UN CULÉ ERRANTE

Por Matías Claro*

En el ingreso a la platea baja del estadio, cuatro pendones rectangulares de cinco metros de largo y dos de ancho cuelgan de las murallas del recinto. Cada uno de ellos exhibe un orgullo de Newell’s Old Boys: Maxi Rodríguez, Diego Maradona, Marcelo Bielsa y Lionel Messi. Los dos primeros aparecen vistiendo la camiseta rojinegra del club. Bielsa, aunque también fue jugador, dejó su huella como entrenador y así se ve: alrededor de 40 años, con el ceño fruncido y la boca abierta, en pleno grito. Y Messi. Hasta los 12 años jugó en las inferiores de Newell´s, luego partió a España –a Cataluña, en realidad– a sumarse al Barcelona, equipo dispuesto a pagar el tratamiento hormonal que Lionel necesitaba. Por eso su pendón lo muestra con la camiseta de Argentina. Arriba, en la parte superior de las gigantografías, se lee “Rosario en el mundo”.

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Lluís se fue de Barcelona, su ciudad, hace cinco años: la crisis económica lo obligó, como a muchísimos otros, a buscar un lugar en el mundo. Así llegó a Chile, en enero de 2012, dejando familia, amigos y, sobre todo, a Messi y al Fútbol Club Barcelona. Se reconoce, eso sí, un tipo con suerte, porque del extraordinario ciclo futbolístico de Pep Guardiola como entrenador, sólo se perdió la obtención de la Copa del Rey. Eso fue en mayo de 2012, y Lluís vio la final acá, en Santiago. Y también acá vio partidos y goles épicos, como el seis a uno al PSG; o el gol de Messi al Bayern de Pep, cuando le quebró la cadera a Boateng; o cuando el 2015 ganaron la Champions después de derrotar por tres a uno a la Juventus de Arturo Vidal.

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Rosario y sus habitantes se despliegan a lo largo de la ribera del Paraná: un río ancho y café que nace al sur de Brasil, cruza Paraguay y al final de sus 3.900 kilómetros desemboca en el Río de la Plata. Antes de volver a vivir en Barcelona, Lluís quería conocer la tierra de su ídolo. Entonces –de despedida– sus amigos chilenos viajamos con él a eso, a peregrinar a la Tierra Santa del Messianismo. Caminamos por la calle Los Inmigrantes. Recorremos uno y dos parques. Muchas camisetas de Newell´s, de Rosario Central. Muchos gatos a orillas del río. Gatos entre los arbustos, echados bajo los árboles, entre las raíces húmedas que crecen y entran en el Paraná; gatos que se estiran y trepan los troncos y ramas, que se agazapan y escabullen cuando alguien se acerca, como si cada uno de nosotros fuera un zaguero torpe y malintencionado.

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Al F.C. Barcelona lo fundó un inmigrante. El suizo Hans Gamper fue un destacado deportista en su país, donde sobresalió como delantero. Capitán del Basilea y goleador en el Excelsior, además fundó el Zurich y practicó ciclismo, rugby, tenis y golf. En 1899 emprendió un viaje de negocios a África. En el camino, pasó por Cataluña para visitar a un tío y no se quiso ir más. Como pretendía seguir jugando fútbol, publicó un anuncio en la revista Los Deportes para contactar a otros jugadores. El 29 de noviembre de ese año reunió a seis españoles, tres suizos, dos ingleses y un alemán. Hasta 1903 jugó por el Barcelona, disputando 51 partidos y marcando 120 goles.

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Como en todos los patios de las escuelas del mundo, acá también vemos a un montón de niños jugando fútbol. Pero sólo aquí jugó uno especial, el más bajo, rápido y hábil. Así era Lionel en el patio de la Escuela Nº 66 General Las Heras, donde estudió hasta que se fue a Europa. Hoy no. Ahora Messi es un mural pintado al que Lluís no se quiere acercar para que le tomemos una foto. Insistimos, lo obligamos. Lluís sonríe para la cámara. Le damos las gracias al portero de la escuela por dejarnos pasar y nos devolvemos al auto. Le pregunto a Lluís si le daba vergüenza posar junto a la pintura y me dice que sí, un poco. Pero es el mural en la escuela de Messi, cómo no te vas a sacar una foto. “Sí, tienes razón”, responde, pero es que en el mural está con la camiseta de Argentina y yo estoy acostumbrado a verlo con la del Barça.

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Una de las instituciones que más ha hecho por la identidad catalana es el Barcelona. En 1908, durante su primera presidencia, Gamper consideró al club no sólo como un espacio de práctica deportiva, sino también como un motor que promoviera el catalanismo, vinculándose con los ciudadanos de Cataluña. Tal vocación implicó que durante la dictadura de Primo de Rivera y de Franco, cuando se persiguió con dureza la lengua y cultura catalana, el Barcelona se transformó en un refugio del pensamiento opositor. De ahí, de dicha vocación, surge la idea de “más que un club” para explicar la trascendencia que el espíritu culé representa.

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En realidad, Lluís se llama Luis. “Al menos así aparezco en mis documentos oficiales”, explica. “Pasa que mis abuelos maternos, Beatriu y Jordi, tuvieron que traducir sus nombres al castellano, Beatriz y Jorge. Y mi madre, pese a que siempre me ha llamado “Lluís”, me inscribió en la versión castellana, “Luis”. Pero yo soy Lluís”.

