mi familia ahora, de viejo, y les digo: “si me hubieran dicho ‘¡dispara!’, no habría podido y me habrían matado a mí”. ¿Y sus compañeros? Escuché historias, tipos que les ordenaron ir a lugares, hacer detenciones. ¿Y qué pasaba? No, no les gustaba hablar después, no querían contar mucho. Había miedo a represalias. Vergüenza también. Daba vergüenza.

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El niño pasapelota se come las uñas y sigue cada jugada a la distancia, detrás del arco al que Gasparín ataca en este segundo tiempo. Cada remate que se va desviado, el niño pasapelota se lamenta una fracción de segundo, recuerda su labor, le pasa la pelota extra al arquero del Vial y sale disparado a buscar la que se fue lejos. A veces está sentado sobre el balón, otras –cuando el partido se juega en el arco de enfrente– hace jueguitos y se pone a dominar: cinco, seis, hasta quince toques le conté. Cuando se le escapa, al trote la va a buscar, vuelve al borde de la cancha, la pisa y se queda así, con un pie sobre la pelota, mirando el partido.

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No sé qué habrá pasado con él, me dice, pero hay un compañero del que nunca me olvidé. Yo ya estaba afuera. Tiene que haber sido el 75 ó 76. Estaba leyendo el diario y ahí, en un rincón de la página, viene la noticia de que murió un soldado en un cuartel de la Fuerza Aérea y aparece el nombre. Me llamó la atención porque yo lo conocía, llegamos juntos a hacer el servicio. Cuando entras, hay que “hacer circo”: es una especie de celebración, un fogón donde cada uno cuenta chistes, hace un show, canta. Es para conocerse. Y este tipo, cuando le tocó hacer circo, cantó una canción de protesta. Era medio chascón, bien de izquierda. Nos reímos, lo aplaudimos y listo. Lo vi un par de veces más mientras yo estaba adentro, los dos de pelo corto y uniforme. Después, cuando yo me fui, no supe más hasta que lo vi en el diario. ¿Se acuerda de su nombre? Don Luis sonríe y no dice nada. Le pido disculpas, perdone si lo incomodé, no es mi intención, le explico. No, me dice, no se preocupe. Es que cada cierto tiempo pienso en él. No sé por qué me acuerdo de su chasca y su canción y de ese momento en que yo estaba leyendo el diario. Y me acuerdo de su nombre, por supuesto que me acuerdo de su nombre.

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El gol de Gasparín dejó en silencio a la barra del Vial. Recién comenzaba la segunda parte y el marcador se daba vuelta. Por eso, los gritos de celebración de los jugadores y sus familiares se escuchan fuerte en Lo Blanco: aunque es cierto que queda mucho partido –y mucho campeonato–, nadie imaginaba que Gasparín FC, con su corta trayectoria y pocos recursos, iba a tener los resultados que estaba logrando, manteniéndose ahí, firme en la Tercera División A, soñando con pelear el ascenso a la Segunda División Profesional del fútbol chileno.

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Se llamaba Abner Briante Reyes Miers. La canción que cantó fue “La hierba de los caminos”, cuyo origen se encuentra en las trincheras del bando republicano durante la Guerra Civil Española. En Chile la popularizó Quilapayún: aparece en su disco Por Vietnam, de 1968, bajo el nombre “Que la tortilla se vuelva”. También la publicó el cantautor Rolando Alarcón en su álbum “El hombre”, de 1970. En YouTube, aparte de éstas, hay una versión cantada por Víctor Jara. Quizás cuál de todas ellas escuchó Abner por primera vez, cuál de todas ellas fue la referencia para aprenderla y cantarla ese día que le tocó “hacer circo” en el servicio militar.

La hierba de los caminos

la pisan los caminantes

y a la mujer del obrero

la pisan cuatro tunantes

de esos que tienen dinero.

Qué culpa tiene el tomate

que está tranquilo en la mata

y viene un hijo de puta

y lo mete en una lata

y lo manda pa’ Caracas.

Los señores de la mina

han comprado una romana

para pesar el dinero

que toditas las semanas

le roban al pobre obrero.

Cuándo querrá el Dios del cielo

que la tortilla se vuelva

que los pobres coman pan

y los ricos mierda, mierda.