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En las primeras décadas del siglo XX, el desembarco de inmigrantes a toda Argentina y en especial a Rosario configuraron un importante cambio social: la llegada de obreros europeos con profundas convicciones gremiales, expulsados de sus países por su ideología y dispuestos a echar raíces en el otro lado del mundo. Así, con una clase trabajadora activa en protestar y movilizarse por sus derechos, a Rosario la bautizaron como “la Barcelona argentina”.

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A Lluís lo conocí en unos partidos de futbolito que organizaba un amigo. Se jugaban los domingos en la tarde, siete por lado, el arco va rotando. A cada partido llegaban distintos participantes y de diferentes nacionalidades. Un fin de semana alguien avisaba que iba con un primo, y ese primo con un amigo de intercambio. Otro día invitaban al compañero nuevo de trabajo que no conocía mucha gente acá. Así llegó Lluís.

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Su nombre era Hans, pero todos lo llamaban Joan. Aprendió a hablar catalán antes que castellano y fue presidente del Barcelona en cinco oportunidades. La última de ellas terminó en junio de 1925, cuando las autoridades de la dictadura de Primo de Rivera lo inhabilitaron a perpetuidad para desempeñar cargos directivos, sancionándolo porque el público del estadio silbó la Marcha Real –el himno español– al inicio de un partido. Por si fuera poco, lo obligaron a abandonar el país, dejándolo regresar tiempo después, a cambio de no tener ningún tipo de vinculación con el club. Alejado de su pasión y arruinado económicamente por la Gran Depresión d e1929, Joan Gamper se suicidó el 30 de julio 1930.

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Entonces, para el segundo o tercer domingo nos empezamos a devolver juntos. Le preguntábamos si estaba contento con Alexis, y le explicamos por qué parecía una maldición que Brasil se nos cruzara en los octavos de final del mundial. De broma, nos dijo que si cantábamos el himno de la U, él estaría dispuesto a adoptarla como su equipo de Chile. Yo le decía que en el estadio, porque acá me daba vergüenza. Ah, no, me hago hincha del otro equipo, respondía. Y tratando de que no me escucharan los de más allá, cantaba.

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A mediados de los años 50, el Barcelona comenzó la construcción de su estadio. Quisieron bautizarlo “Joan Gamper”, sin embargo las autoridades gubernamentales franquistas se negaron: extranjero, suicida, protestante y apoyaba la independencia catalana.

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Pese a la distancia, Lluís sí pudo ver en vivo un partido de su ídolo. En la final de la Copa América 2015 fuimos al estadio, nosotros muy tensos por lo que podía hacer Messi, Lluís nervioso por apoyarnos, pero también por Lionel y lo que pasaría si gana o pierde o marca tres goles o erra tres goles. En Barcelona sufren cada vez que Messi juega por Argentina, porque se va un hombre campeón y amado, y vuelve un niño derrotado deprimido. Por eso cuando celebrábamos el penal de Alexis –y Lluís festejaba con nosotros– se notaba que su alegría futbolera no era completa ni total.

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Uno podría pensar que tanto conflicto y dolor por la identidad harían del Barcelona un club cerrado, hasta hosco. Pero no. Aparte de sus fundadores, muchos de los mayores ídolos blaugranas son extranjeros: Kubala, Villaverde, Cruyff, Schuster, Stoichkov, Romario, Ronaldinho, Messi. Por cierto que también tienen una vitrina de talentos propios, como Samitier, Gonzalvo III, Segarra, Rexach, Guardiola, Puyol, Xavi, Iniesta. Es mitad y mitad, foráneos y naturales, inmigrantes y residentes. Es que tal como dice el himno, ¿qué importa de dónde eres?

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Me acuerdo de esa final porque nos juntamos a verla. Aunque jugaba Vidal en la Juve, íbamos por el Barça de Messi y Lluís. También me acuerdo que cuando terminó el partido, Lluís estaba eufórico y llamó desde su celular a sus amigos de allá, en Barcelona. Creo que marcó a tres o cuatro, pero sólo con uno pudo hablar algo, muy poco: estaba celebrando en la fuente de Canaletas y por los gritos y festejos no escuchaba nada. Cuando cortó, Lluís dijo “debe estar repleta la font de Canaletes, llena de culés”. Después llamó a otro que no le contestó, y luego otro, y dijo “no importa, mañana hablaré con ellos”.

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En el aeropuerto, Lluís nos repite que vayamos a verlo, que en Barcelona tendremos lugar para quedarnos, hay muchas cosas para conocer y recorrer, y se come muy bien. Le decimos que sí, que vamos a ir, de todas maneras vamos a ir. Y más encima, insiste, los puedo llevar al Camp Nou a ver un partido. Imagínense: casi 100 mil personas gritando un gol de Messi o cantando el himno. ¿Y cómo es el himno?, le pregunto. Lluís sonríe y niega con la cabeza. Aquí no, responde. Pero canta un poco, insisto, para imaginarnos el estadio. Los demás también se suman. Canta, Lluís; si no, no vamos a verte, le decimos. Y Lluís, con el pasaporte en la mano y la cara colorada, canta bajito para que no lo escuchen los demás: “Todo el campo / es un clamor / somos la gente azulgrana / no importa de dónde vengamos / si del sur o del norte / eso sí, estamos de acuerdo, estamos de acuerdo / una bandera nos hermana”.

* Conductor del programa de radio “Libros a la cancha” (www.librosalacancha.cl), un espacio de fomento a la lectura mediante los vínculos entre literatura y deporte. Las fotografías son de Francisco Vera (www.francisveraphoto.com).

By | 2017-07-07T12:08:03+00:00 Julio 7th, 2017|Nueva Edición|0 Comments

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