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Apenas diez minutos le duró la ventaja a Gasparín. El Vial empató y parecía que ambos equipos se resignaban a este resultado. No era lo mejor para ninguno de los dos, pero tampoco era tan malo. Los entrenadores hicieron lo que tenían que hacer para buscar algo más: cambiaron y movieron de posición a algunos jugadores, daban instrucciones pidiendo desborde, encara y gana línea de fondo, no lo sueltes que no se te vaya, bien bien bien, tuya la pelota dividida tuya, no fue nada árbitro nofuenadanofuenada, tengamos el balón, toca y abre la cancha, recupera ahí, y eso qué es si no es amarilla, no está en off side está en línea lo habilita el lateral cómo no lo ve por la cresta está habilitado; pero el empate seguía y el partido se acercaba a su final. Al minuto 83, en una jugada de poco peligro –un centro que la defensa de Gasparín no pudo rechazar–, la pelota le quedó a uno del Vial al borde del área. Borde interno al palo más alejado del arquero. En el ángulo. Golazo. La banca visitante entró a la cancha a celebrar, a abrazarse en un montoncito que se armó cerca del córner. Los de Gasparín se quedaron de pie, estáticos y en silencio. La pelota, después de golpear la malla, rebotó y entró a la cancha rodando, saltando débilmente cada irregularidad del pasto, hasta que un jugador de Gasparín la recogió para reanudar el partido.

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¿Y la enfermedad, cómo va?, le pregunto. Tirando pa’ arriba, no me voy a entregar fácil, dice don Luis. Cuando me la pillaron, me dieron cinco meses de vida si no me trataba. Así que decidí dar la pelea y llevo seis. Voy a las quimio, tengo un catéter en el cuello, y me canso y me duele, pero sigo peleando no más. Se desabrocha el primer botón de la camisa y se despeja hacia el hombro derecho: me muestra las pequeñas heridas y marcas que el tratamiento le está dejando. Yo –insensible– debo haber puesto cara de incomodidad, de temor, porque don Luis me dice que él está tranquilo, que no lo ha pasado tan mal. ¿Sabe qué? Ni miedo a la muerte le tengo, me explica. Trabajé muchos años como guardia del Hospital Barros Luco y vi pasar de todo. Gente agonizando, personas que se morían antes de entrar de lo mal que llegaban. Enfermos que se iban yendo de a poquito y otros que venían con heridas y se morían sin darse cuenta. Lo que a veces me da pena es dejar sola a mi señora y a mis hijos. Dejarlos solos a ellos. Eso es lo único que me complica. Y el Gaspa también. Me gustaría alcanzar a verlos en Segunda. Eso sería histórico, imagínese: el Gasparín siendo un equipo profesional.

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Termina el partido. Gasparín FC dos, Club Deportivo Arturo Fernández Vial tres. Los jugadores del Vial se abrazan y felicitan. Es un triunfo importante que los mantiene cerca del tope de la tabla. En los de Gasparín, desazón. Tenían que ganar para seguir acortando distancia con el grupo de arriba, los que van a disputar el ascenso hasta el final del torneo. Cansados, se acercan al borde del campo y saludan a su gente, agradeciendo el apoyo. Desde la tribuna, don Luis y los demás responden con aplausos y gritos de ¡vamos Gaspa! Los niños también aplauden y gritan, pero sólo hasta que uno de ellos, con una pelota en los brazos, baja corriendo las escaleras. Los otros niños –casi todos– corren detrás de él, y así pareciera que la tribuna los aplaude a ellos mientras salen a la cancha a jugar.

 

* Conductor del programa de radio “Libros a la cancha” (@librosalacancha en Twitter, “Libros a la cancha” en Facebook), un espacio de fomento a la lectura mediante los vínculos entre literatura y deporte.

By | 2016-12-29T11:32:34+00:00 Diciembre 28th, 2016|Nueva Edición|3 Comments

3 Comments

  1. Sebastian Diciembre 29, 2016 at 20:06 - Reply

    Muy bueno !

  2. Daniel Diciembre 31, 2016 at 11:33 - Reply

    Lindo lindo

  3. Octavio Enero 6, 2017 at 13:07 - Reply

    Excelente nota sobre Gasparin, se pasaron !!! felicitaciones

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